Como muchos de los que pintan canas (entre los que yo mismo me incluyo) el primer contacto que tuvimos con la escritora de literatura infantil Astrid Lindgren (1907 – 2002) y su personaje Pippi Calzaslargas, fue a través de una serie sueca que llegó a las televisiones de nuestro país en 1974 a través del único medio audiovisual que entonces existía: Televisión Española. Nos fascinaba la valentía de su protagonista, la fuerza que tenía al levantar un caballo o que era –si mal no recuerdo- hija de un mítico pirata. Pero en verdad lo que a mí me llamaba más la atención era la seguridad que mostraba y que no necesitaba de la aprobación de los mayores para hacer el bien y tomar sus propias decisiones. Es decir, que era un personaje que no caía en la ñoñería ni en la infantilización extrema (como muchas de las series infantiles de hoy en día). Y es que la autora de Pippi Calzaslargas es el ejemplo perfecto de cómo hacer un buen libro infantil, sin caer en rosados clichés que tomen por tontos a su público tanto infantil como adulto.
Así pues, para conocer a Astrid Lindgren y aprender cómo insufló estos pensamientos en sus novelas y cuentos les recomiendo que lean el libro “Mi mundo perdido” (Kokinos, 2025) en el que descubrirán cómo se formó la mente de una autora que legó a la posteridad libros tan maravillosos como el que ya les he nombrado, o “Ronia, la hija del bandolero”, “Los hermanos Corazón de León”… entre otros. A través de un lenguaje sencillo (que no simple) a la vez que directo, nuestra autora nos ofrece una autobiografía no canónica alejada de aquellas que desde el primer momento hablan de forma aséptica acerca del día de su nacimiento, del tupido y rico árbol genealógico de sus ancestros o de sus pesares en la vida... al revés, Astrid esencialmente se centra en su infancia y en su predilección por escribir libros destinados a los niños, su público preferido. Ofrece por un lado retazos de su vida, como era la granja de Näs, cercana al pueblo de Vimmerby, cómo eran sus vecinos y sus amados padres, junto con reflexiones y recuerdos sobre cómo debe ser la literatura destinada a los niños y los errores que se cometen al escribir este tipo de libros. Lo importante, según Astrid Lindgren, es hablar al niño que todos tenemos todavía dentro y aceptar las maravillas y el asombro que atesora el universo infantil. En definitiva, un libro ideal para conocer a esta escritora, su mundo interior, y volver a gozar con las imágenes de ese niño del que a lo mejor ya no nos acordamos. En verdad, recomiendo su lectura.
Astrid Lindgren, Mi mundo perdido, traducción de Ulla Ljungström y Esther Rubio. Madrid, Kokinos, 2025, 151 páginas.


_by_Jack_McCall_at_Deadwood_City_Dakota_Te_-_(MeisterDrucke-1425071).jpg)



