lunes, 13 de abril de 2026

LA GUERRA DE LAS DOS ROSAS - Dan Jones

 

<<Ahora, el invierno de nuestro descontento se torna verano con este sol de York>> (Ricardo III, William Shakespeare)

En general uno de los hitos más importantes y renombrados de la Edad Media es, sin duda alguna, la conocida como La Guerra de las Dos Rosas (1455 – 1485) debido, sobre todo, al  sobre dimensionamiento que se le ha dado no solo desde el punto de vista historiográfico o literario –quién no recuerda aquel grito shakesperiano de “¡mi reino por un caballo!”- sino que también, hoy en día, en el celuloide podemos ver desde la regia y oscura figura de sir Lawrence Olivier en Ricardo III hasta las alusiones ficticias de George R.R. Martin trufadas de dragones y Caminante Blancos campando a sus anchas en su laberíntico Juego de Tronos. Y no es para menos pues es un momento -que casi roza lo mítico-  en el que un reino cambia de corona hasta en cinco veces; en el que aparecen reyes codiciosos y leales; guerreros enfrentados unos contra otros en continuas batallas de sangre y hierro; o donde hay nobles que chaquetean continuamente de bando. Pero aquí la dificultad estriba en que en esta guerra civil no todo es blanco o negro –o rojo, en este caso- ni los buenos son tan buenos, ni los malos tampoco lo son tanto, y en la que, con tanta danza de testas coronadas, el lector profano puede liarse. Pero, que no cunda el pánico, nos congratulamos de contar ahora con la obra de Dan Jones, titulada La Guerra de las Dos Rosas (Ático de los Libros, 2025) en la que el autor, especialista en este periodo, nos mostrará paso a paso la caída de una de las familias más míticas de la Historia, Los Plantagenet, y el nacimiento de otra igualmente poderosa: Los Tudor.

Tras leer este ensayo histórico constato que mientras hubo un fuerte poder regio, personificado en las figuras del rey Eduardo III, que tenía unida las rencillas nobiliarias, junto con sus hijos Juan de Gante y el excelente milite Eduardo de Woodstock (más conocido como el Príncipe Negro), y la bonanza bélica obtenida durante la Guerra de los Cien Años (1337 – 1453) era continua, la lucha entre las dos ramas familiares de los Plantagenet, los York, representados con el emblema de la Rosa Blanca, y los Lancaster, identificados con la Rosa Roja, todavía no se vislumbraba. Pero la repentina muerte de Eduardo y la llegada al trono del púber Ricardo II provocaron que la nobleza empezara a levantar cabeza en pro de sus ansias regias. Este Ricardo, hasta que fue derrocado en 1399, estuvo muy influenciado por la nobleza, tanto que se dejó quitar la corona por Enrique Bolingbroke, hijo de su propio protector Juan de Gante –patriarca de los Lancaster-  llegando a convertirse en Enrique IV y por lo tanto en el primer rey de la Casa Lancaster. A éste le seguirían el archiconocido Enrique V, vencedor en la batalla de Azincourt (1415), y posteriormente Enrique VI con quien comenzaría de verdad la Guerra de las Dos Rosas.

Con el termino de la contienda francesa y la pérdida de sus posesiones, se abren las compuertas de las discordias nobiliarias, a lo que se suma un periodo de crisis producida por episodios de hambruna, enfermedades y la pobreza, sobre todo de muchos soldados que volvían del frente y no tienen donde caerse muertos. Y como siempre se buscó un culpable todos los ojos se volvieron hacia el propio Enrique VI al que le ven demasiado influenciado por la reina Margarita de Anjou (francesa) y por los continuos problemas mentales que padecía. Ante esta tesitura otra rama noble, la Casa de York, decide tomar cartas en el asunto y comienza a colocar a sus mejores hombres cerca del rey, entre ellos Ricardo de York quien en 1453 se convierte en Protector del Reino, y a pesar de que nace un heredero, Eduardo, también obtiene el codiciado titulo de Regente apartando por tanto a Margarita y a su hijo del trono. Pero Enrique VI se vuelve a recuperar de sus problemas mentales y ahora él es quien aparta a Ricardo de York dejando de ser Regente. E voila, la guerra civil ahora ya sí está servida: espinas rojas afiladas contra los endurecidos pétalos albos.

Ahora es el tiempo de las batallas, el relucir de las espadas, el barro y la sangre, de las traiciones y las victorias, de las lágrimas y el dolor. Los choques se suceden de continuo con el triunfo alterno de uno u otro bando: San Albano (1455), Blore Heath (1459), Ludford Bridge (1459), Northampton y Wakefield (1460), segunda Batalla de San Albano (1461)… un verdadero rosario de choque de espadas que no terminan de dejar un ganador claro. Incluso llega un momento en el que Inglaterra existen dos reyes a la vez: Eduardo IV, quien tras la Batalla de Towton (1461) se alzara con el titulo de primer rey de la Casa York, y Enrique VI, quien a lo bobilis bobilis sigue también llevando corona. Una bicefalia difícil de solucionar. En este punto destaca uno de los consejeros del Eduardo IV, Ricardo Neville, conde de Warwick, primo de Ricardo de York, también llamado “el hacedor de reyes” el cual se convierte en consejero de Eduardo IV pero cuando éste  se casa con Elizabeth Woodville (1464), se siente desplazado y no duda en pasarse al enemigo, es decir a los Lancaster, y vuelve a entronizar a Enrique VI haciendo que la rosa roja vuelva a teñir los colores del reino.

En 1471 Eduardo IV, que previamente había tenido que huir junto a Ricardo de Gloucester (futuro Ricardo III) a Flandes, vuelve a su tierra y en un golpe de mano encierra, otra vez, a Enrique VI. Ese mismo año en otro choque –Batalla de Barnet- el bando de los York obtiene la victoria y Warwick es derrotado. El rey Eduardo ya había aprendido la lección y sin perder tiempo persiguió a las tropas de Lancaster hasta obligarles a plantar batalla en Tewkesbury en donde fueron masacrados. Tan cruenta fue la batalla que se la conoce como Bloody Meadow (Prado sangriento) por la gran cantidad de sangre y atrocidades que se consumaron allí. Pasado esto, y tras la muerte de Eduardo IV, Ricardo Gloucester se convierte en el Protector del futuro Eduardo V, pero éste obra en la sombra y consigue deslegitimizar el matrimonio de Eduardo IV y Elizabeth Woodville y de manera “misteriosa” hace desaparecer de los libros de Historia a los niños Eduardo y Ricardo con lo que se convierte de facto en el rey Ricardo III (1483), personaje con tantos ecos shakesperianos. Culminando este breve resumen, tras solo dos años de reinado, entra en liza un nuevo pretendiente: Enrique Tudor, quien en la Batalla de Bosworth (1485) –la de los reyes que piden caballos- derrota de Ricardo III y consigue coronarse como Enrique VII, el primero de su nombre, con el que concluye la sangrienta y retorcida Guerra de las Dos Rosas, fusionándolas de facto en un solo escudo. 

 

En verdad que este periodo, sobre todo para los novatos en el mundo medieval, puede parecer algo enrevesado, pero gracias al libro de Dan Jones he podido desbrozar la trama hasta llegar al brillo de las rosas principales. El autor intenta dar una imagen fidedigna y viva de la época, eliminando cualquier elemento distorsionador que haya llegado a nosotros desde la óptica y la publicidad de los Tudor a quien les interesaba mostrar de continuo el reino hundido tanto moral como económicamente a la vez que incidir en las crisis que provocaban unos reyes ineptos y avariciosos y que solamente ellos –Enrique VII y los Tudor, claro está- podían salvar. Es por ello por lo que Dan Jones le interesa también investigar los orígenes de esta familia, ir más allá de la muerte de Ricardo III, que es donde acaban muchos libros de Historia al hablar de la Guerra de las Dos Rosas; cómo fueron sus orígenes bastardos y cómo milagrosamente éstos les pudieron llevar al trono inglés, a la vez que entender su propia dinastía y cuál es la visión popular de los Tudor en la sociedad de aquellos tiempos. Llama la atención, por ejemplo, como a esta última rama nobiliaria, les interesó desde el principio alimentar el mito de las rosas medievales, es decir el rojo Lancaster y el blanco York, y cómo gracias a esta visión maniquea de la Historia influyeron incluso en la visión romántica que tuvieron posteriormente los escritores anglosajones como Shakespeare, Walter Scott, Hume o Daniel Defoe acerca de esta guerra civil tan cruenta.

Este ensayo histórico, La Guerra de las Dos Rosas, abarca un periodo crítico de la Historia de Inglaterra, la caída de los Plantagenet, desde Enrique V hasta Ricardo III, sin olvidarse de los antecedentes que llevaron a esta confrontación bélica, pero desbrozando el mito y acercándose a los historiadores actuales que ven más allá de lo presentado tradicionalmente y observan que fue una guerra civil muy compleja en todos los ámbitos, realizada en distintas etapas, que llegó a ser incluso imprevisible para los actores principales que la protagonizaron y en el que el peligro, el sadismo y la brutalidad maridaba perfectamente con los continuos cambios de corona. Nos encontramos por tanto con un trabajo emocionante y épico a la vez, en el que Dan Jones narra los hechos acaecidos de forma erudita y entretenida alejándose del ensayo pesado y polvoriento. Lo recomiendo.

Dan Jones, La Guerra de las Dos Rosas, traducción de Joan Eloi Roca. Barcelona, Ático de los Libros, 2025, 456 páginas.