viernes, 20 de julio de 2018

EL ÁNGEL DE ELNA


Nada más acabar la Guerra Civil Española fueron cientos de miles las personas que buscaron refugio más allá de nuestras fronteras, muchas veces en condiciones extremas. Las personas que salieron de España por los Pirineos no fueron aceptadas de buen grado por las autoridades francesas que decidieron recluirlas en campos de concentración improvisados en playas u otros lugares en condiciones miserables. Uno de los testigos de este castigo fue una enfermera suiza llamada Elizabeth Eidebenz (1913 – 2011) quien, viendo como las mujeres embarazadas daban a luz en las dunas de las playas francesas, sin privacidad y con gran peligro para sus vidas (la tasa de mortalidad era del 95%), decidió buscar una solución humanitaria a este problema. Junto con otras mujeres y algunas enfermeras voluntarias abrieron un palacete abandonado en Elna, junto al campo de Argelès –sur-Mer, para acoger a todas las mujeres españolas que estuvieran en esas condiciones tan precarias, además de a  judías que huían del régimen nazi, para que pudieran dar a luz en condiciones dignas. Cuando los gendarmes franceses acudían a esta casa a detener a una mujer, Elizabeth se paraba delante de ellos y les espetaba que “¡Esto es Suiza!”. Durante los años que estuvo abierto aquel palacete nacieron alrededor  de 597 niños y 200 judíos salvaron sus vidas. Aun así este remanso de paz terminó en 1944 cuando los nazis cerraron aquel oasis en el que mucha gente pudo sobrevivir a los horrores de la guerra. Por su labor en la Guerra Civil y durante la Segunda Guerra Mundial, Elizabeth Eidebenz fue condecorada con la Medalla de Justo entre las Naciones, la Cruz de Oro de la Orden Civil de la Solidaridad Social, la Legión de Honor y el Premio Cruz de San Jorge.

 La Maternidad Suiza de Elna

lunes, 16 de julio de 2018

BREVE HISTORIA DE LA GUERRA FRIA - Eladio Romero


Tras la caída de Berlín nada fue igual. La ocupación de la capital germana por parte del ejército soviético y por ejército aliado conformó un nuevo mundo dividido en dos bloques irreconocibles. Ya nada sería igual, pues el ansia de expandir las ideas políticas y el miedo a ellas crearía un nuevo orden que pondría en peligro la vida de millones de personas. El escritor británico George Orwell, autor de libros como 1984 o Rebelión en la granja, fue el primero que llamó guerra fría a este conflicto silencioso y soterrado, mientras que otros políticos y financieros como Bernard Barcuh, en 1947, afirmaba que “estábamos inmersos en una guerra fría”. Gélida. Fueron más de cuatro décadas las que el mundo estuvo en vilo viendo como dos superpotencias se amenazaban mutuamente a la espera de quien pondría el dedo en el botón rojo. Un tiempo de espías y luchas intestinas, de planes arriesgados y noches en vela, de propaganda falsaria y odio irracional. Una época magníficamente detallada por Eladio Romero García en su libro Breve Historia de la Guerra Fría (editado por Nowtilus, 2018)
Como ya he bosquejado anteriormente, después de la Segunda Guerra Mundial el mundo se dividió en dos grandes bloques: el occidental (o capitalista) comandado por Estados Unidos, y el oriental (o comunista) con la Unión Soviética al frente junto con un nutrido grupo de países satélites. Ambos separados por un férreo Telón de Acero. Dos superpotencias que se miraban con recelo y que no tenían reparos en exhibir quién tenía la estaca más grande, o lo que es lo mismo una creciente e imparable carrera armamentística que amenazaba con destruir al planeta. Tendríamos que buscar los orígenes de esta guerra fría muchos años antes de la Segunda Guerra Mundial. En concreto en la Rusia de 1917. La posible exportación de ideas comunistas a Estados Unidos provocó el miedo y la desconfianza hacia esta ideología que podía  hacer tambalear el sistema económico americano. Y este recelo hacia la Rusia bolchevique siguió de manera continuada hasta 1945. Desde entonces la Guerra Fría evolucionó en distintas etapas: desde la inicial o de tanteo a partir de 1947; pasando por la más dura (hasta 1953) en donde imperó el miedo nuclear; la del deshielo y la guerra de movimientos (hasta 1964); y su finalización con la caída de la Unión Soviética (1985 – 1991) en donde la Perestroika y el Muro de Berlín acabaron de dar puntilla a una de las dos superpotencias, en este caso la comunista.
Lo curioso de este conflicto soterrado es que (hasta que nosotros sepamos) no hubo luchas directas entre ellos pues Estados Unidos y la URSS preferían dirimir sus discrepancias en casas ajenas, como por ejemplo en Corea, Vietnam, Afganistán, el Líbano, el Salvador, Angola… Cientos de muertes y tragedias trajo consigo este conflicto, pues no solo fue una demostración de la superioridad política o armamentística de una potencia sobre otra sino que también estaba en juego el modus vivendi de un bloque frente a oro. Incluso esta guerra sucia no se contento con jugarse en nuestro planeta sino que también solventaron sus disputas en el exterior, en una carrera especial digna de una guerra de las galaxias. El trabajo de Eladio Romero García, Breve historia de la Guerra Fría, nos trae una apasionante época, mitificada por la literatura y el cine hasta el extremo, que nos hará comprender como se forjó y como evolucionó un enfrentamiento que mantuvo con el alma en vilo a un mundo que creía ya llegada la tercera guerra mundial.

domingo, 15 de julio de 2018

¿QUIÉNES ERAN LOS CHASQUIS?


El Imperio Inca destacaba por tener una gigantesca red viaria de unos cuarenta mil kilómetros de extensión que unía el Norte con el Sur de los Andes además de conectar con sus valles. Estas calzadas eran toda una obra de ingeniería que se adaptaban perfectamente a las diversas topografías existentes en aquel imperio inmenso. Las distancias eran enormes entre un poblado y otro y por eso se necesitaban mensajeros excepcionales que llevaran las noticias de un lado a otro en un tiempo record. Los encargados de realizar tales hazañas eran los llamados chasquis. Éstos eran seleccionados cuando eran niños por un grupo de expertos que valoraban la constitución física del solicitante, la fortaleza de sus piernas o que tuvieran los dedos de los pies un tanto separados para que se agarraran bien a las escarpadas montañas. Incluso se medía la capacidad pulmonar con vistas no solo a las grandes distancias que tenían que recorrer sino también a que tenían que ascender a grandes alturas en donde escaseaba el oxigeno. Para ello, y para que igualmente aguantaran el frio y la sed, los chasquis tenían permiso para ingerir hojas de coca. Junto con los altos funcionarios del estado y los nobles, eran los únicos que tenían licencia para consumir lo que los incas consideraban una “planta divina”.

Los mensajes que portaban eran cuerdas de nudos llamadas quipus y eran llevados a gran velocidad de tampu a tampu (estaciones donde esperaba otro chasqui) Este sistema de relevos era tan eficiente que permitía a los mensajes recorrer una media de 320 kilómetros al día. ¡Cuatro veces más rápido que los sistemas de postas de otros imperios de la antigüedad! Los chasquis, ya fueran corriendo por terreno liso o altas montañas, llevaban todo tipo de mensajes, desde cuestiones comerciales; temas familiares; o avisos urgentes de levantamientos militares de alguna región remota. Tan efectivos eran estos mensajeros que los conquistadores españoles no dudaron en utilizarlos en el Virreinato de Perú durante algún tiempo ya que, por ejemplo, Pedro de Cieza de León aseguraba que “las noticias no podrían haber sido transmitidas a través de una mayor velocidad que con los caballos más veloces”.

sábado, 14 de julio de 2018

LA CICATRIZ DE AL CAPONE


Alphonse Gabriel Capone (1899 – 1947), más conocido como Al Capone, es sin duda alguna el gánster más famoso de la Historia. Además de ser el rey del hampa también era un mentiroso de primer orden. Un ejemplo: uno de sus apelativos era el de Scarface (Cara Cortada) pues portaba con orgullo una gran cicatriz en su cara. Decía a todo aquel que quisiera oírlo que aquella muesca  en su mejilla izquierda se la había hecho luchando con el Batallón Perdido durante la Primera Guerra Mundial. Pero aquello era totalmente falso pues esa cicatriz se la había hecho una cuchillada en una pelea de un bar de Brooklyn mientras trabajaba de camarero y guardaespaldas en aquel local. En total recibió unos treinta puntos de sutura. No se sabe muy bien por qué siempre decía esta mentira, tal vez porque se avergonzaba de su pasado humilde, pero lo cierto es que nunca luchó en la Gran Guerra.

jueves, 12 de julio de 2018

EL DESPERTAR DEL SOL


Desde 1682 hasta 1789 el palacio de Versalles se convirtió en el verdadero corazón de Francia. El rey Luis XIV transformó el refugio preferido de caza de su padre Luis XIII en una de las maravillas arquitectónicas de Europa. Todo en él emanaba magnificencia y en su centro se encontraba el propio monarca. En torno a él giraba la vida de aquel palacio y por eso cualquier acto que se realizaba allí dependía de su voluntad. Aunque fuera el más nimio, como por ejemplo el ritual que se realizaba cuando el rey abría los ojos por la mañana. A esta solemne ceremonia se la llamaba Le Lever du Roi, el Despertar del rey, y consistía en los siguientes pasos:

A las ocho y media en punto, el ayudante de cámara, que había dormido a los pies del lecho real, se acercaba a la cámara y susurraba: “Señor, es la hora”. Después abría las puertas de la cámara y dejaba entrar al Primer Médico y al Primer Cirujano que se ocupaban de que el rey hubiera dormido bien, sosegado, y sin ninguna alteración. Cuando éstos terminaban su inspección matutina se producían las “grandes entradas” que consistían en dejar pasar a los familiares del propio rey quienes esperaban pacientemente a que el Primer Gentilhombre de Cámara descorriera la cortina que había alrededor de la cama. Este Gentilhombre acercaba al monarca una pila de agua bendita y una Biblia y durante un cuarto de hora todos los presentes rezaban susurrando no fuera a ser que Luis XIV tuviera migrañas matutinas.

La segunda parte del ceremonial se llamaba el Petit Lever y en ella el rey ya levantado se sentaba en un cómodo sillón donde unos ayudantes le peinaban y le afeitaban. Mientras tanto se daba entrada en la estancia a los ministros y personalidades destacadas. Hay que pensar que en esos precisos momentos el lugar, entre unos y otros, debía estar abarrotado, así que era normal que Luis XIV se levantara para pasar a continuación a un salón adyacente donde desayunaba y era vestido por el Primer Gentilhombre de Cámara y el Maestro de Guardarropa.

Pero el gran despertar todavía no había terminado ya que éste concluía con una procesión por las Grandes Estancias, como la Galería de los Espejos, hasta la Capilla Real. El rey iba acompañado de cuatro guardias y un capitán quien tenía la misión no solo de vigilar al monarca sino también de recoger las peticiones escritas por los cortesanos que asistían a la procesión. Todo este ritual terminaba alrededor de las diez de la mañana, cuando Luis XIV se sentaba frente al altar de la Capilla. Y esto se realizaba cada día, sin excepción, siendo obligatoria su asistencia.