Uno de los momentos álgidos y más simbólicos del Apocalipsis de San Juan es cuando una voz profunda y ultraterrena anuncia la llegada de los conocidos como Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis montados sobre cuatro caballos de cuatro colores distintos. Uno es el Hambre, otro la Peste, el de más allá la Muerte y el que más me impresiona de todos, La Guerra, en su corcel rojo sangre. San Juan lo presenta de la siguiente manera: Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente que decía: «Ven». Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande. (Ap. 6,3-4) Como decía, por lo menos para mí, en mi imaginario es el epítome de sus otros tres compañeros ya que con su espada mortal causa la muerte de millones de soldados, engendra la peste que persigue a los cadáveres y sobre todo origina el hambre de los pocos que sobreviven a esa locura. Y, si se amplifica un poco el foco, podremos ver detrás de La Guerra a otro alazán, quizás de color tierra pero igualmente temible: La Destrucción. Y es que las guerras conllevan de la misma manera la extinción no solo del ser humano sino también de sus ciudades y edificios además de su rico patrimonio artístico.
Es triste reconocerlo, pero a día de hoy, por desgracia, las guerras son inevitables. Cójase un mapa geopolítico actual y podrán hacerse una idea. La gran mayoría nacieron con la idea de conquistar, tomar y destruir al adversario, su forma de vivir y sus ideas políticas y religiosas, pero, por ende, otros conflictos añadieron el robo y el saqueo a diestro y siniestro, de forma mecánica e industrial. Un ejemplo de ello lo vemos en la Segunda Guerra Mundial donde las fuerzas alemanas esquilmaron el patrimonio cultural del orbe en beneficio propio, y otro, aunque no a tanta escala global, pero si trágica para nuestra historia patria, lo tenemos en nuestra propia Guerra de la Independencia ( 1808 – 18014) en donde las tropas francesas, comandadas por sus generales e instigados por el emperador Napoleón Bonaparte se dedicaron a robar, saquear y destruir, cual cuatreros, gran parte de nuestro patrimonio cultural y así enriquecerse dejando tras de sí una estela de fuego y destrucción allá por donde pasaran. Esta orgía de latrocinios e iniquidades es el tema central que pivota en torno al último libro de Francisco García del Junco que procedo ahora, de forma humilde, a reseñarles. Con todos ustedes: Los robos de Napoleón en España, editado por La Esfera de los Libros (2026).
Como todo buen arqueólogo e historiador, y como todo buen libro de divulgación que se precie, el autor nos dirige al principio al contexto histórico de la época que trata la obra, y tras dejar sus valoraciones –bastante puntuales- acerca de los robos y las restituciones que se deberían hacer a los distintos países que han sufrido expolio, nos habla sobre la llegada de los franceses a España; la toma de los centros de poder por toda Península, extendiéndose como mancha de aceite; y de cómo el pueblo español supo poner pie en pared y como un solo pueblos –menos los afrancesados, claro- enfrentarse a la barbarie gala que se estaba produciendo. Tras ello, tras ponernos en situación, García del Junco pasa al meollo de la cuestión y se centra en los distintos tipos de robos y saqueos que se produjeron a lo largo y ancho de esta vieja piel de toro llamada España. De la rabia, el ansia, la brutalidad y la barbarie de los generales franceses y del rey José I no se libraron ningún rincón de nuestro país. Desde grandes monasterios como el de San Lorenzo de El Escorial hasta pequeñas abadías, pasando por linajudos palacios como el Palacio Real de Madrid e incluso museos, no hubo lugar que los codiciosos adláteres de Napoleón no esquilmaran para su propio beneficio pareciendo que más que sostener una guerra lo que estaban haciendo era perpetrar un robo a mano armada a gran escala sabiendo que no iban a estar toda la vida aquí y por tanto adquiriendo una pensión para el futuro.
Seremos testigos de cómo perpetraban estos hurtos, cómo se organizaban, cómo arrancaban joyas, destrozaban altares, fundían rejas y marcos de obras de arte, cómo arrancaban lienzos de grandes obras – casi mil en Sevilla- y las metían rápidamente en cajas para, en largas carretadas, conducirlas a Francia al futuro Museo Napoleón o a las villas de los susodichos generales o del hermanísimo del Emperador. Y lo que no conseguían llevarse lo destruían o lo volaban de forma enrabietada dando a entender que si no era para ellos no era para nadie –la Alhambra se salvo por muy poquito-. En verdad, una auténtica banda de psicópatas al frente de uno de los mayores ejércitos de la Historia. Con horror, de la misma manera, seremos testigos de cómo fueron saqueadas las ciudades, algunas de ellas de forma harto brutal, como Córdoba durante días, y cómo llegaron incluso a sacar a los muertos de sus tumbas con la intención de profanar y humillar los panteones reales –o de personajes míticos como El Cid o El Gran Capitán- y de esta manera despojarles de las supuestas y míticas joyas que los difuntos monarcas y adalides de nuestra historia se hubieran llevado al más allá. Daba igual, todo les valía para enriquecerse, no respetando ni lo humano ni lo divino y si alguien se ponía de por medio se le daba pasaporte con una soga o un tiro de gracia. Seis años robando todo lo que podían, sin freno alguno, una verdadera pesadilla de la que los españoles parecía que no iban a despertar.
Con Los robos de Napoleón en España de Francisco García del Junco, nos encontramos con un trabajo reivindicativo y directo, ya que el autor ofrece varios pensamientos acerca de los robos y apropiaciones dudosas del arte en general y del destrozo del patrimonio cultura español en particular. Dos ideas flotan y aletean por encima de las páginas de este libro. A saber, por un lado ¿cómo es posible, viendo la enormidad de los cientos de miles de robos y violentos saqueos de bienes inmuebles y muebles perpetrados por José I –supuestamente el rey que debía defender a sus nuevos súbditos y congraciarse con ellos- y sus generales, robos alentados claramente por Napoleón al otro lado de los Pirineos, y la fantástica maquinaria e intendencia que se utilizó para perpetrarlos, repito, cómo es posible que la Justicia internacional no haya obligado Francia, y otras localizaciones internacionales donde también se hallan estos latrocinios, a devolverlos de forma inmediata? ¿Por quoi? Y también, por otro lado ¿Cómo no se equiparan estos robos perpetrados a gran escala con los también realizados durante la Segunda Guerra Mundial por las fuerzas nazis, sobre todo a fondos privados de familias judías o patrimoniales de otros tantos países? Nada más terminar el segundo gran conflicto del siglo pasado comenzó una rápida política de restauración y restitución de bienes incautados por las fuerzas invasoras alemanas, lo que nos lleva a la pregunta ¿por qué en nuestro caso no se ha realizado de esta manera? ¿Conflictos geopolíticos que escapan a nuestro razonamiento, porque Francia es harina de otro costal y fue ya hace algunos siglos, o, sobre todo, por la inoperancia de nuestros políticos a través de los años? Quien lo sabe, pero es triste reconocer que si se miran los museos de otros países, en el caso español, muchos de sus rincones están decorados con latrocinios de nuestros fondos y de nuestra memoria cultural acumulada durante siglos. Aun así, que este triste pensamiento final no les eche atrás al leer este excelente y muy documentado libro, Los robos de Napoleón en España, pues aunque este adobado de penosos destinos y dolorosas lágrimas, de la misma forma también está trufado de hechos anecdóticos y surrealistas que les hará leer este libro de forma amena y didáctica a la vez y conocer una parte de nuestra historia, turbia en muchos sentidos, que no debe nunca ser olvidada.
Francisco García del Junco, Los robos de Napoleón en España. Madrid, La Esfera de los Libros, 2026, 430 páginas.

