lunes, 22 de diciembre de 2025

VICTORIAN PSYCHO - Virginia Feito

 

Muerte por todas partes.

Su majestad imperial, la reina Victoria de Inglaterra (1819 - 1901) tuvo con su amado e idolatrado esposo, el príncipe Alberto (1819 – 1861), un total de nueve hijos. En la mayoría de los cuadros y grabados de época observamos a una modélica familia en la que los rostros de los padres rebosan de alegría y amor paterno filial y sus hijos, como corresponde, se muestran juguetones a la par que solícitos. Una imagen burguesa, de familia ideal, que rápidamente fue proyectada a sus ciudadanos quienes no solo idolatraban a su reina sino que de inmediato quisieron imitar las costumbres y las formas de vida equilibradas que veían en dichos cuadros o grabados y que en muchos casos llegó a convertir los hogares pudientes en verdaderas cárceles de oro, en presidios donde la estricta etiqueta ahogaba y asfixiaba el día a día de sus habitantes. Cuanto más se siguiera ese libro de etiqueta victoriana y más se  cuidara de impermeabilizar los estratos sociales más cerca se estaría no solo de las buenas costumbres antes sus vecinos sino también de la imagen idealizada que ofrecía la corona inglesa. Y todo este seguidismo desembocó, obviamente, en un mundo donde tras las puertas de las mansiones convivían sin ningún problema la hipocresía, la vergüenza y los malos tratos a partes iguales. En verdad la sociedad victoriana, sobre todo la de la burguesía o la nobleza era una sociedad pútrida, como la manzana que por fuera se ve lustrosa pero que por dentro, al cortarla, está repleta de gusanos quienes en este caso devoraban el corazón del imperio del que se decía que gobernaba las olas.

Como decía el mundo victoriano, frente a la pompa y circunstancia, estaba plagado de oscuridades, de una violencia extrema que se reflejaba a diario en la hambruna de las clases bajas, la enorme tasa de mortalidad infantil, la violencia que ejercían las bandas de ladrones (acuérdese uno de la que comandaba el dickensiano Fajin) o el terror que infligían los asesinos en serie como por ejemplo el archiconocido y escurridizo Jack el Destripador. Y a esta negra pesadilla que parece estar más allá de las ventanas de las mansiones y palacios de los más pudientes, los supuestos guardianes de la moral, sin quererlo o sin ver más allá de su soberbia, han dejado entrar un girón de esa niebla de maldad, hija de esa violencia, en sus salones y en sus habitaciones. En sus pensamientos y depravaciones más privadas, esa ola homicida tiene un nombre y un apellido, Winifred Notty, y para conocerla mejor, en profundidad, les invito a que se adentren en la última novela que ha escrito Virginia Feito titulada: Victorian Psycho (Lumen, 2025). A las puertas de la mansión de Ensor House, en Yorkshire, llega una nueva institutriz (que no niñera), la anteriormente citada Winifred Notty, contratada por los ricos señores Pounds. Una mansión antigua, arcana, cuasi medieval, en mitad de los valles de Yorkshire, un lugar tan alejado de Londres,  resguardado y tranquilo en donde nadie podría oír tus gritos. Un lugar ideal en donde Winifred podrá educar a los dos hijos del matrimonio, Andrew y Drusilla… aunque en verdad nadie, ni los señores ni los criados, saben el motivo real de por qué está allí, qué es lo que busca entre aquellas frías paredes y por qué tras su imagen de hielo se adivinan unas oscuras nubes preñadas de terror, locura y sangre que están a punto de descargar, como lágrimas, sobre las vidas de los hipócritas habitantes de Ensor House.

martes, 16 de diciembre de 2025

EN BUSCA DEL FUEGO - J. H. Rosny

 

En 1981 el cineasta Jean-Jacques Annaud sorprendió a los críticos en particular y al público en general con una película titulada En busca del fuego, en la que de manera “realista” representaba un mundo ya perdido y que devolvía al hombre prehistórico a su verdadera esencia, quitando falsas y fantasiosas ideas cinematográficas que se habían ido representando sobre éste en donde incluso llego hasta convivir con dinosaurios. Una locura temporal se mire por donde se mire. Luego este mismo director nos extasió con otras grandes películas como, por ejemplo: El nombre de la rosa (1986), El oso (1988), Siete años en el Tíbet (1997) o Enemigo a las puertas (2001), entre otras, quedando En busca del fuego algo sepultada, solo accesible para los muy cafeteros en el mundo cinéfilo, amén de que incluso entre éstos también hay quienes ignoraban que este film está basado en una novela homónima de un escritor belga, pilar básico de la ciencia ficción moderna,  llamado Joseph Henri Honore Boex (1856 – 1940) más conocido con el seudónimo de J.H. Rosny.

La historia que nos ofrece este novelista comienza con un desastre pues la tribu de los Oulhamr – ulhamr u ougmar en otras traducciones- son atacados por otra tribu y le es robado el mayor tesoro que tienen: el fuego. En su loca carrera nocturna, entre gritos y muertos, acaban en una ciénaga, expuestos a la fría climatología y a los animales depredadores. Habiendo perdido el fuego, por tanto, solo les queda morir y pasar a la nada. Pero en medio del dolor se organiza una partida de búsqueda con el fin de recuperarlo y son enviados a la aventura, por un lado, un grupo comandado por Naoh, el hijo del Leopardo, junto con sus dos buenos amigos Nam y Gaw, y por otro el arrogante y sanguinario Aghoo, hijo del Uro, y sus dos hermanos. Aquí comienza la búsqueda que no solo reportara seguridad a los Oulhamr sino también grandes riquezas para el que traiga el fuego además del corazón de Gamla, la hija del jefe Fauhm.

lunes, 24 de noviembre de 2025

EN ESTE RINCÓN DEL MUNDO – Fumiyo Kouno

 

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, tras arrojarse las bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 de Agosto de 1945 respectivamente, el país del Sol Naciente vio nacer de sus cenizas un nuevo tipo de escritura conocida como genbaku bungaku, que podría traducirse como “la literatura surgida de la bomba atómica”. En concreto el altavoz de esta corriente literaria serian los llamados hibakusa o personas de todas las edades que habían sobrevivido a las cientos de miles de muertes provocadas por Little Boy y días después por Fatman. Los hibakusa en esencia, y aunque fueron maltratados durante años por sus mismos compatriotas que los motejaban de parias, solamente querían contar sus propias experiencias, como habían sobrevivido y enseñar a todo el mundo el dolor y el horror que habían visto y experimentado a su alrededor. Claros ejemplos vivientes de lo que nos espera si los humanos seguimos exhibiendo músculo para ver quien tiene el arma más grande con el que aniquilar al contrario.

Del vientre de esta literatura de la bomba atómica han surgido auténticas obras maestras niponas como son, por poner una ejemplo de las cientos que existen: Flores de verano, de Tamiki Hara (1947), Ciudad de cadáveres, de Ota Yoko (1948), Cuadernos de Hiroshima, de Kenzaburo Oe (1965) o incluso, solo por citar uno más de la ingente producción de esta corriente, Lluvia negra, de Masuji Ibuse (1966). El impacto emocional que tuvo el estallido cegador de las bombas atómicas y la subsiguiente siega de vidas incluso salto al mundo de las imágenes (recuerden aquello de que una imagen vale más que mil palabras), en concreto al manga, como la monumental obra de Keiji Nakazawa, Pies descalzos (1973), que ya fue reseñada en esta santa casa, o por ejemplo el bello retrato de época dibujado por la mangaka Fumiyo Kono: En este rincón del mundo (2015). Como curiosidad biográfica, esta hermosa historia está plasmada por una dibujante a la que en su infancia sus padres casi no le dejaban leer mangas. Ironías de la vida.

miércoles, 8 de octubre de 2025

EL VIAJE A NINGUNA PARTE - Fernando Fernán-Gómez

 

“—Pero ¿dónde está nuestro maná? ¿Dónde está el maná de los cómicos? ¿En qué tierra caerá que sea nuestra tierra? Nosotros no somos de ninguna parte. Somos del camino… Cuando el pueblo del Señor iba hacia la tierra prometida, ni siquiera iba por un camino. Iba por un desierto. Por eso no salió nadie a decirles: Ese maná es mío, ese dinero de los cineastas es mío. Nosotros hemos venido a trabajar a Navahonda, que es vuestro pueblo, pero ahora sois vosotros los que queréis dejarnos sin nuestro pan; y digo nuestro porque el trabajo de las películas es cosa nuestra, de los cómicos. Y queréis dejarnos sin él porque no somos de ningún pueblo. Pero ¿por qué somos del camino? Porque, como muy bien ha dicho vuestro alcalde, y con mejores palabras que las mías, por cierto, la gente necesita reír. Y nosotros les llevamos la risa. Y también tenemos hambre. Y también nos falta trabajo.”

Fue un noble oficio que desapareció hace ya mucho tiempo, pero que como dice el personaje principal de la novela que les reseño: “Hay que recordar… hay que recordar”. Se trataba de los llamados cómicos a la legua, herederos del antiguo oficio de hacer reír a la gente, ya desde los tiempos  de la Comedia del Arte, que no solo caminaban kilómetros y kilómetros con sus tristes bártulos sino que incluso tenían prohibido pernoctar en los pueblos donde actuaban,  como mínimo a una legua (de ahí su nombre). Duro trabajo el de aquellos que nos hacían reír y que no hace mucho tiempo incluso se les negaba tierra sagrada allá donde fenecieran. En España, antes de la irrupción de los mass media a mediados del siglo XX, era común ver a grupos de pequeñas compañías rurales andando por los caminos polvorientos que previamente, tras pactarlo con el ayuntamiento de turno o cacique del momento, representaban sus sencillas obras de teatro en cafés, bares, pequeñas salas de baile u oscuros casinos llenos de humo de cigarros puros a precios irrisorios y que después les dejaban (ya en nuestro siglo) dormir en las posadas, y tras varias representaciones (si había suerte) volvían a los caminos, a dejarse las suelas de los zapatos y la salud en el frio de las sendas, hasta la siguiente parada. En nuestra literatura patria ya hemos visto referencias a este tipo de oficio en obras como Ñaque o ¡Ay, Carmela! de José Sanchís Sinisterra, pero en donde podemos apreciarlo en toda su dimensión es en la novela de Fernando Fernán Gómez: El viaje a ninguna parte (1985).

lunes, 15 de septiembre de 2025

ORGULLO Y PREJUICIO - Jane Austen

 

«La imaginación de una dama va muy rápida y salta de la admiración al amor y del amor al matrimonio en un momento»

La escritora inglesa Jane Austen (1775 – 1817) no era un ente aislado de la sociedad ni del mundo que le tocó vivir pues aunque una parte de la crítica, de manera errónea, haya motejado sus novelas como meros divertimentos burgueses, ella sabía en qué mundo vivía y como supo aprovecharse de él y reflejarlo en cada uno de sus escritos inmortales. A Jane le tocó en suerte una etapa en continuo cambio pues no nos hemos de olvidar que vio con sus ojos caer el llamado Antiguo Régimen y alzarse uno nuevo, con dolor y sangre, en una Europa que parecía congelada. La podemos situar en la llamada época georgiana, en la que cuatro reyes de igual nombre, Jorge, pertenecientes a la dinastía alemana de los Hannover, les tocó distintas suertes en su reinado sobre todo a Jorge III, también conocido como el Rey Loco y finalmente a Jorge IV o época de Regencia que es en la más podemos centrar  la figura de Jane Austen (y también a Los Bridgerton en el campo de la ficción). El inmovilismo del pasado va resquebrajándose a golpes de cincel: la nueva filosofía de la Ilustración y la hipocresía del Despotismo Ilustrado, las guerras napoleónicas (1793 – 1815) y sobre todo la Revolución Industrial o agrícola que conseguirá mejorar el nivel de vida de cientos de miles de personas a la vez que relanzar el comercio a escala mundial.

Este sería el apasionante marco histórico en que el vivió Jane Austen pero además fueron unos años muy importantes en el ámbito literario anglosajón y que fueron cruciales en la posterior creación literaria de las obras de nuestra escritora. El XVIII fue sin lugar a dudas una de las épocas doradas de la literatura inglesa pues en el campo de la novela podemos hallar a grandes escritores como Daniel Defoe, Jonathan Swift, Henry Fielding e incluso a Horace Walpole con su Castillo de Otranto en el que ya se atisbaban los preludios de lo que sería conocido como el Prerromanticismo. Jane Austen leyó y se empapó de todos estos autores, de sus influencias, y aunque era anterior al romanticismo supo de su valor al igual que de la naciente novela gótica. Y no solo tuvo estas novelas como punto de apoyo para sus escritos sino que también estuvo muy influenciada por grandes poetas como Wordsworth y Coleridge. Y es en este punto donde aparece uno de los elementos que más van a estar presente en sus obras. Recuerden que antes de este párrafo, en el contexto histórico que antes exponía, hablaba de la Revolución Industrial sobre todo enfocada a lo agrícola. Uno de sus derivadas filosóficas es que debido a ella, por lo menos en Inglaterra, se instala una idea, ya antigua, acerca del antiguo-nuevo beatus Ille o alabanza de la naturaleza. Todo inglés con posibles empieza a añorar la sencillez del mundo rural y ¿qué mejor exponente que los burgueses terratenientes que como Jane Austen vivían en fincas o mansiones rodeadas de ubérrimos campos y amables vecinos con los que vivir y a la vez entablar amistades y relaciones íntimas?

miércoles, 16 de julio de 2025

PAPEL CON MARCA DE AGUA - Goran Petrovic

 

En la actualidad lo tenemos en demasía. Basta con abrir cualquier cajón, observar la mesa de trabajo o rebuscar en cualquier carpeta que, si no ocurre nada raro, allí habrá un buen fajo de papeles. Listos para ser usados, a pesar de que los medios electrónicos en muchos casos parece que hagan inútil su uso Pero a todos estos ordenadores, tabletas, móviles, ebooks, etc, quítenle la electricidad y verán cómo se vuelven inútiles con el tiempo. Aun así el papel siempre está ahí, de mejor o peor calidad (ahora, desgraciadamente, cada vez peor), puro o de sucedáneo de celulosa que enseguida se vuelve amarilla. Fábricas y más fábricas hacen rollos gigantescos de papel, de varios kilómetros de longitud que sueñan, éstos, con que alguien –tal vez- trace sobre ellos las líneas que marquen una época, que emocionen a un corazón helado, que provoquen odios y guerras y, en fin, que sea utilizado con inteligencia y no llevar a ser simples burruños tirados en una papelera. Como decía, ahora el papel está en todos los sitios y se fabrica en masa pero hubo una época, ya hace muchos siglos, en que dicha elaboración y su uso posterior eran todo un arte en el que competían las ciudades entre sí. Cuál era el más perfecto, el más blanco o el más cremoso en su uso. Pues bien ese amor (apunten esta palabra, porque es importante) por la literatura y por los sentimientos puros que se desprende de ellos son la base sobre la que se asienta una de esas novelas que desde que se leen por vez primera ya sabe uno que se convertirá con el tiempo en un auténtico clásico. Les hablo del último libro del autor serbio Goran Petrovic: Papel con marca de agua (Sexto Piso, 2024).

La novela que el autor nos presenta puede en un principio parecer pequeña en extensión, pero ya saben lo que se dice de los frascos minúsculos y las esencias, y nuestra obra, que humildemente les reseño es, esencialmente, una joya para los sentidos, para los paladares más exquisitos y saborear cada palabra que Goran Petrovic ha vertido en sus hojas. El amor (recuerden que les dije que no olvidaran esta palabra) es el verdadero leiv motiv de esta novela, de principio a fin: A finales del siglo XIV en el reino de Nápoles la reina Giovanna II está enamorada – de nuevo- de un cortesano llamado Pandolfo Alopo más conocido por su sobrenombre de Pandolfello Pisopo. No es un amante más pues la reina, a la que llaman La Insaciable, parece que ahora sí está verdaderamente enamorada y para demostrarle su verdadero amor decide transmitir sus sentimientos en la hoja de papel más pura que exista y no hay lugar donde mejor papel fabriquen que en la cercana ciudad de Amalfi. Según observo en el Google Maps la distancia entre ambas ciudades es de unos 60 kilómetros de distancia, una hora y pico de viaje, que si se hace en coche tal vez duré menos. Pero en aquellos años, en el alborear del nuevo siglo, la distancia era la misma pero los medios de transportes eran más lentos y se podía tardar alrededor de dos días a buen ritmo y si la compañía no era muy grande. Pero en este caso no lo es pues la enamoradiza e insaciable Giovanna II, aquella que al igual que se come una manzana hace desaparecer (sic) a sus amantes, no duda en acudir a la ciudad amalfitana con una troupe de un centenar de soldados, sirvientes, cocineros, y nada más ni nada menos que un total de diez poetas, los diez mejores de Nápoles (a cada cual más loco y caprichoso) a los que encargará la misión de confeccionar la deseada carta de amor. Aun así, la reina se va a topar con un inconveniente al intentar conseguir el mejor papel del mundo para su misiva: la Congrega de Cartari, los mismos que celosamente lo fabrican.

domingo, 1 de junio de 2025

CANTIGAS DE SANGRE - Nieves Muñoz

 

Hace un par de años, movido por la nostalgia histórica además de la cinematográfica procedí a visitar la ciudad de Zamora, localidad que por desgracia y por avatares de la vida todavía no había tenido ocasión de hollar. El primer motivo es obvio para cualquier amante de la literatura y de la Historia, pero en cuanto a la segunda, a la relacionada con el Séptimo Arte, era una deuda pendiente que tenía desde hacía muchos muchos años. Dejen que me explique: siempre –ahora también- me han gustado las películas históricas, sobre todo aquellas largas y antiguas que veía de pequeño en mi casa y que Televisión Española echaba en Semana Santa o Navidad y que, aunque algunas fueran de cartón piedra y gestos impostados, removían el magín de mi joven imaginación. Una de aquellas super producciones es, sin duda alguna, El Cid (Anthony Mann, 1961) y de ella recuerdo que una de las escenas más memorables -entre otras muchas-  era la del cerco al que Sancho II sometió a la ciudad de Zamora y en la que el traidor (o salvador) Bellido Dolfos asestó una puñalada traidora al rey castellano en una de las puertas o postigos ocultos que había en sus murallas. Pues bien, uno de los deseos ocultos que tenía al acudir a Zamora fue ver el escenario de ese cerco y sobre todo visitar el famoso postigo que tantas leyendas y canciones juglarescas dio al imaginario español. Para quien no lo sepa ese portillo sigue existiendo y está situado en una calle aledaña a la catedral. Siempre había oído hablar de él como el Portillo de la Traición, pero al acercarme de forma reverencial a sus piedras me llevé la sorpresa de encontrarme una placa que la motejaba como Puerta de la Lealtad y que Zamora le daba las gracias a Bellido Dolfos por haber matado al rey Sancho II y así haber librado a la ciudad sitiada. Como se puede ver, la línea distinción entre traición y lealtad es muy fina en nuestro país tanto en lo sentimental como en lo geográfico, cuestión de donde te toque, y que hoy todavía es latente en aquella ciudad bañada por el Duero.