En las postrimerías del siglo XVI, el poderoso imperio español comenzó a hacer aguas por todos los lados. Utilizando la manida imagen de un gigante de barro, la podredumbre iba corroyendo poco a poco sus raíces anunciando ya la futura debacle. En estos años la Península Ibérica contaba con unos siete millones de habitantes pero las continuas guerras europeas, el azote de las mortales miasmas o la expulsión de los moriscos en 1609 tuvo como consecuencia un paulatino empobrecimiento y abandono de las ciudades y sobre todo de los pueblos en donde los jóvenes ya no ven un futuro y decidían lanzarse a las metrópolis más populosas de España como eran entonces Madrid o Sevilla que ya contaban con unos 100.000 habitantes. Pero los que se prometían atar perros con longanizas pronto se daban de bruces con la realidad y se encontraban con que estas urbes no habían escapado del azote de la pobreza y hallaban calles sucias y malolientes, embarradas al ritmo de la lluvia y el ¡agua va!, sin aceras ni iluminación nocturna proclives a ser tomadas por cofradías de delincuencia y pillería compuestas por otros emigrantes pretéritos que igualmente habían surcado el camino que va de la ilusión a la desilusión.
De la misma manera los caminos polvorientos se llenaron de mendigos y astutos timadores, y no es raro encontrar copia de jóvenes que se mueven al margen del sistema, ingeniándoselas para poder comer y subir en el escalafón social. Pero al igual que el loto surge del barro, de esta situación de tristeza generalizada nació uno de los géneros literarios netamente españoles por excelencia conocido -y exportado a otras latitudes- como la novela picaresca. Se cree que su nombre proviene o bien del verbo picar, ya sea por lo de picar alto o por lo de hendir las bolsas ajenas e introducir el dos de bastos en el de oros –como bien señala el protagonista de la novela que en breve procederé a reseñarles- o por la imagen de la pica que portaban los soldados hispanos. Ya sea una cosa u otra, a grosso modo el protagonista de este tipo de novelas es un pícaro de origen servil que nos narra de forma autobiográfica su peculiar periplo desde que abandona su hogar debido al hambre y las estrecheces que pasa y decide correr los campos para ganarse la vida sea de forma legal (las que menos) o mintiendo y robando (las que más) con el fin de ascender en la cucaña social y poder mirar a todo el mundo por encima del hombro. Un esquema de este tipo de novelas ya se pudo vislumbrar en el Lazarillo de Tormes (1554), y a partir de ahí comenzaron surgieron como setas otras grandes obras del género como fuero La vida del pícaro Guzmán de Alfarache (1599) de Mateo Alemán; los ingeniosos Rinconete y Cortadillo (1613) de Miguel de Cervantes Saavedra; Las aventuras del bachiller Trapaza (1637) de Alonso del Castillo Solorzano, entre otros. Pero uno de las más recordados por todos y para la posteridad fue sin duda El Buscón, de Francisco de Quevedo publicado en 1626 y que sí, ahora sí, principio, humildemente, a pergeñarles.
Comenzaré señalando que el título del Buscón (que significa ladrón o pilluelo) como lo conocemos hoy en día es una abreviación de otro aun más largo, muy del estilo de los que se estilaban por entonces que parecían más sinopsis que título en sí: Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños. Como he señalado antes vio la luz en 1626 a través de una imprenta de Zaragoza y llama la atención que fue el mismo Quevedo el que siempre alegó que siempre renegó de su autoría. Quizás por no rendir cuentas a la Inquisición. Cosa sería en aquellos tiempos. La obra se divide en tres libros, tres partes, en la que el narrador, Pablos, ofrece una retrospectiva de sus desastradas aventuras. Comienza hablándonos de su niñez allá en Segovia (ciudad por aquellos años algo desierta) en donde nos explica que es hijo de un barbero ladrón y una madre alcahueta. Siempre, en una especie de estilo epistolar refiriendo sus andanzas a una supuesta señora o a vuestras mercedes, alude a su milagrosa salida de la ciudad castellana, debido por un lado al tóxico ambiente familiar y al hambre que casi acaba con él –literalmente- para después hablarnos de su viaje hacia Alcalá de Henares, en donde se matricula en tal docto lugar pero no de erudito sino en ciencia picara cum laudem. Tras poner pies en polvorosa de dicha ciudad, debido a unos asuntillos con la justicia, vuelve de nuevo a Segovia y allí toma contacto con su tío que es nada más ni nada menos que el verdugo oficial. Viendo que éste le quiere hacer su sucesor y no queriendo profesar tan indigna profesión ni ser jinete de cogotes, le deja tirado en mitad de una borrachera y se encamina entonces a Madrid en donde se hará amigo de un grupo de estafadores y falsos indigentes, y como desea también picar más alto tras un breve paso por la cárcel, se hace pasar por un galán y así casarse con una alta dama que le aporte buenos dineros con los que vivir desahogadamente. Pero cuando está a punto de conseguirlo, todo se frustra y de nuevo ha de huir y se dirige a Sevilla donde se junta con un grupo de matasietes que deciden, en una aciaga noche, matar a un corchete. Son perseguidos y viendo que las autoridades le están a punto de atrapar decide embarcarse y poner un océano entre él y la justicia y acabar sus días en América. Aquí terminan las aventuras de Pablos –esto es en una pequeñísima muestra- y siento decirlo pero nunca se hizo una segunda parte con la que amenizar a los lectores y poder seguir las increíbles gestas de este pícaro redomado.
(Tres hombres a la mesa, El almuerzo. Diego Velázquez, 1617-1618. Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia)
A diferencia de otras novelas del mismo género en las que abundan consideraciones morales, en El Buscón predomina sobre todo el tono satírico y humorístico, abandonando esa carga. Pablos, y por ende el mismo Quevedo, no buscan dar lecciones a nadie, más bien ser un referente de la época. Esta obra es claramente un espejo de la sociedad, de aquella España que le tocó vivir al autor. En ella describe de manera magistral los tipos que andaban por las calles de las ciudades, grandes o pequeñas, los caminos y las ventas. Así por ejemplo su lectura aporta un rosario de temas muy importantes. Como Pablos es de condición servil, pobre aunque no honrado, observamos a través de sus ojos el hambre que pasan las personas humildes provocando por ello la desesperada necesidad de ascender en la sociedad. Son pobres porque la sociedad los ha hecho así y por eso no les importa conseguir el dinero a través de embustes, robos o incluso enamoramientos falsos como el que intenta el protagonista en Madrid. Llama la atención también como Quevedo utiliza esa crítica al ascenso social para fustigar a los llamados judíos conversos. Hay que recordar que el autor sufría de auténtica judeofobia y no le importaba utilizarla como arma al vituperar a sus enemigos del mundo literario como por ejemplo a Góngora. El Buscón, como ya he indicado con anterioridad, es un espejo deformado de la sociedad del Siglo de Oro y por eso ridiculiza ese desprecio al mundo del trabajo del que se enorgullecen los falsos hidalgos. Les importan más la virtud, la honra, el dinero y el poder, las apariencias y el que dirán, que la verdad y el orgullo de ser un buen trabajador. Vicios éstos que claramente llevaran, con el tiempo, a la ruina del país. Pero Pablos no se para ahí pues de la misma forma satiriza la corrupción de la justicia, las instituciones civiles e incluso lanza dardos envenenados a la misma Inquisición. Tal vez por esto último renegó de su autoría. El Buscón no deja títere sin cabeza y a través de las hilarantes aventuras de Pablos nos muestra esa sociedad corrompida y podrida desde sus raíces.
Con los clásicos de la literatura universal es normal que pase como con los buenos vinos y los cremosos quesos. Que ganen con el paso del tiempo. Fui obligado a leerlo cuando estaba en el B.U.P (los que peinan canas como yo sabrán de lo que hablo pero para los jóvenes que no lo sepan les informo que esas siglas pertenecen a Bachillerato Unificado Polivalente, lo que hace muchos años era el Bachillerato de ahora) y recuerdo que no me gustó nada, pero ahora con la edad, al releerlo de nuevo, lo he apreciado sobremanera, tal vez porque entonces en esa edad en la que las hormonas le salen a uno salen de las orejas y en las que no se tiene paciencia un texto del siglo de Oro parece un galimatías, ahora, digo, más baqueteado por la edad y con miras culturales más amplias lo he sabido degustar de principio a fin. Ahora me he dado cuenta que es fácil de leer, es directo, ejemplificante y sobre todo hilarante. Hay momentos en los que uno debe de parar un momento y secarse las lágrimas de la risa que provocan las ocurrencias y desventuras de Pablos. Así pues les animo a leer El Buscón y dejarse acompañar por un pícaro, tunante por destino y por necesidad, que les irá mostrando al andar por los polvorientos caminos los vicios de aquella España de la que se decía que no se ponía el sol pero que de puertas para dentro eran un hervidero odios y falsas hipocresías.
Francisco de Quevedo, El Buscón. Madrid, Alianza Editorial, 2028, 240 páginas.

