En las postrimerías del siglo XVI, el poderoso imperio español comenzó a hacer aguas por todos los lados. Utilizando la manida imagen de un gigante de barro, la podredumbre iba corroyendo poco a poco sus raíces anunciando ya la futura debacle. En estos años la Península Ibérica contaba con unos siete millones de habitantes pero las continuas guerras europeas, el azote de las mortales miasmas o la expulsión de los moriscos en 1609 tuvo como consecuencia un paulatino empobrecimiento y abandono de las ciudades y sobre todo de los pueblos en donde los jóvenes ya no ven un futuro y decidían lanzarse a las metrópolis más populosas de España como eran entonces Madrid o Sevilla que ya contaban con unos 100.000 habitantes. Pero los que se prometían atar perros con longanizas pronto se daban de bruces con la realidad y se encontraban con que estas urbes no habían escapado del azote de la pobreza y hallaban calles sucias y malolientes, embarradas al ritmo de la lluvia y el ¡agua va!, sin aceras ni iluminación nocturna proclives a ser tomadas por cofradías de delincuencia y pillería compuestas por otros emigrantes pretéritos que igualmente habían surcado el camino que va de la ilusión a la desilusión.
