lunes, 23 de febrero de 2026

CRIADAS Y SEÑORAS - Kathryn Stockett

 

Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante.

Casi cien años después de la finalización de la Guerra de Secesión (1861 – 1865), a mediados de los años sesenta, en Estados Unidos, los roces entre la gente de raza blanca y la gente de raza negra todavía persistían (y aún hoy, por desgracia, todavía los sigue habiendo). Como decía, en aquellos años del siglo pasado, más de once millones de personas de color que vivían en los estados del Sur sufrían un tipo de apartheid llamado segregación racial que, bajo el lema de “separados pero iguales”, mantenía totalmente apartados tanto las esferas del mundo de los blancos como la de los negros. Todo estaba dividido: los colegios, los transportes públicos, los locales de ocio, los barrios, los estadios deportivos, las tiendas… y un sin fin de lugares por los que la gente blanca entraba por una puerta y los negros por otra, por las que hubiera un cartel que dijera “colored”. ¡Hasta los urinarios y fuentes de agua potable eran distintos! Y no es que este tipo de segregación racial fuera ilegal, es que estaba amparada en aquellos estados por unos escritos llamados Leyes de Jim Crown, vigentes entre 1876 y 1965, y que limitaban el movimiento de los negros para que no se mezclaran en el ámbito de los blancos. Estaban condensadas en un librito que podía estar en cada mesilla de cada blanco, como si fuera la Biblia, y hasta poder consultarse en las bibliotecas por si alguien tenía dudas acerca de su aplicación. Leyéndolas con detenimiento vemos que eran ridículas ad nauseam como por ejemplo la que decía que una mujer blanca no podía dar el pecho delante de un hombre negro (no fuera a ser que éste se excitara) o que un peluquero negro tocara el pelo de una blanca.

lunes, 16 de febrero de 2026

GO WEST YOUNG MAN - Tiburce Oger y VV.AA

 

“Dejó atrás todo lo que conocía para hacer realidad sus sueños” (Un horizonte muy lejano, 1992)

Dos fechas claves. La primera, alrededor de 1820, el país recién nacido tras una cruenta guerra de independencia, Estados Unidos, sigue recibiendo cientos de miles de migrantes y ya no son solo holandeses e ingleses, sino también irlandeses, alemanes, escandinavos, italianos, eslavos o judíos provenientes de Europa Central. Se calcula que entre 1820 y 1860 los Estados Unidos acogieron alrededor de cinco millones personas que deseaban huir de las miserias del Viejo Mundo. Aun así, es evidente, esta explosión demográfica era imposible de soportar para las otrora Trece Colonias originales por lo que las autoridades políticas del momento decidieron aliviar la presión que soportaban algunas ciudades como, por ejemplo, Nueva York. Así pues, esto se pudo lograr, por un lado, gracias a los avances técnicos con los que afrontar la dura orografía del terreno, como el nacimiento del servicio de cartografía; la construcción de líneas férreas; o las expediciones que buscaban sendas con las que hacer avanzar a los pioneros; y por otro, no nos podemos olvidar de la importancia de la misma prensa en la que se publicitaban mensajes a toda página que prometían a los parias del mundo que al otro lado de las Montañas Rocosas se encontraba la Tierra Prometida del Oeste en la que todo el mundo tenía derecho a un número limitado de acres de tierra y en la que al echar una semilla surgían casi de milagro todo un sin fin de alimentos. La promesa dorada de ¡Ve al Oeste, muchacho y progresa con el país! caló tan profundo que en muy poco tiempo cientos de personas, la gran mayoría de ellas en enormes carros conestoga tirados por seis u ocho caballos, se encaminaron con ilusión a recorrer distintas rutas, ya fueran la Senda de Oregón, la de California, el Viejo Camino Español o el de Santa Fe.

Y ahora corramos un poco en el tiempo. Más o menos 142 años, y situémonos en 1962 cuando se estrenó la súper producción La conquista del Oeste. Realizada por varios directores, con un reparto estelar de actores del momento y proyectada en las salas de cine con el método del Cinerama, los espectadores de todo el mundo, sobre todo norteamericanos, podían sumergirse en los avatares y en la épica de cómo su país se fue fraguó desde las arriesgadas aventuras de los pioneros y tramperos que comerciaban con los nativos, pasando por cruentas guerras, hasta observar los símbolos más eternos de su país como fue la construcción del tren transcontinental. En verdad todo un carrusel de hazañas que hacían vibran al espectador. Pues bien esta forma episódica de contar un tiempo y un lugar es el que ha elegido el historietista Tiburce Oger en su recopilación de historias titulada Go West Young man (Norma Editorial, 2023) junto con una serie de importantes dibujantes con la intención de  mostrar cómo fue aquella aventura de la conquista del Oeste. Una gesta llena de peligros, valentía, injusticias, odios cainitas y esperanza.

martes, 10 de febrero de 2026

LAS MINAS DEL REY SALOMÓN - Henry Rider Haggard

 

Llama la atención lo contradictoria que podía llegar a ser la sociedad victoriana. Por un lado, el universo que había creado la reina Victoria de Inglaterra (1837 – 1901) era en sumo pacato, restrictivo en cuanto a la moral sexual, a imagen y semejanza de la familia idílica que promocionaba la propia monarca junto a su marido Alberto, pero, eso sí, solo de puertas para adentro pues la hipocresía y el doble rasero se aplicaba en todos los campos de la vida. Un ejemplo de este doble juego, a parte de la concepción moral indicada, se puede observar en que aquella sociedad tan cerrada a los influjos externos estaba cautivada por los aires de exotismo que los marinos y comerciantes británicos traían de lugares lejanos como el enigmático Oriente o la misteriosa y peligrosa África. Éstos victorianos se dejaban engatusar por las porcelanas chinas, las estampas pictóricas japonesas e incluso por la misma arquitectura oriental, mientras que se emocionaban con las noticas que salían en la prensa hablando de las hazañas perpetradas por aventureros como Livingstone, Speke o Burton, lo que en este último caso animó a la vez a otros cientos de aventureros anónimos a salir de caza, rifle en mano, por las lejanas sabanas africanas, buscando no solo correr una odisea y abatir un león o un elefante sino también conseguir la libertad y la esquiva fortuna que tal vez no podían encontrar entre los negros humos de las chimeneas londinenses.

Así, es de imaginarse que el imaginario victoriano estuviera bien abonado para que arraigaran y crecieran en él las novelas de aventuras sobre todo para aquellos que no podían costearse un viaje allende los mares y que también deseaban evocar mil y una experiencias aunque únicamente fuera navegando y cazando entre las hojas de un libro, tras tomar una copita de jerez por la noche, tras llegar de una extenuante jornada en la City, mientras se dejaba arrullar por el crepitar de un leño en la chimenea. Autores como Verne, Salgari, o Conan Doyle se volvieron muy apreciados en esos momentos, pero por encima de ellos, el escritor de aventuras británico por excelencia era sin lugar a dudas Henry Rider Haggard (1856 – 1925) que, gracias a la saga protagonizada por el infalible y astuto Allan Quatermain, trajo a las frías costas británicas no solo el aroma  africano sino también el exotismo milenario de brujas, hechiceros y reinas vengativas de tiempos arcanos. La más famosa de sus novelas es la que principia dicha saga y se trata de la celebérrima: Las minas del rey Salomón, escrita en 1885 y que por muchos es considerada la novela de aventuras por excelencia.

lunes, 2 de febrero de 2026

LA BIBLIOTECARIA DE AUSCHWITZ - Antonio Iturbe

 

No importa cuántos colegios cierren los nazis, les contestaba. Cada vez que alguien se detenga en una esquina a contar algo y unos niños se siente a su alrededor a escuchar, allí se habrá fundado una escuela.

 Se dice que durante la Conferencia de Wannsee, en la que se ultimaron los detalles de la llamada Solución Final, el adjunto de Von Ribbentrop, Martin Luther, preguntó al general Reinhard Haydrich si existía un infierno para los judíos. El segundo de Himmler le miró a los ojos y sin vacilar un momento le respondió que ellos ya les habían creado uno. En verdad aquel fanático de las SS no faltó a la verdad, pues en el corazón de la conquistada Polonia, a unos 60 kilómetros de Cracovia, existía un lugar, en una localidad llamada Oswiecim (Auschwitz en alemán) en el que la Muerte trabajaba las 24 horas del día, sin descanso. El 20 de Mayo de 1940, Rudolf Höss, partiendo de unos antiguos barracones del ejército polaco comenzó a levantar el mayor campo de concentración de la historia, el Konzentrationslager Auswichtz-Birkenau, en donde perderían la vida alrededor de unos 1,3 millones de seres humanos, un 90% judíos, de los cuales 900.000 fueron asesinados inmediatamente debido a su debilidad, enfermedad o que no eran aptos para el trabajo, y otros por desnutrición, experimentación médica a cargo del doctor Mengele o gaseados y fusilados sin piedad, por puro capricho. Era en verdad un campo de exterminio peculiar, un coto de caza particular que estaba a las ordenes directas de Heinrich Himmler, y que fue conducido hasta 1943 por el SS Oberstumbannführer Höss y después, debido a la enormidad de las instalaciones y las atrocidades, por Arthur Liebehenchel y Richard Baer. Tan grande era que estaba compuesto por 3 complejos y una cincuentena de pequeñas instalaciones repartidas por toda la región. Si todavía no les ha mareado las cifras de muerte, permítanme que les desglose la composición del complejo: a) Auschwitz 1 (20/5/1940): Era el campo principal. Se calcula que allí murieron unas 700.000 personas. Eran esencialmente prisioneros de guerra, enemigos públicos políticos, soviéticos, y sobre todo judíos y, cuando la locura alcanzó cuotas de enormidad, cualquier persona de cualquier condición, sexo, religión y nacionalidad. B) Auschwitz-Birkenau (08/10/1941): era el campo de extinción inmediata. Fueron asesinadas un millón de personas, esencialmente judíos y gitanos. Y finalmente c) Auschwitz 3 (Monowitz): inaugurado el 31 de Mayo de 1942 era un campo de trabajo para fábricas de armamento y químicas.