jueves, 18 de abril de 2019

FRANCISCO DE BORJA: DE CABALLERO A JESUITA


Tras un parto malogrado la reina Isabel de Portugal, esposa del emperador Carlos V, murió el 1 de Mayo de 1539 con tan solo 36 años de edad. Esta muerte causó una gran pena a su esposo quien organizó una comitiva fúnebre que iría desde Toledo hasta el sepulcro de Granada donde descansan los restos de sus abuelos los Reyes Católicos. Para tan penosa misión el emperador designó a Francisco de Borja (1510 – 1572) como responsable de escoltar el cuerpo y de identificarlo al llegar a su destino final. En Granada la comitiva procedió a abrir el féretro, pero un fuerte hedor a podredumbre hizo retroceder a los caballeros que había a su alrededor (cosa normal después de haber andando con el cuerpo de la difunta por media España y a pleno sol). El arzobispo de la ciudad, con un pañuelo en la nariz, hizo jurar a los caballeros presentes que en verdad aquella era la emperatriz Isabel, cosa que hicieron, pero hubo que se quedó callado: don Francisco de Borja. El arzobispo se sorprendió de la actitud del marqués y le instó a que jurara poniendo su mano sobre el puño de su espada. A pesar de esto, Francisco, tras ver el cuerpo abotargado y corrupto de su querida emperatriz, digo con gran solemnidad que desde ese mismo momento hacía voto de no volver a servir a ningún señor que se pudiera morir. Tiempo después, tras el fallecimiento de su esposa, Francisco de Borja renunció a su título y a sus heredades e ingreso en la Compañía de Jesús.

sábado, 13 de abril de 2019

¿QUIÉNES ERAN LOS GROOM OF THE STOOL?


Uno de los oficios más peculiares, a la par que asqueroso,  de la Historia, fue el Groom of the Stool más conocido como los limpiaculos de la realeza. Este trabajo, el de tener aseado el trasero real, era practicado por funcionarios de la corte que debían estar listos en cualquier momento a la espera de que el rey los llamara. Incluso a veces tenían que portar wáteres portátiles por si las ganas se producían fuera de palacio. Llama la atención que aunque este trabajo pueda parecer denigrante, en verdad había disputas entre las familias nobles para ver quien ocupaba este cargo tan especial pues la intimidad que se producía al defecar conducía muchas veces a que los reyes les hicieran confidencias a sus limpiaculos y que incluso se hicieran amigos íntimos, como por ejemplo le sucedió a Enrique VIII de Inglaterra con su groom of the stool particular.
Pero no solo los reyes de Europa tenían limpiaculos especializados. El Vaticano también disponía de ellos, pero allí eran llamados Caballeros del baño. Un titulo bastante fino, como se puede ver. Hacían el mismo oficio que los anteriores y de manera igualmente eficaz, aunque hubo un papa que quiso prescindir de ellos y convertirse en el primer pontífice en ir al servicio él solito. Se trataba de Anastasio II y quiso prescindir de ellos porque por un lado los veía innecesarios y por otro le ponían nervioso al vaciar las tripas.

lunes, 8 de abril de 2019

LA SUERTE DE VENUS - Steven Saylor



“Y cuando buscaba la suerte de Venus en las tabas, siempre me salían los Perros funestos”.
(Propercio, Elegías IV, VIII, 45-46)

Egipto siempre estuvo en la agenda de Roma. Cada vez que ampliaba su imperio por el Mediterráneo, a cada paso que daba, nunca se olvidaba de la tierra de los faraones. Los hijos de la loba esperaron pacientemente la oportunidad de meter mano a las grandes plantaciones del Nilo y obtuvieron su premio aprovechando las profundas disputas que existían  en el linaje de los Lagidas. Tras la muerte del rey Soter de Egipto, el trono fue ocupado por Alejandro II (Ptolomeo XI) el cual, supuestamente, legó derechos de tutelaje a Roma. Pasado el tiempo, y tras un reinado típico en esos pagos (es decir convulso y sangriento) Ptolomeo XII, alias Auletes (debido a que en sus juergas gustaba de tocar la flauta) se convirtió en el nuevo monarca. Desde entonces el senado romano no cejó de airear el testamento de Alejandro II en el que legaba Egipto a Roma. En el 59 a. C, Julio César, cónsul en esos momentos, anunció que aceptaba al rey Ptolomeo Auletes como “Amigo y Aliado del Pueblo Romano” dejando inmortalizado este hecho en una placa de mármol en un templo del Capitolio… a cambio, claro está, de pagar un suculento chantaje de treinta y cinco millones de denarios. Ptolomeo, para recuperar el desembolso que había hecho exprimió a su pueblo hasta que éstos no pudieron aguantar más provocando una gran revuelta que obligó por un lado a que éste tuviera que huir mientras que a la vez Roma se apoderaba de Chipre. Los dientes de la loba estaban cada vez más cerca de la desembocadura del Nilo. Egipto estaba en un total descontrol y por ello, una delegación de eminentes alejandrinos, encabezados por Dion de Alejandría, decidió acudir al senado de Roma para denunciar el descontrol del país. Éste es el preámbulo con el que comienza la cuarta aventura (según la serie original) de las aventuras de Gordiano el Sabueso: La suerte de Venus, escrita por el novelista Steven Saylor.

Gordiano ya ha vivido anteriormente emocionantes aventuras y ha sido testigo presencial de grandes hitos de la historia romana, desde la revuelta de esclavos de Espartaco hasta la sublevación de Catilina en el consulado de Cicerón, pero en esta nueva entrega nuestro detective se adentra en un mundo para el que no está preparado desde el principio. Con la excusa de la llegada a Roma de su antiguo mentor, el Sabueso, ya afincado en el prestigioso barrio del Palatino, con más años y más hijos a cuestas, se da cuenta que aquel lugar de lujo y opulencia  en el que se ha afincado es verdaderamente una trampa mortal en el que las personas con menos escrúpulos morales consiguen sobrevivir. Un hecho trágico ocurrido con motivo de la llegada de la delegación alejandrina le introduce en el universo de una nueva generación de decadentes romanos presididos por los hermanos Clodio y Clodia, el enigmático Cátulo o los desaprensivos Marco Celio o Milón, entre otros, en el que la miseria y el ocaso reinan por doquier. Veneno, cuchillos y homicidios son el pan nuestro de cada día en el Palatino y es en este lugar donde Gordiano ha de poner sus cincos sentidos en alerta máxima si quiere sobrevivir.

En esta entrega aparecen también dos elementos que van a descolocar un poco a nuestro protagonista. Por un lado el poder femenino y la sororidad existente entre todas las mujeres que desfilan por este caso (hay un momento en el que el mismo Gordiano piensa, de forma irónica, que existen túneles secretos por debajo de Roma por el que circulan  e intrigan todas las mujeres de la ciudad) mientras que por otro lado la religión romana y las religiones traídas allende los mares, sobre todo la relacionada con la adoración a la diosa Cibeles, aportan pistas y enigmas con las que ha de tratar Gordiano a lo largo de la investigación si quiere tener éxito. La suerte de Venus es una novela histórica de misterio que por su calidad y emoción mantiene enganchado al lector a la espera de que a cada revuelta y sorpresa podamos hallar al homicida en cuestión. Historia de Roma, por no decir de una República decadente, junto con dosis de misterio, acción y una chispa de vida cotidiana hacen de esta nueva entrega de las aventuras de Gordiano, el Sabueso, una de las mejores de la saga sin duda alguna.

jueves, 4 de abril de 2019

LITERATURA UNIVERSAL EN 100 PREGUNTAS - Felipe Díaz Pardo



“Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada”.
(Fahrenheit 451, Ray Bradbury)

Marcus Brody, el amigo intimo de la familia Jones en la película Indiana Jones y la última cruzada, tras utilizar una estilográfica contra un nazi, exclama sonriente a todo el que quiera oírle: “La pluma es más poderosa que la espada”. Y esta en lo cierto, a lo largo de la historia la lengua, plasmada en cientos de miles de obras literarias, ha influido más que las armas y que las imposiciones dictatoriales. He aquí su poder, no solo para  llevarnos a mundos y universos infinitos de sabiduría y placer sino también para insuflar un alma pura en las conciencias de todo aquel que decida abrir las tapas de un libro. Este es el miedo que sentían los bomberos de Fahrenheit 451 cuando decían aquello de  que: "Un libro en manos de un vecino es como un arma cargada”. Pero en verdad, a los libros y a las obras literarias no hay que temerlas, al revés, hay que reverenciarlas, adorar esos monumentos del saber humano y a la vez enriquecernos con ellas comprendiendo cómo han evolucionado hasta el día de hoy desde la antigüedad hasta nuestros días. Para ello les recomiendo el ejemplar que tengo ahora entre mis manos titulado Literatura Universal en 100 preguntas, escrito por Felipe Díaz Pardo (Nowtilus, 2019).

Dar a conocer toda esta historia es un trabajo ingente e imposible de resumir en un solo libro. Para ello se necesitarían cientos de volúmenes solamente para que viéramos un mínimo resplandor de la maravilla que es la letra escrita. Es por ello que el autor ha decidido ofrecernos un primer vistazo mediante preguntas claves y curiosas englobadas en distintas secciones como son los géneros literarios, los estilos literarios, cómo inflamaron las conciencias de la sociedad en que fueron escritas o por ejemplo los distintos tipos de historias y argumentos que circulan entre las obras universales. El objetivo de nuestro autor es dar a conocernos la literatura y como ésta se ha plasmado a través de los distintos puntos del planeta y en las distintas etapas de la historia. Esto lleva directamente al lector a asombrarse y a sentirse atraído por este tesoro que son las letras universales. Y es que en cierto modo Literatura universal en 100 preguntas está orientado, según mi modo de ver tras una primera lectura (alguna que otra caerán posteriormente) hacia, o bien estudiantes jóvenes que se quieran aventurar por los caminos de las letras y disfrutar con la intención de no ahogarse en un mar de tediosos volúmenes, o bien hacia lectores que ya estén avezados en este campo y que deseen redescubrir grandes clásicos de manera novedosa.

Es decir que el punto en este libro es enganchar o reenganchar de nuevo al fascinante mundo de la literatura universal. Gracias a la amenidad y tono divulgativo de este volumen el autor consigue que disfrutemos con algo que los iletrados tildan de tedioso. Además, gracias a las 100 preguntas que nos propone Felipe Díaz Pardo, la persona que abra estas páginas va a tener la imperiosa necesidad de investigar algunos de los asuntos claves que aparecen, con lo que podrá completar la curiosidad que le ha abierto alguna pregunta en concreto. He de reconocer que esta lectura ha sido de lo más provechosa pues no solo ha despejado ciertas dudas que tenía con tal o cual movimiento literario, o algún autor en concreto sino que me ha hecho pasar un buen rato con un gran número de curiosidades en las que no había caído. Esta obra es un gran canto a la historia universal desde sus orígenes hasta la actualidad, además de hacer un enorme homenaje al mundo femenino y a las obras que han creado, desde Safo hasta el mismo momento de hoy. Literatura universal en 100 preguntas es uno de esos volúmenes  que se convierten en libros de cabecera, de referencia obligatoria me atrevería a decir, que hará las delicias de aquellos que están (estamos) enamorados de las efímeras letras que navegan en el proceloso mar de Literatura con mayúsculas. Una buena obra con la que se disfruta y aprende a partes iguales. Se lo aseguro.

martes, 2 de abril de 2019

ARO, EL GUERRO LOBO - Augusto Rodríguez de la Rúa


“… el más avanzado de entre los pueblos vecinos a estos (los celtíberos), es el conjunto de los llamados vacceos…” (Diodoro Sículo)

Cuenta la leyenda, o Estrabón (que es lo mismo), que una vez un viajero griego desembarcó en Emporión y en cuanto pudo conseguir un burro que le llevara al interior de la Península, le preguntó al arriero que le había vendido el animal qué camino debía seguir. Éste le dijo a sotto voce que tuviera cuidado con el pueblo de al lado pues todos eran unos ladrones. Nuestro aventuro fue al siguiente pueblo y cuando volvió a preguntar por el siguiente le dijeron, nuevamente, que anduviera con pies de plomo pues sus moradores eran todos unos violadores de mucho cuidado… y así fue de lugar en lugar oyendo siempre que los pueblos siguientes eran malvados. Puede parecer una anécdota chusca pero curiosamente  es la idea que ha quedado en el imaginario público desde tiempos remotos: que los españoles somos unos individualistas que no soportamos a nuestros vecinos; que somos incapaces de unirnos para conseguir un fin común; y que si alguna vez lo hacemos es para acabar a palos entre nosotros. Es decir un pueblo cainita donde los haya.

Pero aunque la mayoría de las veces ha sido así, este hecho no voy a negarlo, a lo largo de la historia ha habido hitos que han tirado por tierra esta afirmación general. Uno de esos momentos excepcionales hay que buscarlo en los mismos tiempos en los que he basado mi anterior anécdota. Iberia, tiempo de conflictos entre romanos y cartagineses, siendo los primeros los que se llevaron el gato al agua. Época dura a la vez que inolvidable en que dos super potencias se jugaban el todo por el todo en una batalla singular que tenía como premio el control del Mediterráneo. Varias veces guerrearon entre sí, y siempre que lo hacían a su lado llevaron soldados mercenarios, destacando entre ellos los ferreos íberos o los honderos baleáricos con sus certeras hondas. Pues bien es en aquellos años donde el escritor Augusto Rodríguez de la Rúa sitúa su novela histórica Aro, el guerrero lobo (Nowtilus 2015). El autor nos lleva al año 210 a. C, cuando nuestro protagonista siente que su mundo idílico de fértiles cosechas y amantísima familia está en peligro al saber que los romanos han desembarcado en la Península Ibérica para luchar contra los cartagineses. Dentro de sus entrañas sabe que los hijos de Roma no van a contentarse con derrotar a los púnicos sino que viendo las grandes riquezas existentes van a querer quedarse con la parte del león, es decir toda Hispania. Y como vaticinó tiempo atrás Escipión acabó aplastando a Aníbal y Asdrúbal, provocando que los romanos sean los nuevos señores de sus tierras. Es una ola que no puede parar y muy pronto se acercan a su hogar, a la zona de los pueblos vacceos. Por lo tanto, y ante la llamada de sus vecinos carpetanos, ha de tomar una dura resolución: luchar contra las poderosas legiones romanas, o bien someterse cual buey al yugo. Obviamente decide lo primero y nuestro protagonista, Aro, se embarca en una increíble aventura para salvar a su familia, su pueblo y su alma de las garras de los hijos de la loba.

Aunque Augusto Rodríguez de la Rúa no es un historiador profesional, hay que congratularse al observar que esta novela sigue la dirección de los escritores que últimamente han decidido fijar su mirada en el mundo prerromano y al momento en que éste entró en lucha contra los romanos. Gracias a este tipo de libros el lector interesado en la novela histórica aprende que antes de que una caligae romana hollara la Península había pueblos con una historia propia y muy rica. Y claro está nuestro autor igualmente nos habla de ella, sobre todo de los vacceos, al mismo tiempo que nos hace disfrutar con la disposición impresionante de las legiones romanas en batalla. En su escritura destaca un estilo directo y poco rebuscado que potencia la acción directa de la aventura y que mantiene en vilo al lector. Así pues no duden en leer las primeras páginas de Aro, el guerrero lobo, pues en ellas pronto conocerá cómo hubo una vez un hombre que, como otros muchos caudillos hispanos, no dudó ningún momento en poner su escudo delante las todopoderosas espadas romanas para defender todo aquello que siempre respetó por encima de todo: la libertad.