“Porque el que hoy derrama su sangre conmigo será mi hermano”.
(Enrique V, William Shakespeare)
Primero el marco general: En el caluroso verano de 1346 el rey de Inglaterra Eduardo III (1312-1377), creyéndose agraviado e insultado por el rey de Francia Felipe VI (1293-1350), que no le reconocía sus derechos al trono francés y que le había confiscado sus tierras en el país galo, desembarcó en las costas de Normandía al frente de 15.000 hombres y, durante el seis semanas de fuego y sangre, se dedicó a arrasar todas las ciudades que encontraba a su paso, (Valognes, Carentan, Sain-Lo, Caen…) hasta llegar al bosque de Crecy, ya pasado el rio Somme, donde infligió al rey francés una dura derrota que pasaría a los libros de Historia como una de las primeras grandes batallas que se producirían en la mítica Guerra de los Cien años (que en verdad duró 116 desde 1337 a 1453). El eco de esas semanas, según cuentan las crónicas laudatorias, llegaron a las costas inglesas y los britanos tuvieron la suerte de conocer la valentía de sus caballeros, los hechos de armas, las hazañas del rey y de su hijo Eduardo (motejado más tarde como El Príncipe Negro por el color de su armadura) y el arrojo de sus bravos condes. Pero, como decía antes, ese es el marco general que nos han vendido los escritores de entonces, los que solo glosan a los vencedores, pero lo que en verdad nos interesa ahora son esos trazos pequeños, esas pinceladas casi desapercibidas que se ven el gran cuadro. El periplo de aquellos soldados de a pie, de aquellos arqueros, en fin, de aquella chusma prescindible sin la cual no habrían sido posible esas grandes batallas ni esas brillantes campañas. Esto sería el dibujo interior que nos propone no el pintor sino el escritor Dan Jones en su primera novela histórica titulada: Los perros de Essex (Ático de los Libros, 2024) que inaugura una saga de aventuras continuada este año por Los lobos de invierno (Ático de los Libros, 2025).

