jueves, 5 de junio de 2014

JULIO CÉSAR - William Shakespeare



¡Acordaos de marzo, acordaos de los idus de marzo! ¿No fue por hacer justicia por lo que corrió sangre del gran Julio? ¿Qué miserable tocó su cuerpo y lo hirió que no fuera por justicia? ¡Qué! ¿Habrá alguno de nosotros, los que inmolamos al hombre más grande de todo el universo porque amparó bandidos, que manche ahora sus dedos con bajos sobornos y venda la elevada mansión de nuestros amplios honores, por la vil basura que así puede obtenerse? ¡Antes que semejante romano, preferiría ser un perro y ladrar a la Luna! (Marco Junio Bruto a Casio. Acto cuarto, escena tercera)


En verdad el gran Julio César (100 – 44 a.C) no murió solo una vez frente a la estatua de Pompeyo Magno en los fatídicos Idus de Marzo, pues aquel inmortal conquistador de las Galias, hijo de Venus, ha sucumbido ante los cuchillos de los conspiradores cientos y cientos de veces a lo largo de los siglos. ¿Cómo es posible? ¿A qué magia negra es debida esta afirmación? La respuesta es muy sencilla y solo un hombre tiene la culpa de ello: William Shakespeare. Este hechizo fantástico se viene dando desde 1599 cuando el joven Bardo de Stratford-upon-avon estrenó en Londres el drama histórico Julio César, inspirado en las Vidas Paralelas de Plutarco o la Vida de César Travitas. Desde aquel día, tan redonda y eterna fue aquella representación, que no ha habido teatro en el mundo, ni escenográfo que no se haya interesado en representar la figura de aquel que osó cruzar el Rubicón. Y es que esta obra de teatro es tan especial que se ha convertido con el paso del tiempo en complemento esencial de la verdad histórica ocurrida en aquel sangriento 15 de Marzo, como si la ficción hubiera reforzado los hechos fidedignos, dándose incluso casos en que los versos de Shakespeare a veces se confunden con lo escrito por los historiadores. (Continua)



Hace ya muchos años que me leí por primera vez esta obra, y es raro el año en que no la he vuelto a visitar. Me sumerjo de nuevo en sus páginas y veo a Marco Antonio declamando frente al cadáver de César mientras la multitud llora al escuchar que Bruto es un hombre honrado; y siento el frío de la noche de Filipos mientras el fantasma del dictador recorre el campamento militar atormentando a sus asesinos. Aunque pueda parecer una costumbre tediosa cada vez que la leo es como si fuera la primera vez pues es lo que tienen las obras inmortales y el vino que con el paso de los años nunca envejecen sino que se enriquecen. En verdad nos encontramos con una obra teatral curiosa pues aunque lleva el nombre de Julio César, éste no es el verdadero protagonista de ella, pues solamente tiene palabra en tres escenas. Si hay un personaje al que podamos considerar el eje del drama este es Bruto, principal conspirador (reenganchado en el último momento) para derrocar al “tirano”. A través de sus dudas iniciales, convencimiento, ejecución de los hechos y muerte final en Filipos podemos conocer todos los momentos históricos de la muerte de Julio César. Shakespeare plantea su obra no como una lección de historia de una narración bien conocida por todos, sino como el desarrollo de la historia de una conspiración.  

Y aunque creo que todos los que en este momento están leyendo estas humildes palabras alguna vez han tenido el gusto de leer este libro, no está demás hacer un pequeño resumen, que la obra bien lo vale. Principia la historia días antes del asesinato de Julio César cuando éste y su corte acuden a los juegos y son sorprendidos por un anciano ciego que previene al dictador de que se guarde de los Idus de Marzo. Éste no le hace mucho caso y sigue a la festividad. Pero por encima de toda la multitud destacan dos personajes: Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino. Éste último a base de instigar a su amigo acaba venciendo sus dudas iniciales y le incluye en el complot que se está preparando para matar a César. Los conjurados, entre los que destacan también Casca, Ligario, Decio Bruto, Cimber o Cinna, se reúnen y acuerdan matarle en el Senado el 15 de Marzo. La noche antes, entre grandes tempestades de rayos y viento, se producen hechos sobrenaturales en Roma  que parecen anunciar a todo el mundo lo que va a suceder al día siguiente. Aun así parece ser que el único que no se da por aludido es que el en poco tiempo se va a convertir en ilustre finado. El asesinato se produce en un mar de sangre y los senadores huyen mientras a César se le escapa la vida a través de treinta y tres puñaladas certeras. Los únicos que quedan son el núcleo de conjurados y Marco Antonio que con sendos discursos por un lado conmueven al populacho todavía anestesiado por la muerte de su héroe popular, mientras que por lado Antonio les lleva a clamar venganza contra los que han osado poner el frío hierro del cuchillo carnicero en las carnes de aquel que les ha dado medio mundo. Éstos huyen y acuerdan plantar batalla en la llanura de Filipos al nuevo triunvirato creado en Roma con hombres ilustres como el todavía joven Octavio, el pusilánime Lépido y el impulsivo Marco Antonio. Ambos, Bruto y Casio mueren de manera magistral en el campo de batalla (42 a.C), cumpliendo de esta manera la premonición que le hizo el fantasma de César a Bruto cuando le dijo con funestas palabras aquello de: “Me veras en Filipos”.



Esta historia es bastante conocida por todos nosotros. Hasta los párvulos saben de ella. Pero lo que hace distinta a la obra de Shakespeare es el tratamiento que da del hecho histórico. Se centra en los momentos cruciales, siendo parco en escenarios y situaciones ya que lo que más interesa al autor es presentar los distintos conflictos internos que atenazan a cada personaje y las consecuencias que derivan de  responder en conciencia. Destacan los soliloquios en los que se hablan de la verdadera esencia el honor, el patriotismo, la libertad o la amistad entre camaradas. Éstos están construidos con calidad, consistencia y, a diferencia de otras obras teatrales, muy directos. Otra de las características que más llaman la atención es el tratamiento de los personajes. Hace que no sean pantomimas ni figuras de cartón piedra, sino seres humanos con sus dudas y valores propios. Cualquier otro autor hubiera sido maniqueístas con ellos, pues sería muy fácil presentar al público un César regio, un abnegado Marco Antonio y un feroz Bruto con ansias de sangre vengadora. En cambio vemos que, por ejemplo, a Bruto lo mueven motivos honorables, no personales, para evitar de este modo que Roma vuelva a caer en una Monarquía ya derrocada por su antepasado… y eso que César ya había rechazado la corona, ofrecida por Marco Antonio, tres veces seguidas. Shakespeare por tanto convierte a Bruto en “el más honorable de los romanos”. Esta forma de tratar a este personaje es lo que ha hecho que muchos historiadores hayan afirmado que el autor deja oculto un mensaje para todos aquellos que piensen derrocar a cualquier tirano que exista, como por ejemplo los descontentos en su época con la reina Isabel I.

Pero que no se asuste el lector que todavía no haya acercado sus dedos a este libro, pues no todo él esta construido a base de eternos discursos coreados a través de los ecos de siglos venideros, pues también sabrá apreciar la esencia de la tragedia final de César, cómo fueron aquellos días de hierro y sangre y cuáles fueron los motivos que llevaron a los complotados a atacar al gigante de sus días. Toda una lección de historia que para que al lector y al publico que asistía al teatro no se le hiciera tediosa, Shakespeare lo supo trufar de elementos de la vida cotidiana romana, familiaridades y curiosidades como cuando César le dice a Marco Antonio que le hable en el otro oído porque en éste no oye bien; e incluso elementos sobrenaturales, como por ejemplo cuando la noche anterior de su muerte Roma se llena de truenos y relámpagos, se estremecen los cimientos de la tierra, brotan llaman de las manos, un león encolerizado aparece en el Capitolio, caminan hombres en llamas, aves de la noche acompañan a muertos andantes escupidos de sus tumbas, una leona pare en medio de la noche o que en el cielo se desarrolla una guerra mientras las estatuas de César se oscurecen por culpa de una lluvia de sangre. Se puede achacar al dramaturgo que toda su obra esté repleta de referencias o chismorreos de autores antiguos como Plutarco y tal vez Suetonio, pero lo que en verdad consigue, no es solo demostrar sus vastos conocimientos sobre la Historia de Roma, sino insuflarle vida, color y pasión a uno de los momentos cruciales del devenir humano.