En general, uno de los hitos más importantes y renombrados de la Edad Media es, sin duda alguna, la conocida como la Guerra de las Dos Rosas (1455-1485). Esto se debe sobre todo al sobredimensionamiento que se le ha dado no solo desde el punto de vista historiográfico o literario –quién no recuerda aquel grito shakesperiano de “¡mi reino por un caballo!”–, y a que también, hoy en día, en el celuloide podemos ver desde la regia y oscura figura de sir Lawrence Olivier en Ricardo III hasta las alusiones ficticias de George R.R. Martin trufadas de dragones y Caminante Blancos campando a sus anchas en su laberíntico Juego de Tronos. Y no es para menos, pues es un momento –que casi roza lo mítico– en el que un reino cambia de corona hasta en cinco veces; en el que aparecen reyes codiciosos y leales; guerreros enfrentados unos contra otros en continuas batallas de sangre y hierro; o donde hay nobles que chaquetean continuamente de bando. Pero aquí la dificultad estriba en que en esta guerra civil no todo es blanco o negro –o rojo, en este caso– ni los buenos son tan buenos, ni los malos tampoco lo son tanto, y, con tanta danza de testas coronadas, el lector profano puede liarse. Pero que no cunda el pánico, nos congratulamos de contar ahora con la obra de Dan Jones titulada La Guerra de las Dos Rosas (Ático de los Libros, 2025) en la que el autor, especialista en este periodo, nos mostrará paso a paso la caída de una de las familias más míticas de la Historia, los Plantagenet, y el nacimiento de otra igualmente poderosa: los Tudor.
Tras leer este ensayo histórico, constato que mientras hubo un fuerte poder regio, personificado en las figuras del rey Eduardo III, que tenía unida las rencillas nobiliarias, junto con sus hijos Juan de Gante y el excelente milite Eduardo de Woodstock (más conocido como el Príncipe Negro), y la bonanza bélica obtenida durante la Guerra de los Cien Años (1337-1453) era continua, la lucha entre las dos ramas familiares de los Plantagenet, los York, representados con el emblema de la Rosa Blanca, y los Lancaster, identificados con la Rosa Roja, todavía no se vislumbraba. Pero la repentina muerte de Eduardo y la llegada al trono del púber Ricardo II provocaron que la nobleza empezara a levantar cabeza en pro de sus ansias regias. Este Ricardo, hasta que fue derrocado en 1399, estuvo muy influenciado por la nobleza, tanto que se dejó quitar la corona por Enrique Bolingbroke, hijo de su propio protector Juan de Gante –patriarca de los Lancaster– llegando a convertirse en Enrique IV y por lo tanto en el primer rey de la casa Lancaster. A éste le seguirían el archiconocido Enrique V, vencedor en la batalla de Azincourt (1415), y posteriormente Enrique VI con quien comenzaría de verdad la Guerra de las Dos Rosas.






