martes, 1 de septiembre de 2015

¡DEJA QUE ME SUICIDE!



El pintor de retratos austriaco Joseph Aigner (1818 – 1886) era una persona que desde su más tierna infancia estaba obsesionado con la idea de suicidarse. Cuando tenía dieciocho años intento colgarse de un madero, pero un misterioso monje capuchino consiguió salvarle en el último momento. Unos cuantos años después, a los veintidós, otra vez intentó colgarse y de igual manera el mismo monje salió en su rescate. Pasado algún tiempo, nuestro retratista se metió en política, con tan mala suerte, que fue acusado de traición y condenado a ser ahorcado. Pero cuando todo estuvo dispuesto, y Joseph había subido al cadalso, nuevamente apareció el increíble monje el cual convenció a las autoridades para que no lo mataran. Aquí me queda la duda si el pintor se sintió defraudado al no poderse cumplir su sueño mortal. Sea como fuere, a los sesenta y ocho años, Joseph Aigner…¡consiguió suicidarse! Abandonó su propósito de ahorcarse y se pegó un tiro en la cabeza. Pero lo que no sabía Joseph es que a su entierro acudió mucha gente a ver si verdaderamente había muerto de verdad. Entre las personas que presidieron el entierro, como era costumbre, había un monje, y claro está este no podía ser otro que el enigmático monje capuchino. Nunca se supo su verdadera identidad.

sábado, 22 de agosto de 2015

¡POR FAVOR, OTRA VEZ NO!



No todo en la guerra fueron tiros y asesinatos. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945) también hubo tiempo para el ocio y la diversión. En aquellos terribles años los encargados de mantener alta la moral en retaguardia  durante los días que no había combates se dieron cuenta que para entretener a las tropas inactivas, el cine era una herramienta muy útil para olvidar la fatiga de batalla y evitar que el aburrimiento provocase conflictos entre los soldados. Así pues el alto mando ordenó que todas las noches se proyectara una película, a ser posible cómica, y que al día siguiente fuera llevada a otro campamento estableciendo de este modo un sistema rotatorio que evitara la continua repetición de los filmes en cualquier campamento militar. Pero lo que parecía un sistema ideal no lo fue tanto en el frente del Pacífico donde los americanos luchaban contra los japoneses todos los días y a todas horas e incluso a veces en islas diminutas perdidas en medio del Océano. En una de las Islas Marianas los soldados estadounidenses quedaron sitiados durante cierto tiempo y debido al retraso del trasporte les era imposible visionar películas nuevas. Un día el encargado de ponerlas en el proyector, rebuscando entre las cajas de su tienda, descubrió que tenía una película de Bing Crosby titulada Going my way (1944), y decidió ponerla esa noche. La primera vez los soldados se lo pasaron bomba, pero a la tercera noche, en cuanto salieron los títulos de crédito, éstos, hastiados de ver la misma película, comenzaron a abuchear pidiendo que les pusieran otra. Pero como no había otra tuvieron que verla, obviamente, de nuevo. Pero, o bien el proyectista era un sádico o un inconsciente que no sabía qué público tenía, la volvió a poner una sexta noche. Los soldados se levantaron de los asientos y se rebelaron contra sus superiores. Llama la atención que durante el motín, uno de aquellos sufridos estadounidenses se diera cuenta que detrás de uno de los arbustos se encontraba un par de japoneses los cuales habían estado asistiendo al pase de la película. Rápidamente fueron atrapados y uno de los soldados americanos pensó que deberían ponerle entera la película de Bing Crosby como medio de tortura para que les divulgara secretos militares nipones. Ante el asombro de todos los dos japoneses se arrodillaron en el suelo y suplicaron entre lágrimas que por favor no les hicieran eso, que les dirían lo que quisieran, pero que por favor no les volvieran a poner aquella película tan horrorosa pues ellos habían asistido a las proyecciones de ésta desde el principio y, al igual que sus captores, estaban hartos de verla una y otra vez, asegurando  incluso que odiaban al Bing Crosby más que ellos.

viernes, 21 de agosto de 2015

LOS REMEROS ESPECIALIZADOS



Una de las escenas más famosas del cine la podemos hallar en la película Ben-Hur de 1959, en donde un apaleado y destrozado Juda Ben-Hur sueña con vengarse de su antiguo amigo Messala, el cual le ha convertido en un esclavo destinado a morir en las galeras del cónsul Quinto Arrio. Pero en honor a la verdad hay que señalar que históricamente esa escena es algo inexacta ya que en la antigüedad  la marina romana casi nunca usaba esclavos como remeros. Gran parte de la flota estaba compuesta por tropas auxiliares que con su duro trabajo ansiaban obtener la ciudadanía romana tras 26 años de duro alistamiento. Fueron muy pocas las ocasiones en que se necesitaron esclavos para hacer el trabajo de los futuros romanos. Un ejemplo de ello lo podemos ver cuando Octaviano necesitó mano de obra esclava para que sus naves fueran más rápidas y mortíferas que las de su enemigo Sexto Pompeyo.

jueves, 20 de agosto de 2015

EL DEBIDO RESPETO A LA MUERTE



Se dice que la reina Isabel la Católica tenía una curiosa costumbre: cuando pasaba al lado de un cadalso u horca, se paraba a su lado y lo saludaba con respeto. Un día uno de sus consejeros le pregunto por qué lo hacía, pues aquel lugar era de muerte. La reina le contestó: “Caballeros, de muerte no, de justicia, sobre todo, cuando el lugar está cuidado y atendido por hombres buenos y justos”. Llama la atención que tiempo después, su nieto, Carlos V, tuviera la costumbre de persignarse y quitarse el sombre delante de algún reo ahorcado. De nuevo, alguien le preguntó por qué lo hacía, y de la misma manera que su abuela, el emperador le contesto: “Por respeto a la Justicia”.

sábado, 15 de agosto de 2015

LA POBREZA A EXAMEN



Hace algunos años, en 2013, una ordenanza emitida por el Ayuntamiento de Madrid decretaba que todos los músicos callejeros tendrían que pasar un examen ante un jurado para, por un lado evaluar la destreza musical del opositor, y por otro obtener un permiso con el que poder seguir ejerciendo su labor por las calles de la ciudad. Aquello causó mucho revuelo, apareciendo incluso algunos artículos periodísticos en los que se decía que esta medida era algo inusual que nunca se había dado en nuestro país. Pero a decir verdad estos cronistas erraron en su información ya que si hubieran consultado en profundidad algún libro de Historia de España se habrían encontrado que el 18 de Agosto de 1671 durante reinado de Carlos II, más conocido como El Hechizado, se emitió una Real Ordenanza, en la que se que se prohibía la mendicidad a todos aquellos pobres que no solicitaran en su ayuntamiento una autorización consistente en una imagen de la Virgen María pintada en una tablilla de madera que debían de llevar siempre colgada al cuello.

lunes, 10 de agosto de 2015

EL GRAN CAPITÁN LE PARA LOS PIES AL PAPA



Durante la Primera Guerra Italiana (1494 – 1498) las tropas francesas de Carlos VIII, comandadas por el vizcaíno Menaldo Guerri  tomaron el control del puerto de Ostia, produciendo en Roma una gran carestía de trigo y de otros productos procedentes del mar. Y aunque las fuerzas pontificias intentaron una y otra vez tomar aquella zona costera les era imposible del todo. Así pues al papa Alejandro VI, viendo peligrar su situación en la ciudad, no le quedó más remedio que llamar en su ayuda a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido por todos como El Gran Capitán. En 1497 el militar español consiguió acabar con éxito el sitio al que era sometida Ostia, y unos días después, de la misma manera que hicieran los generales romanos, entraba triunfante en Roma llevando encadenado a Guerri a la parte trasera de su carro. Al grito de libertador el Gran Capitán era recibido por el papa Borgia en la Basílica de San Pedro, y después de homenajearle como era debido le hizo entrega de la famosa Rosa de Oro, que era la máxima distinción papal existente.

Todo iba según lo previsto, pero cuando parecía que no iba a ocurrir nada fuera de lo normal, a Alejando VI se le escapó delante del capitán español que estaba muy enfadado con los Reyes Católicos, tachándolos de ingratos y oportunistas. Y es justamente en este punto donde se demuestra uno de los puntos fuertes de Gonzalo Fernández Córdoba, la lealtad, ya que en cuanto oyó este comentario se plantó delante del Papa y sin importarle quien tuviera enfrente le recordó unas palabras que el mismo Santo Padre le había dicho cuando estaba tan apurado: “Si las armas españolas me recobraban Ostia en dos meses, debería de nuevo al Rey de España el Pontificado”. Y no contento con ello apuntilló lo siguiente: “Más le valiera no poner a la Iglesia en peligro con sus escándalos, profanando las cosas sagradas, teniendo con tanta publicidad, cerca de sí y con tanto favor a sus hijos, y que le requería que reformase su persona, su casa y su corte, para bien de la cristiandad”. Aquello debió dejar helado al Vicario de Cristo en la tierra. Un texto posterior lo expone perfectamente:

El papa quedó turbado del esplendor vivo de la verdad, enmudeció del todo, asombrado de que supiese apretar tanto con las palabras un soldado, y de que a un Pontífice, tan militar y resuelto, hablase en Roma, en su palacio y rodeado de armas y parientes, un hombre no aparecido del cielo, en puntos de reforma y con tanta reprehensión.