En los primeros compases del Libro Sagrado de Samuel aparece uno de las gestas más icónicas de la Biblia, y posteriormente exportada al imaginario popular cada vez que algo o alguien insignificante puede llegar a alcanzar la gloria. Nos habla de cuando entre el ejército filisteo surgió el gigante Goliat y, mofándose del ejercito de Saúl, retó a que saliera algún paladín de entre sus tropas. Y para sorpresa suya avanzó no un fiero soldado de férrea armadura sino un joven pastor, David, de la tribu de Judá, de ajada túnica y armado solo con una simple honda. El final ya es conocido por todos: el gigantón filisteo le lanza una serie de enormes venablos, pero nuestro héroe los esquiva y de una certera pedrada le deja en el sitio dándole la victoria al ejército israelita. Pues bien, la lucha entre David y Goliat es extrapolable a muchos momentos de la Historia en el que un poderoso enemigo parece que va a tragarse a un, en principio, indefenso ejército, y ya sea por el destino, la bravura o la inteligencia del oponente, éste se les acaba atragantando. Lo hemos visto por ejemplo en las famosas Guerras Médicas, en épicas batallas medievales, en una abandonada misión tejana o en el siglo pasado al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en la llamada y algo desconocida Guerra de Invierno (1939).
