miércoles, 1 de abril de 2026

CINCO HORAS CON MARIO - Miguel Delibes

 

<<Ahora os ha dado la monomanía de la cultura y andáis revolviendo cielo y tierra para que los pobres estudien, otra equivocación, que a los pobres les sacas de su centro y no te sirven ni para finos ni para bastos, les echáis a perder, convéncete, en seguida quieren ser señores y eso no puede ser, cada uno debe arreglárselas dentro de su clase como se hizo siempre.>>

No hace mucho escuché en un podcast a un filosofo español que al ser preguntado acerca de cuantas películas se podían ver a lo largo de una vida, éste venía a decirnos que cuando somos jóvenes y algo talluditos vemos cientos de éllas pero que cuando nos vamos acercando a una edad más provecta vamos aminorando y ya sea por nostalgia o porque nos volvemos más exquisitos, al final lo reducimos todo a un listado pequeño y exclusivo quedándonos con las que creemos que son las mejores. Pues, por lo menos a mí,  eso mismo me pasa con los libros de ficción –y, por descontado, también con el cine- que cada vez voy leyendo menos novelas actuales al considerarlas, muchas de ellas, como fotocopiadas unas de otras optando al final por los clásicos o por lecturas que me maravillaron en mi juventud. Así pues, con esta premisa me di cuenta que llevaba un tiempo sin volver a visitar la obra de Miguel Delibes (1920 – 2010) y viendo que eso no era bueno decidí enmendar el error y releer alguna de sus obras que me hubieran marcado entonces. Y, a pesar de que había leído unas cuantas suyas, todas de alta calidad, al final me decanté por Cinco horas con Mario (1966) por ser la que más me impacto en su momento.

viernes, 27 de marzo de 2026

A ORILLAS DEL RUBICÓN - Francisco Uría y José Luis Hernández Garvi

 

Roma, al final de la República, era un estado en franca descomposición. Un juguete en manos de codiciosos senadores y generales salva patrias que tras años de guerras intestinas habían terminado por roer sus raíces sin ningún pudor. Y a eso, de la misma manera, habría que sumar que la República era ya un sistema desfasado, bueno en otros tiempos pero que se quedaba pequeño para una Roma que por entonces daba claros síntomas de ser un futuro imperio. Por tanto las costuras se le rompían por todos los lados y los romanos, que veían estos signos de crisis, se agarraban como a un clavo ardiendo al triunvirato que les gobernaba en ese momento formado por Pompeyo Magno, el ambicioso Craso y el conquistador Cayo Julio Cesar. Aun así las tensiones entre estos tres gigantes eran claras y todo acabó por estallar con la muerte de Craso en Carras, en la lejana Partia, en el 53 a.C. Ya solo quedaban Pompeyo y César frente a frente, como dos enormes carneros a punto de darse de topetazos y en medio los sufridos romanos que iban a ser sacrificados en uno u otro bando.

jueves, 19 de marzo de 2026

¿DE DÓNDE VIENE LA EXPRESIÓN: “BEBER COMO UNA COSACO”?


 

Además del valor y la temeridad, uno de los rasgos más famosos de los cosacos era su gusto por la bebida y por los desmanes que provocaban posteriormente estando borrachos. Era tal la afición que le tenían al vodka que, por su culpa, más de una vez estuvieron en peligro. Por ejemplo en 1663 los otomanos asaltaron por sorpresa uno de sus asentamientos fortificados después de una noche de fiesta pero los cosacos, a pesar de la resaca, se despertaron rápidamente y consiguieron expulsar a los asaltantes. Aunque otras veces no tuvieron tanto éxito ya que en 1775 el príncipe ruso Potemkin les sorprendido en mitad de una juerga y fueron derrotados de manera aplastante, dándose el caso que incluso atraparon a su atamán y éste fue llevado ante la zarina Catalina la Grande.

Pero la etiqueta internacional de borrachos  no se les asigno hasta muchos años después, al terminar las guerras napoleónicas. La fama de su valor había cruzado el Canal de la Mancha y por eso fueron invitados en 1814 a una parada militar en Londres con el fin de celebrar la victoria sobre el temido Napoleón. Los cosacos no solían ser personas sedentarias y la estancia en la capital inglesa les resultaba de lo más aburrida por lo que mataban el tiempo haciendo lo que mejor sabían: acudir a los bares y mesones a embriagarse hasta caer redondos. La bebida corría a espuertas día y noche y las juergas y los gritos eran continuos. Esa actitud llamo mucho la atención de los viandantes que muy pronto acuñaron la expresión: beber como un cosaco, frase que desde ese momento corrió por todos los rincones de Europa.

jueves, 12 de marzo de 2026

EL BUSCÓN - Francisco de Quevedo

 

En las postrimerías del siglo XVI, el poderoso imperio español comenzó a hacer aguas por todos los lados. Utilizando la manida imagen de un gigante de barro, la podredumbre iba corroyendo poco a poco sus raíces anunciando ya la futura debacle. En estos años la Península Ibérica contaba con unos siete millones de habitantes pero las continuas guerras europeas, el azote de las mortales miasmas o la expulsión de los moriscos en 1609 tuvo como consecuencia un paulatino empobrecimiento y abandono de las ciudades y sobre todo de los pueblos en donde los jóvenes ya no ven un futuro y decidían lanzarse a las metrópolis más populosas de España como eran entonces Madrid o Sevilla que ya contaban con unos 100.000 habitantes. Pero los que se prometían atar perros con longanizas pronto se daban de bruces con la realidad y se encontraban con que estas urbes no habían escapado del azote de la pobreza y hallaban calles sucias y malolientes, embarradas al ritmo de la lluvia y el ¡agua va!, sin aceras ni iluminación nocturna proclives a ser tomadas por cofradías de delincuencia y pillería compuestas por otros emigrantes pretéritos que igualmente habían surcado el camino que va de la ilusión a la desilusión.

lunes, 23 de febrero de 2026

CRIADAS Y SEÑORAS - Kathryn Stockett

 

Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante.

Casi cien años después de la finalización de la Guerra de Secesión (1861 – 1865), a mediados de los años sesenta, en Estados Unidos, los roces entre la gente de raza blanca y la gente de raza negra todavía persistían (y aún hoy, por desgracia, todavía los sigue habiendo). Como decía, en aquellos años del siglo pasado, más de once millones de personas de color que vivían en los estados del Sur sufrían un tipo de apartheid llamado segregación racial que, bajo el lema de “separados pero iguales”, mantenía totalmente apartados tanto las esferas del mundo de los blancos como la de los negros. Todo estaba dividido: los colegios, los transportes públicos, los locales de ocio, los barrios, los estadios deportivos, las tiendas… y un sin fin de lugares por los que la gente blanca entraba por una puerta y los negros por otra, por las que hubiera un cartel que dijera “colored”. ¡Hasta los urinarios y fuentes de agua potable eran distintos! Y no es que este tipo de segregación racial fuera ilegal, es que estaba amparada en aquellos estados por unos escritos llamados Leyes de Jim Crown, vigentes entre 1876 y 1965, y que limitaban el movimiento de los negros para que no se mezclaran en el ámbito de los blancos. Estaban condensadas en un librito que podía estar en cada mesilla de cada blanco, como si fuera la Biblia, y hasta poder consultarse en las bibliotecas por si alguien tenía dudas acerca de su aplicación. Leyéndolas con detenimiento vemos que eran ridículas ad nauseam como por ejemplo la que decía que una mujer blanca no podía dar el pecho delante de un hombre negro (no fuera a ser que éste se excitara) o que un peluquero negro tocara el pelo de una blanca.

lunes, 16 de febrero de 2026

GO WEST YOUNG MAN - Tiburce Oger y VV.AA

 

“Dejó atrás todo lo que conocía para hacer realidad sus sueños” (Un horizonte muy lejano, 1992)

Dos fechas claves. La primera, alrededor de 1820, el país recién nacido tras una cruenta guerra de independencia, Estados Unidos, sigue recibiendo cientos de miles de migrantes y ya no son solo holandeses e ingleses, sino también irlandeses, alemanes, escandinavos, italianos, eslavos o judíos provenientes de Europa Central. Se calcula que entre 1820 y 1860 los Estados Unidos acogieron alrededor de cinco millones personas que deseaban huir de las miserias del Viejo Mundo. Aun así, es evidente, esta explosión demográfica era imposible de soportar para las otrora Trece Colonias originales por lo que las autoridades políticas del momento decidieron aliviar la presión que soportaban algunas ciudades como, por ejemplo, Nueva York. Así pues, esto se pudo lograr, por un lado, gracias a los avances técnicos con los que afrontar la dura orografía del terreno, como el nacimiento del servicio de cartografía; la construcción de líneas férreas; o las expediciones que buscaban sendas con las que hacer avanzar a los pioneros; y por otro, no nos podemos olvidar de la importancia de la misma prensa en la que se publicitaban mensajes a toda página que prometían a los parias del mundo que al otro lado de las Montañas Rocosas se encontraba la Tierra Prometida del Oeste en la que todo el mundo tenía derecho a un número limitado de acres de tierra y en la que al echar una semilla surgían casi de milagro todo un sin fin de alimentos. La promesa dorada de ¡Ve al Oeste, muchacho y progresa con el país! caló tan profundo que en muy poco tiempo cientos de personas, la gran mayoría de ellas en enormes carros conestoga tirados por seis u ocho caballos, se encaminaron con ilusión a recorrer distintas rutas, ya fueran la Senda de Oregón, la de California, el Viejo Camino Español o el de Santa Fe.

Y ahora corramos un poco en el tiempo. Más o menos 142 años, y situémonos en 1962 cuando se estrenó la súper producción La conquista del Oeste. Realizada por varios directores, con un reparto estelar de actores del momento y proyectada en las salas de cine con el método del Cinerama, los espectadores de todo el mundo, sobre todo norteamericanos, podían sumergirse en los avatares y en la épica de cómo su país se fue fraguó desde las arriesgadas aventuras de los pioneros y tramperos que comerciaban con los nativos, pasando por cruentas guerras, hasta observar los símbolos más eternos de su país como fue la construcción del tren transcontinental. En verdad todo un carrusel de hazañas que hacían vibran al espectador. Pues bien esta forma episódica de contar un tiempo y un lugar es el que ha elegido el historietista Tiburce Oger en su recopilación de historias titulada Go West Young man (Norma Editorial, 2023) junto con una serie de importantes dibujantes con la intención de  mostrar cómo fue aquella aventura de la conquista del Oeste. Una gesta llena de peligros, valentía, injusticias, odios cainitas y esperanza.

martes, 10 de febrero de 2026

LAS MINAS DEL REY SALOMÓN - Henry Rider Haggard

 

Llama la atención lo contradictoria que podía llegar a ser la sociedad victoriana. Por un lado, el universo que había creado la reina Victoria de Inglaterra (1837 – 1901) era en sumo pacato, restrictivo en cuanto a la moral sexual, a imagen y semejanza de la familia idílica que promocionaba la propia monarca junto a su marido Alberto, pero, eso sí, solo de puertas para adentro pues la hipocresía y el doble rasero se aplicaba en todos los campos de la vida. Un ejemplo de este doble juego, a parte de la concepción moral indicada, se puede observar en que aquella sociedad tan cerrada a los influjos externos estaba cautivada por los aires de exotismo que los marinos y comerciantes británicos traían de lugares lejanos como el enigmático Oriente o la misteriosa y peligrosa África. Éstos victorianos se dejaban engatusar por las porcelanas chinas, las estampas pictóricas japonesas e incluso por la misma arquitectura oriental, mientras que se emocionaban con las noticas que salían en la prensa hablando de las hazañas perpetradas por aventureros como Livingstone, Speke o Burton, lo que en este último caso animó a la vez a otros cientos de aventureros anónimos a salir de caza, rifle en mano, por las lejanas sabanas africanas, buscando no solo correr una odisea y abatir un león o un elefante sino también conseguir la libertad y la esquiva fortuna que tal vez no podían encontrar entre los negros humos de las chimeneas londinenses.

Así, es de imaginarse que el imaginario victoriano estuviera bien abonado para que arraigaran y crecieran en él las novelas de aventuras sobre todo para aquellos que no podían costearse un viaje allende los mares y que también deseaban evocar mil y una experiencias aunque únicamente fuera navegando y cazando entre las hojas de un libro, tras tomar una copita de jerez por la noche, tras llegar de una extenuante jornada en la City, mientras se dejaba arrullar por el crepitar de un leño en la chimenea. Autores como Verne, Salgari, o Conan Doyle se volvieron muy apreciados en esos momentos, pero por encima de ellos, el escritor de aventuras británico por excelencia era sin lugar a dudas Henry Rider Haggard (1856 – 1925) que, gracias a la saga protagonizada por el infalible y astuto Allan Quatermain, trajo a las frías costas británicas no solo el aroma  africano sino también el exotismo milenario de brujas, hechiceros y reinas vengativas de tiempos arcanos. La más famosa de sus novelas es la que principia dicha saga y se trata de la celebérrima: Las minas del rey Salomón, escrita en 1885 y que por muchos es considerada la novela de aventuras por excelencia.