«Es bueno que la guerra sea tan terrible, o nos volveríamos demasiado aficionados a ella»
General Robert E. Lee (Comandante Confederado)
Tras la Guerra de Independencia (1775 – 1783), en la que las Trece Colonias británicas de Norteamérica consiguieron emanciparse del Reino Unido, enseguida, pasada la euforia tras la victoria, comenzaron a percibirse ciertos desajustes entre los estados que habían creado la nueva nación americana. Estas costuras, sobre todo, estaban rompiéndose en una demarcación geográfica concreta: el eje Norte y Sur, dos modos de vida antagónicos que no casaban y que en breve iban a llevar al desastre a un país que como diría Abraham Lincoln era en esencia una casa dividida imposible gobernar. Las causas que condujeron de forma gradual a aquella cruenta y sangrienta guerra civil fueron muy variadas, como por ejemplo el enorme peso demográfico del Norte y su fuerte industrialización frente al modo de vida agrario de las grandes plantaciones sureñas; sus formas distintas de sentir social y político derivado, sobre todo, del espinoso tema de la esclavitud y el reparto de este way of life entre estados esclavistas y no esclavistas. Muchos son los aspectos que fueron carcomiendo el nuevo edificio estatal y la convivencia entre sus ciudadanos, y terribles las consecuencias que desembocaron en una auténtica carnicería entre hermanos. La Guerra de Secesión (1861 – 1865) ha sido uno de los conflictos más icónicos de la Historia Contemporánea, además de ser, junto con la Segunda Guerra Mundial uno de los referentes cinematográficos que más películas ha brindado a nuestra imaginación, así que para conocerlo en profundidad dejen que les recomiende el excelente ensayo del periodista e historiador Jesús Hernández titulado: Norte Contra Sur: Historia de la Guerra de Secesión (2008), que hará las delicias de los que quieran iniciarse (o conocer más en profundidad) uno de los momentos claves de la Historia Universal.





