lunes, 21 de julio de 2014

CHAPEROS DE ROMA



Mucho se ha escrito sobre la prostitución femenina en la antigua Roma, y pocos son los libros que dejan algún hueco para hablar de la otra prostitución, la masculina. Y es que en la Ciudad Eterna y sus provincias también la hubo y en abundancia, a la par que la practicada por las mujeres. Ya ab urbe condita existieron los prostitutos, pues en el  226 a.C se aprobó la Ley Escatinia que prohibía este tipo de actos, aunque nunca surtió efecto. E incluso también se quisieron prohibir en la época del emperador Alejandro Severo en el 222, pero la actuación de ellos se siguió dando en tabernas, termas… y sobre todo alrededor de ciertos tugurios situados cerca del pons Sublicius. Un cliente que se adentraba en el laberinto de habitáculos de un prostíbulo podía solicitar cualquier tipo de prostituto del catálogo: afeminados, fuertes, peludos, agresivos… Dependía de las preferencias del solicitante y si quería ser dominador o dominante. Pero entre todos ellos los preferidos por los homosexuales eran los llegados de Alejandría, Siria o el Norte de África.

También existía otro tipo de prostitución masculina orientada a dar placer a las mujeres mayores o poco agraciadas. Eran una especie de gigolos que vendían su cuerpo o bien por vicio o meramente por el dinero. Este último caso era el más común. Su asistencia podía ser solicitada en el mismo establecimiento, a donde la mujer, si era discreta, iba tapada con una estola para que no la identificara nadie, o a domicilio entrando por la puerta de atrás y llegando a la habitación del cliente guiado por un sirviente.