En los primeros compases del Libro Sagrado de Samuel aparece uno de las gestas más icónicas de la Biblia, y posteriormente exportada al imaginario popular cada vez que algo o alguien insignificante puede llegar a alcanzar la gloria. Nos habla de cuando entre el ejército filisteo surgió el gigante Goliat y, mofándose del ejercito de Saúl, retó a que saliera algún paladín de entre sus tropas. Y para sorpresa suya avanzó no un fiero soldado de férrea armadura sino un joven pastor, David, de la tribu de Judá, de ajada túnica y armado solo con una simple honda. El final ya es conocido por todos: el gigantón filisteo le lanza una serie de enormes venablos, pero nuestro héroe los esquiva y de una certera pedrada le deja en el sitio dándole la victoria al ejército israelita. Pues bien, la lucha entre David y Goliat es extrapolable a muchos momentos de la Historia en el que un poderoso enemigo parece que va a tragarse a un, en principio, indefenso ejército, y ya sea por el destino, la bravura o la inteligencia del oponente, éste se les acaba atragantando. Lo hemos visto por ejemplo en las famosas Guerras Médicas, en épicas batallas medievales, en una abandonada misión tejana o en el siglo pasado al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en la llamada y algo desconocida Guerra de Invierno (1939).
Este conflicto bélico (talvisota en finés) se produjo cuando la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin establecieron en ese año un Tratado de no Agresión por el que se repartían Polonia y el Istmo de Carelia, con lo que se dejó carta blanca a los rusos para invadir Finlandia. Pero lo que prometía ser un paseo para las abrumadoras fuerzas de Stalin, unas 30 divisiones junto con unas cuantas brigadas de carros de combate frente a las 14 divisiones finesas, con escasa artillería y un parque de carros enmohecido, al final, contra todo pronóstico, acabó convirtiéndose en un dolor de muelas y una humillación para el hombre fuerte ruso. Esta es la premisa, el marco, que el escritor francés Olivier Norek nos presenta en su novela Los guerreros del invierno, en el que por un lado recrea aquel breve conflicto –tres meses y pico- y por otro nos hace llegar la figura del mejor francotirador de todos los tiempos Simo Häyhä, con sus 500 bajas confirmadas realizadas a -30º, seguido muy de lejos por el héroe de Stalingrado, Vasily Zaitsev, a quien el enemigo soviético llegó a apodarle como La Muerte Blanca.
La novela, a través de sus breves y directos capítulos, nos lleva a aquel conflicto y nos muestra cómo ante la invasión rusa el pueblo finlandés, pequeño pero orgulloso de su pasado nacional, pone pie en pared y hace frente al gigante que está a punto de engullirles a base de hierro y sangre. Entre todos los campesinos que decidieron echar al enemigo destacó uno, Simo Hayha que pasó de ser un granjero discreto a convertirse en el arma más letal del ejército finés. Mientras que en su juventud había sido aleccionado para cazar animales y sobrevivir, ahora sus piezas a abatir son los soldados rusos, uno tras otro, convirtiéndose de facto en un símbolo de la resistencia del país. El autor, a través de sus páginas, nos muestra cómo fue aquella pequeña pero épica confrontación y cómo el enemigo se vio sorprendido no solo por la resistencia tenaz del pueblo, sino también por los veloces esquiadores que se introducían entre sus líneas como cuchillo caliente en mantequilla fresca: los por supuesto temibles francotiradores, entre los que se encontraba Simo Häyhä. Y por encima de todo el terrible invierno (-30º) que hubo entonces, y el espeso manto blanco que dejaba todo a la vista, sin posibilidad de huida, y en donde si el frio no te carcomía las extremidades ya lo haría un oscuro rifle en la distancia.
Al final del párrafo anterior he acabado mencionando el invierno, y es que este es uno de los personajes principales junto con el mismo pueblo finlandés y el símbolo nacional, Simo Häyhä. Este hecho nos indica que nos encontramos con una novela muy visual –es lo que ha pretendido Olivier Norek– en la que sentimos cómo fueron aquellos días en los que el blanco cegador fue el letal color con el que tuvieron que convivir los soldados. Episodios cortos y frases cortas hacen que el lector se sienta más cercano al combate, como ráfagas de ametralladoras, pues al autor le interesa que quien abra estas páginas se sienta en el centro de la acción y conozca al soldado que tiene a su lado, sus miedos y sus actos de valentía, el hambre que pasa y el frío que le corroe las entrañas en ese infierno helado, es decir, que además de la acción bélica aprecie el sentido humano de los combatientes, sobre todo los fineses.
En fin, nos encontramos con una novela histórica bien escrita, directa y fácil de leer, que aunque tampoco vaya a pasar a los anales de la literatura universal, sí sirve para lo que la concibió el autor: conocer un hecho histórico, algo difuminado en el gran teatro de la Segunda Guerra Mundial, pero que sirvió de inspiración no solo a un pueblo que tenía todas las papeletas de ser borrado de la faz de la tierra, sino también muchas personalidades de otros países que se dieron cuenta de que se podían enfrentar con valentía a las terribles tempestades que estaban a punto de descargarse sobre el mundo.
Olivier Norek, Los guerreros del invierno. Traducción de Elia Maqueda. Barcelona, Istoría, 2025, 415 páginas.
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