A mediados del siglo XVII el ambiente en Inglaterra estaba bastante tenso, con trazas de acabar en una guerra civil. Tras once años de gobierno absolutista ejercido por el rey Carlos I (1600- 1649) este representante de la casa Estuardo se había hecho muy impopular no solo ante el Parlamento, que había clausurado en 1629 sino también entre la sociedad. Había tenido, de la misma manera, tensiones con otros territorios aledaños, como por ejemplo Escocia e Irlanda y hasta había intentado instaurar una especie de parlamento títere a su conveniencia. Después de muchos años de sufrir este gobierno, en 1642 estalló una contienda fratricida, conocida como la Revolución Inglesa, entre las fuerzas realistas y las anti monárquicas comandadas éstas por Oliver Cromwell en las que, llama la atención, tuvo mucha importancia la ideología de un grupo religioso conocido como los Puritanos. Siete años después, en 1649, acabó triunfando dicha facción anti monárquica, la posterior ejecución del propio rey e imponiéndose durante un breve tiempo una especie de república conocida como la Mancomunidad de Inglaterra, y, lo que es más importante (sobre todo para esta reseña), la hegemonía del pensamiento puritano en todos los ambientes del nuevo estado.






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