jueves, 3 de octubre de 2019

DE OFICIO: APRETADOR


Uno de los géneros literarios  más fecundos del llamado Siglo de Oro fue sin duda el teatro. Las obras de grandes autores como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina… entre otros muchos hacían furor y es por eso que los días de estreno la gran mayoría de los teatros se llenaran continuamente, hasta la bandera. Ahora, cuando acudimos a uno de estos recintos, cualquier persona compra su entrada y procede a sentarse en la butaca que ha querido ya sea en un lugar u otro según haya dispuesto su bolsillo. Pero en aquellos años era un tanto diferente: el patio central, frente al escenario, era el lugar donde se sentaban los hombres y delante de ellos los llamados mosqueteros (hombres también, pero que veían la obra de pie y que por ello tenían el curioso derecho a  gritar a los actores, arrojarles cosas e incluso reventar la comedia si esta no era de su agrado). Los palcos, en los laterales, era el lugar ocupado por los ricos burgueses, los nobles y el clero, mientras que en la llamada cazuela, palco ubicado al final del patio, frente al escenario, eran las mujeres plebeyas quienes ocupaban su sitio. Y es aquí, en la cazuela, donde aparece uno de los oficios más llamativos del mundo teatral: el apretador o desahuecador. Éste trabajo era encargado a un hombre fuerte y de buen temple que se ocupaba de colocar de forma correcta a las mujeres que subían a este palco. Puede parecer sencillo pero hay que pensar que entonces la ropa de las mujeres era un tanto diferente a como es la de hoy en día. Para empezar tenía que distribuir y apretar bien a las mujeres rechonchas  para que no aplastaran a las delgadas además de organizar la colocación de las faldas ya que algunas portaban grandes guardainfantes que ocupaban mucho lugar. Con las manos y buen oficio las iba apretando hasta que cupieran todas aunque a alguna de ellas le faltase el resuello y hubiera que sacarla en mitad de la obra debido a un  desmayado. Llama la atención que este trabajo, actualmente, se parece un poco al que esos vigilantes del metro de Tokio que  introducen a la gente a empujones en los vagones del suburbano.