sábado, 27 de mayo de 2023

EL ORIGEN DEL DÍA DE LA AMAPOLA

 

Es costumbre que cada 11 de Noviembre los británicos conmemoren el Día de la Amapola, o del Recuerdo, en memoria del Armisticio de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) colocándose en la solapa una amapola de papel, llamada poppy, en recuerdo a los muertos que hubo en aquella contienda y también en todas las guerras posteriores en las que sus soldados participaron. Estas flores o poppys son confeccionadas por los veteranos de dichas guerras y posteriormente vendidas para recaudar fondos por los representantes de la Real Legión Británica. Pero ¿por qué asociar a la bella amapola roja con el recuerdo de la crueldad de un campo de batalla? Parece ser que el origen de esta tradición viene de la época de las guerras napoleónicas cuando un escritor se dio cuenta de que en un campo de batalla crecían un gran número de estas flores. Además, pasado el tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, un médico canadiense, el teniente coronel John McRae escribió el famoso poema En los campos de Flandes el cual reza lo siguiente:

En los campos de Flandes
crecen las amapolas.
Fila tras fila
entre las cruces que marcan nuestras tumbas.
Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,
su voz apagada por el fragor de los cañones.

Somos los muertos.
Hace pocos días vivíamos,
cantábamos auroras, veíamos el rojo del crepúsculo,
amábamos, éramos amados.
Ahora yacemos, en los campos de Flandes (…)

Desde entonces la flor de la amapola roja se hizo famosa como símbolo de los caídos en combate. Pero no solo esta bella flor aparece en las calles o en los desfiles conmemorativos sino que cada primero de Julio también existe la costumbre de arrojar cientos de ellas a un enorme cráter del campo de batalla del Somme (Francia) conocido como la Grande Mine. Este enorme agujero de 30 metros de profundidad y 100 de diámetro, fue provocado por un enorme explosivo que estalló en 1916 y que dio el pistoletazo de salida de una de las mayores carnicerías de la que de forma ilusoria fue conocida como “la guerra que iba a acabar con todas las guerras”.

jueves, 25 de mayo de 2023

CUERVO: NATURALEZA, HISTORIA Y SIMBOLISMO - Boria Sax

 

Nevermore

Por la zona en la que vivo no suelo verlos. Alguna vez creo ver alguno que parece despistado, puesto en lo alto de un contenedor o en el alfeizar de un edificio alto, pero poco más. Les deben gustar otras zonas más campestres. Aunque aquí tengo que matizar lo del concepto de despistado. Nada más alejado de la realidad, ni nada más falso que creer que un cuervo, hijo de la rama de los córvidos, se encuentra perdido como las palomas o los gorriones que, estos sí, parecen estar sin hacer nada solo pretendiendo unas migajas de comida caídas de alguna mesa de bar. Si tienen oportunidad y ven a alguno párense un momento y observen que a pesar de sus cortos saltitos y su ronco graznido no deja de dar puntada sin hilo en sus acciones. Además de mirar cara a cara al ser humano, sin temor, sus actos denotan cierta superioridad pues saben que son parte principal en la Historia del ser humano, que siempre han estado ahí (muchas veces sin que nos demos cuenta) y que su egregia figura ha impregnado no solo dicha historia sino también el arte, la literatura, la religión y los pensamientos psicológicos del ser humano. Así pues, para reconocer la importancia de estos córvidos el escritor y profesor Boria Sax escribió este interesantísimo ensayo titulado, como no, Cuervo: Naturaleza, historia y simbolismo (Siruela, 2019) y que, es justo reconocerlo, me tuvo enganchado varios días leyéndolo a la espera de que alguno de ellos se subiera a la escultura de Palas Atenea que tenía frente a mí.

Me lo encontré de casualidad. A pesar de que me encantan los animales no suelo frecuentar mucho la zona de zoología en la biblioteca de mi calle. Pero un día, al acercarme allí, vi que tenían este volumen en la zona de novedades, y como me gustó la portada decidí echarle un vistazo… y en verdad que fue amor a primera vista. Se puede aducir que me lo leí en dos días porque no es muy grueso (213 páginas) pero en verdad no fue por ese dato sino porque hurté tiempo al tiempo y así estuve todo un fin de semana, junto a él, apoltronado en el viejo sillón donde suelo leer de claro en claro. Pero vayamos al grano y digamos de qué va este libro. A pesar de que parezca carne de zoología es un libro que a mi parecer es inclasificable ya que toca un gran número de temas a cada cual más apasionante. Por un lado, evidentemente, sobre todo en su introducción habla de la familia de los córvido y sus curiosas actividades, para después pasar a la imagen que se ha tenido de éstos, ya sean cuervos, grajos, grajillas, chovas, urracas o arrendajos, en cuanto a la relación histórica con el ser humano, en los símbolos literarios y artísticos, su función en las religiones del mundo, sus mitologías, e incluso finalmente en el cine y otros mass media de la actualidad. En verdad este ensayo es toda una mina de curiosidades y anécdotas en torno a los cuervos que uno no hace más que asombrarse.

De forma muy amena Boria Sax hace un recorrido sobre la figura elegante y poderosa de los córvidos y su influencia en la Historia. Comienza por su importancia en la Biblia (acuérdese del cuervo que soltó Noé por encima del mar abisal) y como estos influyeron en Grecia, Egipto y Roma. En las riberas del Nilo le tenían bastante aprecio pero en Grecia, en cambio, la negra silueta de los cuervos era tomada con respecto y algo de miedo pues le consideraban como heraldo de los dioses, proféticos, a la vez que fuerza oscura y desconocida de la naturaleza; mientras que en Roma eran estimados por su importancia en temas de adivinación. Es decir, en la antigüedad los córvidos eran elementos simbólicos sobre todo en relación a los mitos. Pero todo esto cambió en la Edad Media y en La Edad Moderna ya que, debido a los periodos de hambruna y guerra, al verles alimentarse de los muertos pronto fueron considerados mensajeros de la muerte y he aquí una de las taras que han tenido que soportar estos animales a lo largo de la Historia. Aun así su importancia es máxima en temas religiosos y mitológicos como se puede apreciar en las leyendas vikingas, hindúes, orientales, en las leyendas taoístas, e igualmente al aparecer de forma principal en los libros de leyendas, fábulas, novelas románticas y victorianas, en las películas y en las series actuales (quién no se acuerda del cuervo de tres ojos, mensajero en los reinos de Juego de Tronos o en el archiconocido cuervo que atemorizaba al amado de Leonor en el homónimo poema de Poe, también retratado en la Casa Árbol del Terror de Los Simpson)

Cuervo, naturaleza, historia y simbolismo, es, a mi modo de ver, una joya de libro, una manera excelente de hacer un recorrido por la Historia y todas sus variantes a lomos de estas aves tan pícaras e inteligentes y conocer la gran carga simbólica que éstos han tenido en todas las culturas que han existido sobre el planeta. Un trabajo que vale la pena leer, se lo aseguro.

Boria Sax. Cuervo, naturaleza, historia y simbolismo. Madrid. Ediciones Siruela, 2019, 213 páginas.

También podéis leer mi reseña en la página de Hislibris: 

 https://www.hislibris.com/cuervo-naturaleza-historia-y-simbolismo-boria-sax/

miércoles, 24 de mayo de 2023

LA CALVICIE DE JULIO CÉSAR

 

Al igual que a muchos hombres y mujeres en la actualidad, a los romanos les preocupaba el cuidado de su cabello. Acudían a las peluquerías llamadas tonstrinae en las que los peluqueros (tonsor) y su igual femenino (tonstrix) no solo cortaban los cabellos y los peinaban sino que también a petición del cliente les podían dar un masaje capilar y echarles productos para evitar que en un futuro se quedaran calvo ya que la alopecia era uno de los mayores terrores estéticos que temían sufrir. Y uno de aquellos romanos que más miedo tenían quedarse calvo era el dictador Julio César (100 – 44 a.C). A pesar de que era un hombre bastante frugal en lo que respecta al comer y al beber en cambio se preocupaba bastante por su aspecto físico en el que gastaba auténticas fortunas y muchas horas en el tocador aunque no lo hacía por vanidad sino con fines políticos ya que, como afirma Suetonio, “no se resignaba a ser calvo, ya que más de una vez había comprobado que esta desgracia provocaba burla de sus detractores” (Vida de César, 45) Por tanto contemplaba la caída del cabello como un signo de debilidad, vejez y falta de potencia sexual.

Así que para luchar contra la alopecia, además de echarse algún producto milagroso, gustaba de peinarse hacia delante e incluso consiguió que el Senado le concediese la gracia de llevar puesta permanente una corona de laurel para tapar la incipiente calva. En verdad un hecho sin precedentes ya que antes de este capricho estético la corona de laurel solo se llevaba en las fiestas dedicadas al dios Apolo (representante de esta planta como bien se puede leer en la leyenda trágica de Apolo y Eurídice). Aun así, aunque Julio César tuviera miedo de mostrar su calvicie y que la asociaran con posibles debilidades, como era muy inteligente el dictador supo darle la vuelta a la situación y permitir que sus soldados asociaran su fama de adultero con su propia alopecia. Por ejemplo, aunque interiormente no le hiciera mucha gracia, dejaba que sus legiones durante la cabalgata que se producía en sus triunfos le llamaran adultero calvo (moechus calvus) y que previnieran a los hombres de que guardaran a sus mujeres porque había hecho acto de presencia “el varón de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres”. Afirmación un tanto machista e hipócrita cuando en cambio a su mujer Pompeya la había acusado de adulterio en los rituales de la Bona Dea al proclamar aquello de que  “La mujer del César no solo debe serlo, sino también parecerlo”.

domingo, 21 de mayo de 2023

¿QUÉ ERA LA LEY DE TALIÓN?


                                                         (Foto: Wikimedia Commons)

En la antigüedad existían (y existen) distintas formas de impartir justicia basadas en que un único dios (o dioses) delegaban esta función a través de sus gobernantes terrenales lo cual justificaba que un rey o emperador pudiera aplicar la pena de muerte sin ningún cargo de conciencia pues convertía a éstos en meros tramitadores de las ordenes que recibían de un ser superior. Una de aquellos reglamentos de justicia era la famosa Ley de Talión (del latín tallos o tale que significa “idéntico” o “semejante” y que en español deriva en la palabra “tal”) plasmada en el Código de Hammurabi y en el Antiguo Testamento, y que se basa en la reciprocidad existente entre el delito y su castigo subsiguiente acabando muchas veces en la ejecución del asesino. Es decir quitar una vida por otra en un acto de venganza en vez de confiar en una posible reinserción del acusado. O como dice la Biblia: ojo por ojo, diente por diente, pan por pan.

Hammurabi (1792 – 1750 a.C) fue el sexto rey de Babilonia y en 1753 a.C  procedió a redactar el llamado Código como podemos ver esculpido en una estela de diorita negra de dos metros y medio de altura que en la actualidad se encuentra en el Museo del Louvre, en París. En ella observamos como Shamas, dios de la justicia, sentado en un trono le entrega al rey Hammurabi un código donde viene estipulado el tipo de leyes que ha de aplicar entre los hombres (o lo que es lo mismo convierte a Hammurabi en un mero recadero de los dioses librándole de cualquier culpa). En éste código, y en las numerosas copias que se debieron de repartir por todo el reino, se plasma el principio jurídico de la Ley de Talión compuesto de 282 artículos acabando muchos de ellos en la condena a muerte del acusado. Con esta ley se intenta intimidar al delincuente a la vez que dar un marco de estabilidad jurídica y social en todo el Imperio babilónico. Pero aunque se muestran los distintos tipos de castigos dependiendo de la clase social a la que pertenezca una persona, al leer con detenimiento este reglamento tan estricto nos damos cuenta que quienes más sufren por ello son las clases más desfavorecidas. Nada nuevo bajo el sol.


 

 

 

sábado, 20 de mayo de 2023

LAS OCAS QUE SALVARON ROMA

 

A veinte millas al norte de la ciudad de Roma se encontraba el enclave etrusco de Veyes. Durante muchos años esta localidad se había ido enriqueciendo con el control del comercio de la sal y del resto del tráfico comercial que pasaba por allí por lo que los romanos veían con inquietud como les iba haciendo sombra poco a poco. Así que en el 485 a.C le declararon la guerra a Veyes pero lo que creían que iba a ser un golpe rápido se convirtió en un conflicto enquistado que duró casi diez años. Es por ello que la toma de la ciudad etrusca en el 396 a.C fue considerada todo un hito a la altura de lo que fue en su momento la caída de Troya. El general que consiguió la victoria final fue Marco Furio Camilio y en su honor se organizó un triunfo por todo lo alto en el que ante el regocijo de los espectadores pasó no solo el general subido en su carro sino también otros transportes donde se podían ver el gran botín que había traído desde Veyes, los apenados esclavos y además, subido en otro carro, la formidable estatua de la diosa Juno Regina que en su momento había sido la protectora de Veyes y que al final sería alojada en un nuevo templo que se comenzaría a edificar en la colina capitolina. Y junto a la estatua también venían unos curiosos visitantes: una bandada de ocas sagradas conducidas por un pastor y que se mostraban muy dignas todas ellas, graznando y alzando las blancas alas, pues sabían que eran el centro de atención y que al igual que su diosa también serían alojadas con todos los honores en dicho templo que el propio Furio Camilio había prometido construir.

Ahora avancemos unos cuantos años, en concreto cuatro. En el 390 a.C una confederación de pueblos galos comandados por el caudillo Breno, tras cruzar los Alpes, irrumpieron en la península itálica y derrotaron al ejército romano a las orillas del rio Alia por lo que desde ese momento tuvieron el camino expedito para entrar en Roma. Cosa que hicieron sin dilación y que fue considerado como el primer saqueo que se producía en dicha ciudad y que no se volvería a repetir hasta 800 años después. Los galos, como iba diciendo, penetraron en la ciudad como un torrente y arrasaron con todo lugar y persona que se encontraron por delante. Los supervivientes acudieron prestos a la elevada zona del Capitolio y allí resistieron varias embestidas de los invasores pero ninguna de ellas tuvo éxito. Los galos querían tomar toda la ciudad y ver el fuerte construido en lo alto de aquella colina se había convertido en una espinita que a su líder Breno le ponía furioso, así que una noche decidieron escalar la pared del Capitolio y tomar por sorpresa a sus defensores. Todo parecía estar a su favor pues la noche era clara y tranquila y éstos al ver que la cima  estaba próxima ya pensaban que su golpe de mano iba a ser todo un éxito. Pero de repente pasó algo con lo que no contaban pues en medio de aquella placida noche sonaron unos gritos estridentes que alertaron a los centinelas de que el enemigo estaba próximo, bajo sus pies. Los responsables de aquel escándalo no habían sido producidos por los perros guardianes sino por las ocas del corral que debido al hambre se habían despertado y puesto a proferir chillidos frenéticos con los que había despertado a los sitiados. Los galos, por tanto, fueron rechazados y la ciudadela salvada. A la mañana siguiente se convocó a los tribunos militares y el centinela que había sido negligente al quedarse dormido fue arrojado por la roca Tarpeya al igual que los perros guardianes que no habían alertado del peligro.

Con el tiempo los galos de Breno comenzaron también a sufrir hambre y enfermedades por lo que decidieron abandonar la ciudad con la única condición de que les  pagaran con monedas de oro. Cuenta la leyenda que para pesarlo se puso una balanza enorme en el foro pero cuando los romanos vieron que había ciertas deficiencias en el pesaje comenzaron a quejarse de que habían sido engañados y que estaban poniendo más oro de la cuenta. Acto seguido Breno desenfundo su espada y la arrojó en uno de los platos de la balanza inclinándola más a su favor. Entonces exclamó: “¡Vae Victis!” (¡Ay de los vencidos!) afirmando por tanto que más vale que no dijeran nada pues el vencedor siempre tiene razón. Años después cuando se conmemoraba la liberación de la ciudad por parte de las fuerzas de Furio Camilio se procedía a colgar a algunos perros como recordatorio de la cobardía que sus antepasados habían tenido mientras que las ocas eran engalanadas y paseadas en una solemne procesión, con todos los honores en recompensa por haber salvado la ciudad de Roma con sus oportunos graznidos.