En el Pacífico Sur, frente a las costas de Chile hallamos nos encontramos con el Archipiélago de Juan Fernández compuesto por las islas de Robinson Crusoe (hasta 1966 como Más a Tierra), Alejandro Selkirk (al igual que la anterior, hasta 1966, era conocida por Más a Fuera) y el islote de Santa Clara. De todos estos, podrá observarse que el que tiene más connotaciones literarias –y también turísticas– es sin duda el primero, haciendo referencia a la inmortal obra de Daniel Defoe: Las aventuras de Robinson Crusoe, publicada en 1719. Según parece el escritor británico se inspiró en la vida del marinero escocés Alexander Selkirk (1672-1721) quien a principios del siglo XVIII se embarcó en el barco Five Ports como contramaestre pero que debido a las desavenencias que tuvo con su capitán –llámese motín en román paladino- fue castigado a ser abandonado en una isla desierta en mitad del Océano, en concreto la isla de Juan Fernández, para que allí se muriera purgando su delito. Así se las gastaban entonces. Pero este marinero debía de ser duro de pelar porque consiguió sobrevivir por sus propios medios después de cinco años, ser rescatado y llegar sano y salvo de nuevo a Inglaterra en donde se dedicó a recorrer el país contando sus aventuras a todo aquel que quisiera escucharle y darle alguna moneda. Seguramente en alguna de esas plazas o posadas Defoe debió escucharle en primera persona y que de ahí surgiera la semilla para escribir una de las mejores novelas de todos los tiempos, a la que al principio titulo como La vida y las extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, pero que para jóvenes y adultos siempre será conocida como Las aventuras de Robinson Crusoe o simplemente Robinson Crusoe.






