El Infierno es, si es que existe, el último sitio a donde cualquier persona cuerda desee ir (a excepción de los satánicos, claro está) Aun así, a pesar de lo tenebrosa que pueda ser su existencia y de las terribles torturas que se practiquen en sus cóncavas moradas, hay que reconocer que es una de las entidades del Más Allá que más influido en el pensamiento de la humanidad ya sea en su vertiente artística, religiosa, o filosófica. Desde que el hombre, en sus orígenes, ha tenido idea de que quizá había un lugar oscuro destinado a los muertos, lo ha imaginado de distintas formas, lo ha llamado de diferentes maneras y ha creído -de momento nadie ha venido a contárnoslo- cómo éste está configurado. Es desde luego una historia de lo más fascinante pues la concepción y percepción de esta luctuosa morada es reflejo claro de cómo ha evolucionado el pensamiento y los temores de la Humanidad a lo largo de su Historia. Así pues, para mostrarnos como nuestros ancestros han pergeñado el Reino del Señor de las Moscas, les invito a leer el ensayo de Georges Minois: Historia del Infierno (Siruela, 2026).
La creencia acerca del infierno (del latín infernum o infernus, que viene a significar “subterráneo” o “lugar inferior”) existía muchos miles de años antes del nacimiento de Jesucristo y de que los posteriores próceres cristianos fueran aterrorizando a las masas en las iglesias asegurándoles que si no cumplían con el plan de Dios iban a ir derechitos a la sima del dolor y que allí purgarían sus penas, entre dolores y rechinar los dientes, durante toda la eternidad. El autor de este trabajo, Georges Minois, nos habla de cómo la posible existencia infernal ya era conocida por las llamadas civilizaciones orales, pero que ésta era un tanto distinta con respecto a lo que siempre hemos imaginado acerca de estancias compartimentadas y temáticas rodeadas de oscuridad y llamas sin fin. En ese momento de la Humanidad ya se creía –o tenia la necesidad de creer en ello- que tras la muerte los difuntos proseguirían sus vidas pero en un lugar triste y único, y que no existía una distinción moral con respecto a las infracciones anteriormente cometidas. Es decir todos estaban juntos en un lugar donde no había castigo ni retribución. Pululaban de un lado a otro como meros fantasmas en un universo gris, y donde muchas veces debían ir acompañados de chamanes o guías para introducirlos en el Más Allá.
Pero esta concepción del Infierno cambió cuando otras civilizaciones, pasados ya los siglos, fueron evolucionando a reinos más modernos en donde el hombres comenzaba ya a regirse por leyes más restrictivas. En dichas civilizaciones como las orientales (Mesopotamia, Egipto, Persia, la India), o en Grecia y Roma, ya se empezaba a observar que el reflejo del comportamiento de los hombres durante su vida terrenal tenía su paralelo al estar muerto. Los castigos, por tanto, son individualizados pues las faltas que se cometen contra el orden social tienen su paralelo en el orden divino. Es decir, existe un correlato entre el delito cometido con el suplicio que el difunto va a sufrir en las estancias infernales. Ya aquí se observan como el Infierno no es un lugar indeterminado sino que -dependiendo de la religión y la geografía en cuestión- parecen en muchos casos auténticos parques temáticos, guiados con mapa, flanqueados por los dioses de la Muerte, y por los que circulan los muertos ya sea para recibir el castigo eterno o bien la purificación del alma para llegar al Paraíso o para reencarnarse en otro ser posteriormente. Estos Infiernos son descritos de forma gráfica y muy imaginativa, a la vez que poética y humana, y en todos ellos, sobre todo el grecorromano, están codificados por fuertes preceptos legislativos.
Con la llegada del cristianismo, el concepto de Infierno cambió por completo, a pesar de estar influenciado por las descripciones que griegos y romanos hacían de aquel lugar. Tomando, también, elementos de ellos y de nociones previas de la Biblia, el infierno cristiano se nutrió sobre todo de la literatura apocalíptica en donde el fuego y las torturas eran el pan de cada día. A nivel popular el Infierno se convirtió en una zona de dolor eterno donde los demonios martirizaban al difunto día y noche sin descanso y, dependiendo del delito cometido en su vida anterior, se le aplicaba la tortura en cuestión. La moral y la infracción legal era lo que determinaría las penas que iba a sufrir durante toda la eternidad además de sufrir el mayor dolor de todos: la imposibilidad de ver la faz de Dios y el perdón por sus pecados. Los Padres de la Iglesia, teólogos, doctores en el tema y humildes monjes fueron perfilando la geografía y las penas que había en el infierno, sobre todo con la intención de insuflar el miedo en los feligreses y de estar manera que no se apartaran de la Santa Madre Iglesia. En muchos casos estas demostraciones de realidades infernales rayaban en el puro sadismo. Pero con el paso del tiempo este miedo iba a cambiar de bando pues a partir del siglo XVIII, con la llegada de las ideas ilustradas, los intelectuales del momento empezaron a cuestionar si todo esto de los lagos ardientes no eran meras fabulas para acobardar a los feligreses con lo que el terror hacia el Infierno empezó a disminuir. Las personas que ya asistían al fin del Antiguo Régimen comenzaban a ser menos crédulas. Y aunque durante el siglo XIX subió el nivel de predicas con respecto al Infierno debido a las turbulencias sociales y políticas del momento, el asunto del Infierno ya estaba de capa caída e incluso es la propia Iglesia quien comenzó a edulcorar el este mensaje para retener a su grey.
Que exista o no exista el Infierno o que simplemente sea una simple metáfora o una idea trasnochada como se afirmaba ya en el siglo XX, realmente no lo sabemos pues como decía anteriormente en otro parrado nadie ha venido a decírnoslo, pero lo que sí es cierto es que el tema de cómo es el Más Allá y en concreto el Infierno, sigue estando de actualidad. Este trabajo de Georges Minois es una buena forma de conocer cómo la idea del Infierno ha ido evolucionando a través de la Historia, sus características y composiciones y como ha influido en el devenir de la Humanidad. No nos encontramos con un libro dogmático sino con una historia transversal que toca a todos los seres humanos, de la clase social que sean, y que más de una vez nos ha hecho pensar a todos: ¿cómo lo imaginaron nuestros antepasados? Este ensayo, en verdad, da buena cuenta de ello, explicándonos su fascinante historia de forma erudita a la vez que didáctica.
Georges Minois, Historia del Infierno, traducción de Susana Prieto Mori. Madrid, Siruela, 2026, 168 páginas.
