miércoles, 1 de abril de 2026

CINCO HORAS CON MARIO - Miguel Delibes

 

<<Ahora os ha dado la monomanía de la cultura y andáis revolviendo cielo y tierra para que los pobres estudien, otra equivocación, que a los pobres les sacas de su centro y no te sirven ni para finos ni para bastos, les echáis a perder, convéncete, en seguida quieren ser señores y eso no puede ser, cada uno debe arreglárselas dentro de su clase como se hizo siempre.>>

No hace mucho escuché en un podcast a un filosofo español que al ser preguntado acerca de cuantas películas se podían ver a lo largo de una vida, éste venía a decirnos que cuando somos jóvenes y algo talluditos vemos cientos de éllas pero que cuando nos vamos acercando a una edad más provecta vamos aminorando y ya sea por nostalgia o porque nos volvemos más exquisitos, al final lo reducimos todo a un listado pequeño y exclusivo quedándonos con las que creemos que son las mejores. Pues, por lo menos a mí,  eso mismo me pasa con los libros de ficción –y, por descontado, también con el cine- que cada vez voy leyendo menos novelas actuales al considerarlas, muchas de ellas, como fotocopiadas unas de otras optando al final por los clásicos o por lecturas que me maravillaron en mi juventud. Así pues, con esta premisa me di cuenta que llevaba un tiempo sin volver a visitar la obra de Miguel Delibes (1920 – 2010) y viendo que eso no era bueno decidí enmendar el error y releer alguna de sus obras que me hubieran marcado entonces. Y, a pesar de que había leído unas cuantas suyas, todas de alta calidad, al final me decanté por Cinco horas con Mario (1966) por ser la que más me impacto en su momento.

El motivo de aquel impacto emocional no fue lo que contaba o como estaba construida, que también, sino por uno de los elementos que considero más importantes en cualquier buena novela que se precie como tal: la hondura de los personajes. Siempre he considerado que una obra de ficción es brillante, ya sea clásica o no, cuando los personajes, sobre todo los principales, te remueven las tripas y la conciencia, bien de forma empática o bien de puro asco. Y esto es lo que me pasó –y me ha vuelto a pasar- con la figura de Carmen, la esposa del susodicho Mario, a la que considero como la hipocresía personificada, alguien, por lo menos para mí, tan aborrecible como fue Doña Perfecta en la novela homónima de Benito Pérez Galdós o Dolores Umbridge en la saga de Harry Potter escrita por J.K. Rowling. Esta novela de Miguel Delibes, nos lleva a una ciudad española (se desconoce su ubicación aunque por algunos elementos que se desprenden de su lectura y por otros libros del mismo autor debe ubicarse en Castilla León) alrededor de los años 60 en la que uno de sus vecinos, Mario, profesor y catedrático de profesión, ha muerto repentinamente, de madrugada, de un paro cardiaco fulminante. Al principio de la obra asistimos al final del velorio y como cuando por fin este termina su viuda, Carmen, decide pasar la madrugada con su difunto marido hasta que se lo lleven por la mañana a la iglesia y posteriormente al campo santo. Y es en esa madrugada donde se va a producir uno de los monólogos más importantes de la literatura española, en donde Carmen  se va a despachar a gusto diciéndole a Mario todas las cosas que no le ha podido decir durante treinta años de matrimonio, provocando con ello que no solo veamos las entretelas y rincones más oscuros de esa familia sino también, derivado de sus palabras, un pequeño ejemplo de cómo era aquella España y aquella sociedad que se había embarcado en el Desarrollismo y en el que ya se podían ver pequeñas grietas de aperturismo.

Cinco horas con Mario es, a mi modo de ver, una novela de tesis, de ideas y opiniones un tanto retorcidas, pues a través de un largo, maniático y machacón –a la vez que soberbio- monologo surgen los temas clave para, como ya he mencionado anteriormente, sondear no solo las honduras de la familia Díez Sotillo sino también para mirar cómo era aquella España. Para saber cuál es el punto de rotura en la relación entre Mario y Carmen, en primer lugar hemos de aclara que ideológicamente, ambos, son como el agua y el aceite, como la luz y la oscuridad, como los Lannister y los Stark. Muy distintos. Carmen, por un lado, es ultra conservadora, defensora de la Monarquía y el orden establecido por Franco, todo ello debido a la educación de clase media alta que le fue dada por su familia pues su padre era defensor del rey y personaje importante en el diario ABC, mientras que su madre era una gran señora, también conservadora y con grandes convicciones de clase alta. En cambio Mario, según se observa en la novela, era aperturista, librepensador y, creo yo, ferviente democristiano que veía con agrado los nuevos vientos que empezaban a soplar en el país. Así pues el choque de pensamientos entre ambos estaba servido y por eso los sordos rencores que Carmen había ido acumulando a lo largo de tantos años se desbordaban como un oscuro torrente cuando tiene a Mario delante, difunto en su ataúd, y sin posibilidad de que éste pueda defenderse. Se entiende que Carmen tiene una Biblia a mano pues cada capítulo comienza con una cita del libro santo que sirve como disparadero para que ésta comience a desbravar contra su finado conyuge.

La obra de Miguel Delibes está trufada de simbolismos que muestran claramente la lucha ideológica de clases,  las de las dos Españas. Algunos de los temas que saca Carmen pueden parecer baladís o naifs en algún momento mientras que otros pueden ser de mayor enjundia, pero ya sean uno u otro son esenciales para comprender la novela. Como indique anteriormente, Carmen es de clase conservadora y por eso da mucha importancia a las apariencias y al qué dirán, ya sean los rituales en el velatorio y posterior entierro, como en el vestir, en el pensar o en cómo comportarse ante las autoridades. Ordenas y obedecer, no hay otra. Todo tiene que ser calculado y medido, atendiendo a las tradiciones no vaya a ser que uno saque los pies del tiesto, diga alguna inconveniencia y no le inviten a los saraos de alto copete. Carmen da más importancia a lo material y superficial que a lo espiritual, al revés que Mario. Según ella siempre se ha de ir a favor de corriente y tener lo que tiene todo el mundo, como el  mono maniático reproche que le hace a su marido diciéndole que le negó la compra de un Seiscientos. Símbolo clave que ya nos habla de la época del Desarrollismo y, como aduce ella de forma machacona ya lo tienen hasta las criadas. El coche en sí es un grado de prosperidad, de estatus y el no tenerlo la condena a ser una cualquiera, una paleta, una cualquiera, alguien por debajo de su nivel (el que ella cree merecer).

De esto se observa que Carmen le da una importancia desmedida a las clases sociales. Los de arriba con los de arriba y los de abajo con los de abajo. Las capas sociales por tanto han de ser impermeables. Incluso además de clasista, hay momentos en que sus comentarios/reproches llegan hasta el puro racismo. Se observa por tanto un claro choque de las llamadas dos Españas, conservadurismo contra naciente progresismo. Y claro, si nadie puede salirse de su clase ni de lo que la vida le ha otorgado ( a no ser que tengas mucho dinero), por tanto las mujeres han de ser femeninas, en casa con la pata quebrá y nada de estudiar porque esto último es, siempre desde el punto de vista de Carmen, de marimachos y listillas, mientras que los hombres han de ser proveedores de su hogar, trabajar en la oficina hasta deslomarse y ser recibidos por sus mujeres con las zapatillas de felpa y un gin tonic como recompensa. Obviamente todo lo contrario que Mario, que no hace más que preocuparse de los pobres y de los afligidos, y considera que lo que hacía su marido, ser escritor, no es un trabajo sino un pasatiempo. Es decir, un haragán. Los hombres han de ser machos, de pelo en pecho, con olor a tabaco rubio, sin un atisbo de debilidad, mientras que las mujeres han de ser débiles féminas alejadas de cualquier trabajo que las pueda estigmatizar. Desde luego es una visión ultramontana, pero una visión que Carmen había recibido en su juventud por parte de sus padres.  

Como pone en la Biblia "Por sus obras los conoceréis" (Mateo 7:15-20) y es que en los monólogos de Carmen aparecen gran copia de personajes representativos de la España de los 60. Por un lado tenemos a los arribistas y los que se han enriquecido en la postguerra, quienes curiosamente son del gusto de la protagonista (uno de ellos por ejemplo tiene un cochazo Tiburón que la vuelve loquita). El poderoso caballero, por tanto, a sus ojos, borraría cualquier distinción. Por otro tenemos a los que se quedan al socaire y no les importa vivir bajo el paraguas del Régimen; y finalmente tenemos el tercer grupo, el que más odia Carmen que son el conjunto de amigos y colaboradores de Mario, aquellos que son de izquierdas y quieren hacer una buena labor social. Éstos trabajan en su mayoría en el periódico El Correo, regentado por don Nicolás el cual había estado a punto de ser fusilado en las postrimerías de la guerra por ser comunista. Carmen se siente a gusto con los de su clase, con los de derechas, con los triunfadores del Régimen y aborrece cualquier idea que tenga algún tufillo. La sombra de la Guerra Civil es larga y oscura todavía en aquel micro mundo de aquella pequeña localidad y aunque muchos han perdido a sus seres queridos en la contienda, llama la atención que para la protagonista esa triste confrontación civil haya sido como una romería, una fiesta donde los soldados nacionales desfilaban con uniformes nuevos, las chicas eran guapas, y que incluso se lo pasaba bien hasta en los bombardeos sobre la ciudad. En resumidas cuentas, para Carmen es como si no hubiera habido desgracias y si alguien las nombra son puros inventos de los rojos y de los barbudos que quieren desacreditar el orden establecido.

A mi modo de ver, lo que subyace por debajo de los machacones monólogos de Carmen es el miedo. Miedo a los nuevos cambios que ella los identifica con la distorsión y la pérdida de las costumbres ancestrales. No se le ocurre la premisa lampedusiana de supervivencia y ve cualquier avance de la sociedad como un ataque a su estatus. Le gustaría quedarse en un idílico pasado, donde los pobres besaran las manos de sus amos cuando les dan un óbolo, cuando sabían quedarse donde estaban y se olvidaban de escalar la cucaña social, como Dios manda, y cuando estaba bien visto los roperos de las niñas bien que entre canapé y canapé recaudaban dinero para la beneficencia, para luego irse con la conciencia tranquila a casa. Carmen le tiene pavor incluso a los cambios que está suscitando el Concilio Vaticano II, pues en su ignorancia cree que si no hubiera pobres ¡¿cómo ellas podrían ejercer la caridad?! El mundo al revés. Cinco horas con Mario es una novela de reproches larvados durante décadas, un desquite de la protagonista contra su marido, el cual representa lo que más odia, lo que más le aterra: el futuro inexorable que algún día llegará.

Miguel Delibes, Cinco horas con Mario. Barcelona, Destino, 2020, 264 páginas.