martes, 13 de enero de 2026

TRAS LAS HUELLAS DE CÉSAR EN HISPANIA - Arturo Gonzalo Aizpiri

 

Creo que la primera vez que supe que el gran Julio César estuvo en la península Ibérica fue cuando de pequeño leí el cómic de Asterix en Hispania en dónde se le ve, en la primera página, pasar revista a sus legionarios después de salir victorioso de la Batalla de Munda (45 a. C) mientras al fondo aparecen unos estoicos hispanos gritando: ¡olé! Y es que en verdad, aunque las arenas del tiempo hayan conseguido borrar los pasos del gran conquistador, no hemos de olvidar que César, el amado de Venus, estuvo muchísimos años en Hispania y que su presencia fue primordial en el devenir de la Península. Llama la atención que conozcamos las historias de César en la Galia pero al contrario ignoremos que también pasó por aquí y que, por desgracia, de éste solo nos queda algún rumor, leyenda, estatua recóndita o placa anecdótica que nos diga que también cruzó por Hispania, y es por ello por lo que es necesario rescatarlo gracias a trabajos como el que les presento en esta humilde reseña: Tras las huellas de César en Hispania (Almuzara, 2025) en el que se desentierran su figura y sus rutas por España, más allá de los áridos y polvorientos tratados de Historia acercándolo, de la misma forma, a los peregrinos de Clío.

Combinando prosa histórica con la narración de viajes, nuestro escritor, a modo de Virgilio dantesco, y de la misma forma que hizo en su anterior libro: Tras las huellas de Aníbal (Almuzara, 2022) permite al lector conocer los periodos que Julio César estuvo en Hispania. En primer lugar hemos de remontarnos a cuando era un joven barbilampiño y consiguió subir el primer peldaño del cursus honorum al recibir el título de cuestor que ejercería en la Hispania Ulterior (69 a.C). Nada más llegar César se dio cuenta de las grandes cicatrices que todavía quedaban en la Península debido a las Guerras Sertorianas (77 – 72 a.C) y por ello tomando como base la ciudad de Corduba, desde el principio quiso, por un lado, tener buenas relaciones clientelares y de este modo contrarrestar la influencia pompeyana que existía en el territorio. Pero como le pasó en muchos momentos de su vida, ejerció tanta munificencia que casi le llevó a la ruina. Así pues al joven Cesar le vino bien conocer en Gades a Lucio Cornelio Balbo proveniente de una acaudalada familia comercial que había conseguido hace poco -gracias a la Lex Gavinia (72 a.C)-  la ciudadanía romana debido a los servicios prestados a Pompeyo en el anterior conflicto bélico.

Y es en este periplo gaditano donde se produce unos de los episodios o parteaguas más importantes en el destino del amado de Venus. Se trata –encuadrado en la leyenda- de las lágrimas que vertió en un santuario de la isla de Santi Petri (hoy de San Fernando) junto a una estatua de Alejandro Magno, y al sueño profético que tuvo en el que mantenía relaciones con su madre –entendemos que era la Madre Tierra, esperemos- hechos catárticos ambos que le estimularon a abandonar la provincia a todo correr y conseguir en Roma subir más escalones en la carrera política y de esta forma alcanzar la gloria que tanto añoraba ante el rostro pétreo de Alejandro. Tras su derrochadora edilidad, el pontificado máximo y las turbulentas desgracias que vivió durante la famosa Conjura de Catilina, en el 61 a. C César volvió de nuevo a la  Hispania Ulterior pero ya como pretor en donde pudo colmar, de momento, sus ambiciones actuando en las II Guerras Lusitanas con el fin de castigar los actos de pillaje y bandidaje que éstos cometían, apoyados por otras tribus hispanas. Por ello armó un formidable ejército con el que consiguió derrotar a las tribus que se iban poniendo por delante hasta empujarlas hasta el mismísimo Océano Atlántico, arrinconándolas en la misma península de Peniche (Portugal). Y no contento con ello, junto con otros navíos enviados desde Gades fue en dirección a las Casiterides hasta Brigantium. Gracias a todo ello César pudo conseguir un gran botín, más clientes para su red clientelar –que le vendría bien en un futuro- y sobre todo consolidar la soberanía romana en el centro y noroeste peninsular y en la franja atlántica hasta Galicia. 

Pero el tiempo que pasó Julio César en Hispania, como muy bien nos explica Arturo Gonzalo Aizpiri, no solo le sirvió como trampolín en su carrera política sino que hubo dos veces más en las que dejó su huella en el destino de la Península. En concreto durante la gran guerra civil romana  (49 – 45 a.C) que sostuvo contra su antiguo socio y ahora enemigo Pompeyo, y el epilogo que cerraba ésta.  En la primera fase tras controlar Roma y la Península Itálica, y con la intención de acabar con las legiones pompeyanas comandadas por Afranio en la Citerior y por Varrón en la Ulterior, César se encamina de nuevo a Hispania para afianzar su flanco occidental y así evitar molestias cuando se dirija a derrotar a Pompeyo en Oriente. Tras derrotar a Afranio en Ilerda, el ejército de Varrón y sus aliados empiezan a desertar provocando posteriormente la rendición de este último por lo que de nuevo Hispania queda controlada por las fuerzas cesarianas. Pero tras acabar la guerra civil, Julio César tiene que volver sus ojos a Iberia ya que todavía tiene que acabar con los rescoldos rebeldes personificados en los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto, que deciden, tras varios escarceos, presentar batalla en Munda (¿Montilla? o ¿Urso?) en la que son aplastados por las fogueadas tropas de César. Después y junto a su ahijado Octavio toma grupas a Roma en donde al año siguiente será asesinado a los pies de su antiguo y eterno amigo-enemigo.

En total más de 20 años estuvo Julio César en Hispania.  ¡Ahí es nada! ¡Cómo para que no hubiera huellas de su paso por nuestra Península! Pues he aquí el segundo quiz del libro que nos presenta Arturo, nuestro infatigable viajero. Con él recorreremos, rastreando el recuerdo cesariano, grandes y míticas ciudades como Gades, Córdoba, Sevilla, Tarragona, Lérida,... y de la misma manera hollaremos polvorientos caminos que nos conducirán a vetustas prospecciones arqueologías no solo romanas sino también de antiguos pueblos prerromanos en donde influyó la figura de aquel que dejó caer lágrimas ante la estatua de Alejandro Magno. Veremos placas, estatuas, míticos y gloriosos campos de batalla y  hasta árboles –supuestamente- milenarios y sabremos de las ciudades que éste fundó o por su furia destruyó. Y lo que es más importante, podremos conocer no solo una pintoresca copia de personas, sean estos arqueólogos expertos o no, sino también lugares de la vida cotidiana en los que tomarse un vaso de bon vino, o simplemente sentarse a escuchar la tranquilidad del piar de los pájaros y por qué no la tonada del sueño eterno que Julio César, el bien amado de los dioses, dejó en Hispania.

Coda final: no podía despedir esta reseña sin mencionar los maravillosos y evocadores dibujos personales con los que están trufadas las páginas de este gran trabajo de recuperación histórica. Hechos a mano, a pie de obra, se nota que se han realizado con  amor permitiendo que el lector pueda adentrarse aun más en las excelencias que narra y desee recorrer y conocer los mismos lugares que nuestro autor ha visto y andado. Y es por eso que solo me queda decirle: ¡Gracias por tu labor, Arturo!

 

Arturo Gonzalo Aizpiri, Tras las huellas de César en Hispania. Córdoba, editorial Almuzara, 2025, 260 páginas.

También podeis leer mi reseña en la página web de Hislibris: https://hislibris.com/tras-las-huellas-de-cesar-en-hispania-arturo-gonzalo-aizpiri/