martes, 10 de febrero de 2026

LAS MINAS DEL REY SALOMÓN - Henry Rider Haggard

 

Llama la atención lo contradictoria que podía llegar a ser la sociedad victoriana. Por un lado, el universo que había creado la reina Victoria de Inglaterra (1837 – 1901) era en sumo pacato, restrictivo en cuanto a la moral sexual, a imagen y semejanza de la familia idílica que promocionaba la propia monarca junto a su marido Alberto, pero, eso sí, solo de puertas para adentro pues la hipocresía y el doble rasero se aplicaba en todos los campos de la vida. Un ejemplo de este doble juego, a parte de la concepción moral indicada, se puede observar en que aquella sociedad tan cerrada a los influjos externos estaba cautivada por los aires de exotismo que los marinos y comerciantes británicos traían de lugares lejanos como el enigmático Oriente o la misteriosa y peligrosa África. Éstos victorianos se dejaban engatusar por las porcelanas chinas, las estampas pictóricas japonesas e incluso por la misma arquitectura oriental, mientras que se emocionaban con las noticas que salían en la prensa hablando de las hazañas perpetradas por aventureros como Livingstone, Speke o Burton, lo que en este último caso animó a la vez a otros cientos de aventureros anónimos a salir de caza, rifle en mano, por las lejanas sabanas africanas, buscando no solo correr una odisea y abatir un león o un elefante sino también conseguir la libertad y la esquiva fortuna que tal vez no podían encontrar entre los negros humos de las chimeneas londinenses.

Así, es de imaginarse que el imaginario victoriano estuviera bien abonado para que arraigaran y crecieran en él las novelas de aventuras sobre todo para aquellos que no podían costearse un viaje allende los mares y que también deseaban evocar mil y una experiencias aunque únicamente fuera navegando y cazando entre las hojas de un libro, tras tomar una copita de jerez por la noche, tras llegar de una extenuante jornada en la City, mientras se dejaba arrullar por el crepitar de un leño en la chimenea. Autores como Verne, Salgari, o Conan Doyle se volvieron muy apreciados en esos momentos, pero por encima de ellos, el escritor de aventuras británico por excelencia era sin lugar a dudas Henry Rider Haggard (1856 – 1925) que, gracias a la saga protagonizada por el infalible y astuto Allan Quatermain, trajo a las frías costas británicas no solo el aroma  africano sino también el exotismo milenario de brujas, hechiceros y reinas vengativas de tiempos arcanos. La más famosa de sus novelas es la que principia dicha saga y se trata de la celebérrima: Las minas del rey Salomón, escrita en 1885 y que por muchos es considerada la novela de aventuras por excelencia.

Centrándonos en la novela que les traigo a colación, ésta comienza cuando celebérrimo cazador de elefantes Allan Quatermain vuelve en barco a Durban, actual ciudad de Sudáfrica, y conoce a dos aventureros, el fornido sir Henry Curtis, que a nuestro protagonista le retrotrae a un vikingo, y a su compañero el capitán John Good, marino de la honorable Real Armada Inglesa. Ambos traen consigo una doble misión, por un lado alcanzar las míticas y peligrosas Minas del Rey Salomón, de las que supuestamente este monarca hebreo extraía toda su riqueza, y por otro lado encontrar al hermano de sir Henry que tiempo atrás emprendió parecida aventura pero que presumiblemente tuvo un aciago final. Y aunque nuestro cazador tiene dudas con respecto a realizar este viaje acepta y con ello principian una de las odiseas más míticas de la literatura universal. Ellos tres, una serie de porteadores y el regio Umbopa, armados hasta los diente y con la única guía de un antiguo mapa de un portugués llamado José da Silvestra, se adentran en un viaje que  les llevará por  la exuberante sabana, desiertos imposibles de sortear, montañas heladas, y por el Camino de Salomón hasta el enigmático reino de Kukuanalandia y todo ello trufado de cacerías, riesgos sin fin, guerras intestinas, leyendas y misterios que parecen no acabar nunca.

Las minas del rey Salomón, es un libro de fácil lectura, muy accesible, aunque no por ello piense uno encontrarse con una narración simple o naif, al contrario, pues dicha sencillez permite engancharse rápidamente a las aventuras de Allan Quatermain y sentir el peligro y la aventura desde las primeras hojas. A través de las vivencias de este respetado y astuto cazador de elefantes podemos sentir aquella África decimonónica y sus civilizaciones desaparecidas o míticas que cabalgan entre la realidad y la leyenda a la vez que maravillarse por su cultura y su forma de ver el mundo. Aquí destacan las ansias, tal vez ocultas, que tenían aquellos ciudadanos británicos de volver a la naturaleza y dominarla, aunque siempre desde una mirada paternalista con respecto a las culturas que se encuentran de paso. Aunque intentemos evitar presentismos y juicios de valor de hoy en día, algunos elementos de la novela, al lector del siglo XXI le pueden rechinar en algunos momentos, como por ejemplo el ya mencionado paternalismo hacia otras razas que los protagonistas pueden consideran inferiores; su visión clasista de las relaciones entre blancos y negros; o incluso el concepto de mujer –no hay casi protagonista femenino- a las que consideran pusilánimes y débiles en aquellas latitudes y en aquellas aventuras.

Pero salvando estas visiones decimonónicas que obviamente aparecen en una novela de aquellos tiempos, Las minas del rey Salomón, es un libro excelente, que inaugura un ciclo africano que hará las delicias de cualquier lector. Desde su aparición la novela de Haggard tuvo un éxito inusitado, reeditándose de continuo y con el paso del tiempo incluso llevado al cine en numerosas ocasiones. La más famosa de ellas es sin lugar a dudas la protagonizada por Stewart Granger y Deborah Kerr en 1950 (este personaje femenino no aparece en la novela) y a la que sumaria la protagonizada en 1985 por Richard Chamberlain y una jovencísima Sharon Stone, aunque ésta más de serie B y con momentos más cómicos. Tanto las continuas ediciones que se siguen haciendo de este clásico como los filmes realizados posteriormente convirtieron a Allan Quatermain en todo un símbolo de la Aventura con mayúsculas, encumbrándolo al Olimpo de los personajes míticos de la literatura universal.

Henry Rider Haggard, Las minas del rey Salomón, traducción de Flora Casas. Madrid, Anaya. 2002, 296 páginas.