Llama la atención lo contradictoria que podía llegar a ser la sociedad victoriana. Por un lado, el universo que había creado la reina Victoria de Inglaterra (1837 – 1901) era en sumo pacato, restrictivo en cuanto a la moral sexual, a imagen y semejanza de la familia idílica que promocionaba la propia monarca junto a su marido Alberto, pero, eso sí, solo de puertas para adentro pues la hipocresía y el doble rasero se aplicaba en todos los campos de la vida. Un ejemplo de este doble juego, a parte de la concepción moral indicada, se puede observar en que aquella sociedad tan cerrada a los influjos externos estaba cautivada por los aires de exotismo que los marinos y comerciantes británicos traían de lugares lejanos como el enigmático Oriente o la misteriosa y peligrosa África. Éstos victorianos se dejaban engatusar por las porcelanas chinas, las estampas pictóricas japonesas e incluso por la misma arquitectura oriental, mientras que se emocionaban con las noticas que salían en la prensa hablando de las hazañas perpetradas por aventureros como Livingstone, Speke o Burton, lo que en este último caso animó a la vez a otros cientos de aventureros anónimos a salir de caza, rifle en mano, por las lejanas sabanas africanas, buscando no solo correr una odisea y abatir un león o un elefante sino también conseguir la libertad y la esquiva fortuna que tal vez no podían encontrar entre los negros humos de las chimeneas londinenses.
Así, es de imaginarse que el imaginario victoriano estuviera bien abonado para que arraigaran y crecieran en él las novelas de aventuras sobre todo para aquellos que no podían costearse un viaje allende los mares y que también deseaban evocar mil y una experiencias aunque únicamente fuera navegando y cazando entre las hojas de un libro, tras tomar una copita de jerez por la noche, tras llegar de una extenuante jornada en la City, mientras se dejaba arrullar por el crepitar de un leño en la chimenea. Autores como Verne, Salgari, o Conan Doyle se volvieron muy apreciados en esos momentos, pero por encima de ellos, el escritor de aventuras británico por excelencia era sin lugar a dudas Henry Rider Haggard (1856 – 1925) que, gracias a la saga protagonizada por el infalible y astuto Allan Quatermain, trajo a las frías costas británicas no solo el aroma africano sino también el exotismo milenario de brujas, hechiceros y reinas vengativas de tiempos arcanos. La más famosa de sus novelas es la que principia dicha saga y se trata de la celebérrima: Las minas del rey Salomón, escrita en 1885 y que por muchos es considerada la novela de aventuras por excelencia.






