“—Pero ¿dónde está nuestro maná? ¿Dónde está el maná de los cómicos? ¿En qué tierra caerá que sea nuestra tierra? Nosotros no somos de ninguna parte. Somos del camino… Cuando el pueblo del Señor iba hacia la tierra prometida, ni siquiera iba por un camino. Iba por un desierto. Por eso no salió nadie a decirles: Ese maná es mío, ese dinero de los cineastas es mío. Nosotros hemos venido a trabajar a Navahonda, que es vuestro pueblo, pero ahora sois vosotros los que queréis dejarnos sin nuestro pan; y digo nuestro porque el trabajo de las películas es cosa nuestra, de los cómicos. Y queréis dejarnos sin él porque no somos de ningún pueblo. Pero ¿por qué somos del camino? Porque, como muy bien ha dicho vuestro alcalde, y con mejores palabras que las mías, por cierto, la gente necesita reír. Y nosotros les llevamos la risa. Y también tenemos hambre. Y también nos falta trabajo.”
Fue un noble oficio que desapareció hace ya mucho tiempo, pero que como dice el personaje principal de la novela que les reseño: “Hay que recordar… hay que recordar”. Se trataba de los llamados cómicos a la legua, herederos del antiguo oficio de hacer reír a la gente, ya desde los tiempos de la Comedia del Arte, que no solo caminaban kilómetros y kilómetros con sus tristes bártulos sino que incluso tenían prohibido pernoctar en los pueblos donde actuaban, como mínimo a una legua (de ahí su nombre). Duro trabajo el de aquellos que nos hacían reír y que no hace mucho tiempo incluso se les negaba tierra sagrada allá donde fenecieran. En España, antes de la irrupción de los mass media a mediados del siglo XX, era común ver a grupos de pequeñas compañías rurales andando por los caminos polvorientos que previamente, tras pactarlo con el ayuntamiento de turno o cacique del momento, representaban sus sencillas obras de teatro en cafés, bares, pequeñas salas de baile u oscuros casinos llenos de humo de cigarros puros a precios irrisorios y que después les dejaban (ya en nuestro siglo) dormir en las posadas, y tras varias representaciones (si había suerte) volvían a los caminos, a dejarse las suelas de los zapatos y la salud en el frio de las sendas, hasta la siguiente parada. En nuestra literatura patria ya hemos visto referencias a este tipo de oficio en obras como Ñaque o ¡Ay, Carmela! de José Sanchís Sinisterra, pero en donde podemos apreciarlo en toda su dimensión es en la novela de Fernando Fernán Gómez: El viaje a ninguna parte (1985).
