A 81 años del final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) este conflicto sigue teniendo el triste título de ser el más destructivo y sangriento de la Historia de la humanidad. A diferencia de la Gran Guerra (1914-1918), ésta se extendió por todo el mundo, desde Europa hasta el Pacífico provocando que nadie pudiera escapar de esa locura. Murieron alrededor de unos sesenta millones de personas, con su consiguiente herencia de heridos y mutilados que se estimaron en unos 30 millones de seres humanos. La guerra ya no se circunscribía solo a los campos de batalla llenos de cicatrices hechas por las trincheras por las que correteaban los soldados como hormigas, sino que las ciudades también fueron objeto del terror bélico, desapareciendo muchas de ellas entre olas de fuego mortal provocado por los bombardeos. Y a eso se le ha de añadir la crueldad extrema nunca vista hasta entonces en los campos de concentración y exterminio, las torturas llevadas hasta el extremo y el réquiem final perpetrado por las bombas atómicas caídas en Japón. De todo esto nació una era atómica y un mundo dividido en dos bloques antagónicos soterrados por totalitarismos ocultos y despiadados. Tanto fue el impacto de esta contienda que todavía hoy en día, después de tantas décadas, sigue teniendo importancia y más en un mundo en el que empiezan a sentirse de nuevo un continuo deja vu de cómo empezó todo aquello a la vez que vuelven a alzarse las banderías por distintas partes del globo. Así pues, para recordar cómo fue aquella gran guerra civil mundial y los distintos hitos históricos que se produjeron entonces, quisiera recomendarles el libro Miguel Ángel Santamarina, La guerra que cambió el mundo (Ediciones B, 2025)






