Además del valor y la temeridad, uno de los rasgos más famosos de los cosacos era su gusto por la bebida y por los desmanes que provocaban posteriormente estando borrachos. Era tal la afición que le tenían al vodka que, por su culpa, más de una vez estuvieron en peligro. Por ejemplo en 1663 los otomanos asaltaron por sorpresa uno de sus asentamientos fortificados después de una noche de fiesta pero los cosacos, a pesar de la resaca, se despertaron rápidamente y consiguieron expulsar a los asaltantes. Aunque otras veces no tuvieron tanto éxito ya que en 1775 el príncipe ruso Potemkin les sorprendido en mitad de una juerga y fueron derrotados de manera aplastante, dándose el caso que incluso atraparon a su atamán y éste fue llevado ante la zarina Catalina la Grande.
Pero la etiqueta internacional de borrachos no se les asigno hasta muchos años después, al terminar las guerras napoleónicas. La fama de su valor había cruzado el Canal de la Mancha y por eso fueron invitados en 1814 a una parada militar en Londres con el fin de celebrar la victoria sobre el temido Napoleón. Los cosacos no solían ser personas sedentarias y la estancia en la capital inglesa les resultaba de lo más aburrida por lo que mataban el tiempo haciendo lo que mejor sabían: acudir a los bares y mesones a embriagarse hasta caer redondos. La bebida corría a espuertas día y noche y las juergas y los gritos eran continuos. Esa actitud llamo mucho la atención de los viandantes que muy pronto acuñaron la expresión: beber como un cosaco, frase que desde ese momento corrió por todos los rincones de Europa.
