domingo, 11 de agosto de 2019

SI LO HACE EL REY LO HACEMOS NOSOTROS TAMBIÉN


Normalmente en las cortes reales, por lo menos en tiempos pretéritos, las costumbres y modas que establecía el rey solían ser seguidas por todos sus cortesanos. Unas veces con ganas de agradar al monarca y otras obligados bajo pena de quedar aislados del poder real. En tiempo de los Austrias, en España, pasaba de igual manera. Un ejemplo: hubo un tiempo en que el emperador Carlos V pasó una temporada en la ciudad de Barcelona pero por desgracia suya, nada más llegar allí, comenzó a sufrir unos fuertes dolores de cabeza. Pasaban los días y éstos no remitían por lo que se mandó llamar a los médicos para que aliviaran las penas del monarca. Después de estudiar esta dolencia y de hacerle un chequeo completo llegaron a la conclusión que la mejor manera de aliviar sus dolores era raparse la cabeza. Y aunque esto no sirvió de nada, los nobles y cortesanos que había a su alrededor decidieron también cortarse el pelo. Ya sea porque pensaron en que era una moda pasajera o porque de esta manera se solidarizaban con su rey lo cierto es que hubo un tiempo en que la ciudad de Barcelona se llenó de gente a quien le brillaba la calva y de peluqueros que se enriquecieron de la noche a la mañana.

sábado, 10 de agosto de 2019

EL TATUAJE DE SANGRE


Las Waffen-SS eran la fuerza de elite de las  Schutzstaffel (más conocidas como SS) dirigidas por Heinrich Himmler y Josef Dietrich. Era la fuerza de combate alemana más fanática de todas (ya solo su lema lo indicaba: «Mi honor es la lealtad») y entre sus peculiaridades destaca que el soldado nada más ingresar en este cuerpo se le tatuaba su grupo sanguíneo en la axila del brazo izquierdo. Esta práctica no solo indicaba un estatus frente a otros cuerpos militares sino que también se realizaba por una cuestión práctica ya que si uno de los soldados era herido en combate y necesitaba una transfusión rápidamente, con solo levantar el brazo, se podía saber a qué grupo pertenecía. Estos tatuajes estaban hechos o bien con caracteres de góticos o latino antiqua, pero aun así, a pesar de lo prácticos que fueran entrañaban un grave peligro para estos soldados si eran atrapados por el enemigo ya que éste en cuanto viera  dicho tatuaje en el cuerpo del prisionero fácilmente era identificado como soldado de las waffen-ss. Así pues cuando estaba finalizando la guerra y también durante la posguerra, por miedo a ser represaliados, muchos decidieron borrárselo. Pero no era tan sencillo porque un tatuaje no era fácil de quitar, por lo que unos decidieron eliminarlo o bien disparándose en la parte superior del brazo, los cuales pasaron a ser conocidos como “regulares”, o bien mediante una operación quirúrgica, aunque esta manera fue la menos usada ya que había que pagar al médico que la realizaba y parece ser que era bastante caro. Todo valía para quitarse de encima aquel tatuaje que en muchos casos les podía acarrear un castigo grave como por ejemplo la muerte.

viernes, 9 de agosto de 2019

BREVE HISTORIA DE LOS EJÉRCITOS: LA LEGIÓN ROMANA - Begoña Fernández Rojo



“Un soldado tiene la ventaja de poder mirar al enemigo a los ojos, Senador.” (Gladiator)

La sangre de Roma. La ira y el fuego de los hijos de Marte  eran sin duda sus legiones. La determinación en la mirada de sus soldados, el fulgor de sus corazas y la valentía de pertenecer a una perfecta máquina de guerra bien engrasada bastaban para que los enemigos retrocedieran ante el sonido de los clavos de sus caligae. Junto con sus grandes obras de ingeniera la legión romana era el musculo que la Urbs utilizaba para llegar la civilización desde el Tíber a cualquier rincón del mundo, por muy recóndito que éste fuera. Con respecto a la visión que el cine o la literatura nos han mostrado de las legiones romanas hay que reconocer que es de lo más variopinta. Desde la simple parodia al intento de enseñárnosla con todo lujo de detalles quien más quien menos nos hacemos una imagen de cómo eran, cómo desfilaban o cómo luchaban. Pero para saber más de ellas, su verdadera organización, composición guerrera o su importancia en la sociedad romana les aconsejó vivamente hacerse con el libro Breve Historia de los ejércitos: La legión romana, escrito por Begoña Fernández Rojo, y editado por Nowtilus (2019).

En un primer capítulo, la autora centra su mirada en la evolución del ejército romano desde los últimos años de la monarquía pasando por la república y el imperio. Es decir, nos encontramos primeramente con un “ejercito” formado por ciudadanos libres, cuasi uniformados, en la que la época de las luchas entre tribus se dirime durante el verano hasta la recogida de las cosechas en otoño en que cada bando se vuelve a sus hogares allende las colinas. Pero ese ejército semi profesional acaba siendo innovado en tiempos de la república de la mano de nuevos generales como Cayo Mario, Pompeyo, Julio César… además de la necesidad de tener más disponibilidad de soldados debido a que Roma ha crecido y ya llega más allá de Grecia y Oriente. El ser soldado, legionario para más seña, se convierte en una carrera, un empleo estable, al que acuden los ciudadanos de cualquier extracción. Esto permite un ejército más disciplinado y perfecto que ya sueña con domeñar el mundo entero. Esta máquina de guerra ira perfeccionándose al llegar el Imperio, aunque poco a poco, producido por los vaivenes políticos y la presión en las fronteras debido a la invasión de los pueblos “bárbaros”, hará que este ejército comienza a entrar en decadencia hasta la misma caída de Roma en el 476 d. C.

Pero antes de que esto ocurra la legión romana fue el orgullo de los hijos del Tíber. De nuevo la autora se zambulle, esta vez en el interior de ellas mismas acercándonos a su composición a partir de los rangos que ocupara el soldado ya sea desde un simple mílite, pasando por el de centurión, tribuno o legado, por poner un ejemplo; cómo eran éstos disciplinados para luchar hasta el punto de llegar a obtener una coordinación perfecta en pleno combate a través de  las distintas formaciones que se produjeran ya fuera frente al enemigo germano, parto, galo o huno, por poner otro  ejemplo. Incluso sorprende que uno de los elementos que cohesionaban a los legionarios, además de las banderas, estandartes o águilas enhiestas en sus altos mástiles, fuera la música que se producía en plena batalla o simplemente para moverse y desfilar.

Aun así las legiones no se establecían en campo abierto sin más sino que en cada parada éstas construían sus propios campamentos ya fueran temporales o permanentes. Aquí Begoña Fernández Rojo, nos coge de la mano y junto a ella atravesamos las puertas de uno de estos campamentos y, como si fuera un cicerone particular, nos adentra en un mundo de lo más fascinante. Vemos como en primer lugar se decidía donde construirlos, los materiales y estructura de estos campamentos, dependiendo de la finalidad que tuvieran, y la forma en que se levantaban. El interior de estos campamentos no estaba estructurado a la buena de Dios sino que el mismo esquema se repetía en todos ellos a lo largo del Imperio hecho que facilitaba sobremanera la organización del soldado en cuanto tenía que entrar en alguno de ellos. Además podremos ver los distintos espacios, desde el más noble en el centro en el que se alojaba el legado, hasta los barracones más humildes donde pernoctaban grupos de ocho legionarios. Veremos por donde entraban y salían las legiones, los lugares de reunión, administración y la rutina de entrenamiento que realizaban dentro de estos grandes centros. Vale la pena dejarse llevar por la autora porque este mundo cerrado nos va a sorprender. Aun así también aprenderemos que los legionarios no estaban todo el día entrenando o centrados en alguna batalla jugándose el cuero por su emperador, pues también había momentos para el ocio, ya fuera jugando a los dados en las tabernas o en algún antro fuera de los límites del campamento. Sabremos lo que les pagaban, la rutina diaria que llevaba, la relación epistolar que mantenían con sus familiares, y si alguno conseguía salvar su vida durante años el tipo de jubilación o premios que conseguían.

Otro de los puntos fuertes de este ensayo es la descripción pormenorizada de la equipación del soldado romano a través de las distintas épocas ya fuera en la República o en el Imperio. Interesante es la evolución de las espadas, más cortas al principio para apuñalar al rival tipo gladius hasta la enorme spatha tardorromana con la que dar tajos a diestro y siniestro a los enemigos. Veremos cómo eran las corazas, las diestras y afiladas pilum o el tipo de escudos que portaban. También aprenderemos el distinto tipo de armamento que llevaban los soldados ya fueran el cuerpo principal como los auxiliares extranjeros o el tipo de máquinas de guerra que utilizaban para doblegar las ciudades o barcos contrarios. El análisis que hace de cada parte es muy interesante y detallado desde el casco del legionario hasta las sandalias que le llevaban a conquistar cualquier parte del mundo conocido.

El mundo de la legión romana y sus campamentos es enorme y en ella la vida corría de forma vibrante como la de un hormiguero. Podría parecer que solo había sitio para todo lo relacionado con lo militar pero en un lugar en el que halo de la muerte impregnaba desde los muros hasta las espadas del más simple legionario el ámbito de la religión también era muy importante. En Breve Historia de la legión romana también hay sitio para conocer cuáles eran las deidades a las que confiaba la vida el soldado temeroso del más allá y de los lugares donde practicar el culto ya fuera a los dioses principales como a las deidades familiares. En el campamento había sitio para todas las deidades pues los legionarios eran de distintos lugares de procedencia aunque sobre todo había sitio para la veneración al propio emperador, el cual incluso, a veces era llevado en efigie a la batalla para que fuera testigo y ganador del combate. De resultas de esta información que nos ofrece la autora podremos ver el mundo funerario y las necrópolis y lo tipos de tumbas que alojaban el último descanso de los combatientes.

Las legiones romanas eran entidades vivas. Cada una de ellas numeradas, con sus símbolos propios de animales y seres mitológicos era el orgullo de cada legionario. Los campamentos no solo eran enclaves aislados sino que a raíz de ellos surgieron poblados aledaños y ciudades posteriormente como por ejemplo la ciudad española de León, nacida del asentamiento ocasionado por la Legio VII Gemina. Todavía en ellas, en sus murallas y grandes almenas, en su trazado y composición, podemos ver el esquema de cómo era el campamento. Gracias a este gran trabajo realizado por la escritora Begoña Fernández Rojo podremos ver cómo era la vida de aquellos campamentos y la vida militar e intima de los guerreros que vivían en ellos. Un ensayo riguroso, con una buena base documental, que nos hará ver un universo castrense de la antigüedad desde un punto de vida histórico y arqueológico muy certero a la vez que humano. 


jueves, 8 de agosto de 2019

IMPOSICIÓN DE LEYES POR INCOMPARECENCIA


La primera impresión que tenemos cuando se nos habla de Esparta y de sus ciudadanos - soldados es la de unas personas sometidas a unas duras condiciones de vida y comprometidas con el espíritu de sacrificio que imponían sus leyes. Y es verdad pues no erramos ni un centímetro si pensamos de esta manera. El inspirador de este tipo de vida fue  el legislador espartano Licurgo quien se empecinó en imponer este tipo de enseñanzas a su pueblo. Al principio hubo alguna reticencias por parte de un sector de la población por aceptar este estilo de vida tan sacrificado por lo que Licurgo propuso que estas nuevas leyes se pusieran a prueba durante cierto tiempo y que si pasado ese periodo no quedaban contentos tenían todo el derecho a abolirlas. Pero, eso sí, nunca antes de que él volviera de su periplo por otras tierras. Dicho esto se fue hasta el santuario de Delfos y allí hizo una pequeña “trampa” para que sus leyes siempre estuvieran presentes entre los espartanos. Nada más llegar  allí se encerró en uno de sus múltiples templos y se dejó morir de hambre y, por tanto, como nunca pudo volver a Esparta sus leyes nunca pudieron ser derogadas.

viernes, 2 de agosto de 2019

BREVE HISTORIA DE JUANA I DE CASTILLA - Javier Manso



“No lo despertéis, silencio… el rey se ha dormido”. (Locura de Amor, 1948)

Muchas veces los hilos de la Historia se entrelazan los de la tradición y la leyenda creando nuevos perfiles a los personajes históricos que sin el chismorreo hubieran quedado en un segundo plano sin halito de inmortalidad. Es el caso de la soberana Juna I de Catilla, hija de los afamados Reyes Católicos, a la que el vulgo y la historiografía han imputado numerosos casos de demencia, unas veces ciertas y otras no, llegando a motejarla como La Loca. Y así ha pasado a la Historia, ofreciéndonos en muchos casos una visión deformada que no se ajusta a la realidad. Sí que sufría algún trastorno psicológico, de eso no cabe duda, y está demostrado que padecía algún tipo de esquizofrenia o manía persecutoria aunque en descargo de ella también hay que pensar que muchos de los males que se le atribuyen corresponden a habladurías y equivocaciones provocadas por una visión y una etiqueta demasiado rígida de la época en la que las mujeres, sobre todo de la realeza, tenían poco margen de expansión en el que cualquier elemento que se saliera de ese encorsetamiento era tomado como simple extravagancia. Así pues, para poner las cosas en su sitio les invito a centrar su mirada en el trabajo de Javier Manso, Breve Historia de Juana I de Castilla en la que nos ofrece un repaso muy ameno por la vida, obras y circunstancias de aquella mujer que por un lado fue hija y nieta de reyes, madre igualmente de soberanos y emperadores pero también victima  de hombres que ambicionaban el poder.

El autor comienza su trabajo centrando nuestra mirada en la época que a Juana le tocó vivir, es decir un territorio dividido en esencia en dos coronas, la de Castilla y la de Aragón, con dos de los reyes más importantes de la Historia: los Reyes Católicos. Así pues a Juana le tocó en suerte tener unos padres poderosos que en los últimos años del quinientos estaban a punto de culminar la gesta de la Reconquista: la caída de Granada. Juana vino al mundo el 6 de Noviembre de 1479, en Toledo,  y desde el principio se dio cuenta de que había nacido en una familia un tanto diferente a la de los demás. De pequeña no solo se había acostumbrado a vivir en una corte itinerante, la mayoría de las veces en guerra, sino que debido a su condición de princesa real estaba destinada a ser una pieza más en el gran tablero estratégico en el que se había convertido Europa. Aun así, antes de que el futuro la engullera, Javier Manso nos enseña cómo fue su educación en la corte Trastámara, la relación con sus padres, su forma de ser y las relaciones que establecía con sus ayos y damas de honor. Pero el tiempo pasa y a los 16 años fue concertado su matrimonio con el archiduque Felipe, hijo del emperador Maximiliano I y heredero nada más ni nada menos que del Sacro Imperio, los Países Bajos y Borgoña. Todo un honor para quien a raíz del retrato que le hizo Juan de Flandes se decía que era “la más hermosa y fascinante dama que pueda imaginarse… una criatura tan gentil, como joven y bella…”.

Juana sabe que es un peón más para aislar a la todopoderosa Francia pero en verdad le da igual. Está enamorada. Tan hinchado está su corazón que incluso cuando su marido no viene a buscarla al puerto de Arnemuiden durante un mes, Juana no se indigna y le espera pacientemente. Pero lo que podía haber sido un matrimonio feliz de una pareja de recién casado (celebrado en Lierre el 21 de Agosto de 1496), en una corte flamenca repleta de lujos y refinamientos a diferencia de la castellana, muy pronto se enturbia en un mar de celos (por parte de ella) y por infidelidades (por parte de él) que hace que incluso algunos crean que el matrimonio real peligra. Aun así a pesar de las continuas riñas Juana esta tan enamorada y prendada de su bello Felipe (por algo lo motejaran de el Hermoso) que acaba continuamente perdonándole. Y es en este preciso momento cuando la historia toma un giro inesperado evitando que Juana viva para siempre su existencia en la refinada corte de Flandes. He aquí que la tragedia se ceba con los herederos de la corona española pareciendo en muchos casos que están bajo algún tipo de maldición. Por un lado muere el príncipe Juan en 1497 mientras que por otro, un año después su hermana Isabel, que estaba casado con el rey Manuel I de Portugal, y dos meses después Miguel, su retoño. Es por ello que de facto, por derecho y sin darse cuenta, de rebote, ya que no estaba en los planes reales, se convierte en la heredera de la corona. Y tiempo después, este hecho se confirma del todo cuando en 1504 tras la muerte de la reina Isabel, Juana se convierte en la nueva reina de Castilla, circunstancia que conlleva las reticencias de su padre Fernando quien no queriendo que su yerno se siente en el trono de Castilla comienza a insinuar y alegar que su hija no puede gobernar debido a que es una desequilibrada mental. Aun así, antes, Isabel la Católica siendo informada de los arranque psicológicos que su hija había tenido en Flandes ya había establecido que la regencia del reino la realizara su esposo Fernando. Así pues es en este momento cuando se establece una especie de juego de tronos entre el rey de Aragón y Felipe el Hermoso que convertirá a Juana en una especie de arma arrojadiza entre ambos bandos además de instrumento de intrigas. Un ejemplo de este tira y afloja es la infamante Concordia de Villafáfila (1506) en las que ambos, Felipe y Fernando, se repartían las riquezas de España si la reina no estuviera bien mentalmente. Juana por tanto estaba en las garras de dos hombres ávidos de poder.

Pero es precisamente en 1506 cuando se produce el luctuoso hecho que la llevará definitivamente a caer en una espiral de locura de la que ya nunca más volverá a salir. Tras un partido de pelota, su marido, Felipe, bebió un vaso de agua fría que le produjo unas fiebres que acabarían llevándole a la tumba. Aun así hay quienes creen que en verdad fue envenenado por su suegro con la intención de quitarse de en medio a un competidor. Ya sea un hecho fortuito y desgraciado u otra circunstancia más novelesca, lo cierto es que Juana cayó en una horripilante depresión que ahora sí la llevó a estar incapacitada para gobernar. A partir de aquí se producen hechos de lo más grotesco como es el famoso cortejo fúnebre que ésta llevó a cabo por tierras castellanas con la intención de transportar el cuerpo de su marido a Granada. Fernando, viendo el estado demencial en el que se encontraba su hija, y aduciendo enajenación mental, decidió acabar con esta situación y encerrarla en 1509 en el triste castillo de Tordesillas, junto con su hija Catalina (ésta se libró de vivir en aquel hogar demente en 1525 al casarse con Juan III de Portugal). Y allí pasaría sus días, siendo visitada muy pocas veces, como por ejemplo las que sostuvo con su hijo Carlos (futuro rey y emperador) y con los comuneros que la querían proclamar reina, hasta su muerte en 1555. En verdad sorprende lo longeva que fue Juana para su época pues en total vivió 76 años.

Javier Manso nos explica todos estos hechos, y muchos más, que harán las delicias de los lectores, y que les enseñará cómo fue la vida de aquella mujer excelsa que vivió desde el principio de sus días de forma plena y que por culpa de las ansias de poder de los hombres que había a su alrededor pasó de ser infanta real a una pobre mujer motejada de loca y cautiva en un triste destierro en Tordesillas.