El que ahora tengamos pensiones para la jubilación se lo debemos a las cigüeñas, esas majestuosas aves, blancas y negras, que normalmente por la festividad de San Blas (3 de Febrero) suelen volver de su viaje migratorio y posarse en los nidos hechos en los tejados –sobre todo en los de las iglesias- en palos de la luz y actualmente en nidos artificiales construidos por el hombre. Pero remontándonos al campo histórico los romanos se dieron cuenta de que las cigüeñas jóvenes cuando ya se valían por sí mismas, en vez de largarse, se quedaban a cuidar a las otras cigüeñas más mayores o que habían sufrido algún percance y se habían quedado impedidas. Como decía, los romanos al ver esto crearon la llamada Ley de la Cigüeña (lex ciconiaria pues cigüeña en latín es ciconia, -ae) en la que se promulgaba que los hijos debían cuidar de sus mayores y que si no lo hacían tendrían que enfrentarse a la justicia.
Ambientada en esta ley el primer sistema de pensiones de jubilación se aplicaría en el ámbito militar, en concreto en los tiempos del emperador Augusto (27 a.C – 14 d.C). Se trataba del aerarium militare y le era concedida a los soldado que hubieran completado 25 años de servicio militar ingresándoles el equivalente a 12 años de paga (que muchos cambiaban por lotes de terreno) y que para los pretorianos era de unos 20.000 sestercios –más o menos- y a los soldados de 12.000. No es de extrañar que la palabra jubilación provenga de la palabra latina jubilare que viene a significar “gritar de alegría”, pues ya no tenían que jugarse la vida en cualquier campo de batalla. También hay que señalar que muchas ciudades se planificaron ex profeso como lugar de retiro de veteranos, como por ejemplo la ciudad de Mérida que fue una colonia fundada en el 25 d. C para los soldados licenciados de las legiones V Alaudae y X Gemina al terminar las guerras cántabras. Una especie de Marina d’or de la época.






