miércoles, 1 de octubre de 2014

CÉSAR NO DIJO ESO



El Rubicón es un pequeño río del noreste de Italia que en la antigüedad servía de frontera entre la Galia Cisalpina y la Península Itálica. Parecía que la Historia no tenía nada especial reservado a aquel riachuelo, pero en la noche del 11 de Enero del 49 a.C, ocurrió allí algo que nadie esperaba. Julio César, el gran conquistador de la Galia, viendo vulnerado sus derechos de victoria y con la intención de afrontar las acusaciones que se habían hecho contra él por corrupción, decidió arriesgar el todo por el todo y atravesar aquella cinta de agua al frente de su fiel legión, la XIII, a pesar de que al hacerlo sabía que se convertiría en un poscristo en su propia patria comenzando de este modo una cruenta guerra civil.

Aquello pasó a los anales de la Historia y fueron muchos los que recogieron este hecho. Los autores de aquella época dejaron escrito que César, al poner los pies en aquellas frías aguas, mirando al frente, soltó un suspiro y dijo: Alea jacta est, o lo que es lo mismo “la suerte está echada”. Esta famosa sentencia ha quedado impresa en todos los libros repitiéndose continuamente cuando una persona decide arriesgarse a hacer una empresa difícil. Pero en honor a la verdad y a la propia Historia, hay que decir que en realidad lo que Julio César pronunció en griego fue lo siguiente: Anerriphtho kybos. Lo dijo así porque en aquella época el griego era el lenguaje culto de las altas esferas. Se puede traducir como “¡Que ruede el dado!” o “Echemos los dados” (como curiosidad indicar que la mejor tirada en los dados romanos era “la suerte de Venus”) Finalmente decir que Julio César la tomó prestada del comediógrafo Menandro, que era uno de sus autores favoritos.

martes, 30 de septiembre de 2014

EL SEXO DE LOS POLÍTICOS - Fernando Bruquetas de Castro



Hoy en día, la relación entre los políticos y el sexo está muy poco estudiada, debido sobre todo al hermetismo que impera en una parte considerada exclusiva del ámbito privado. Pero esto no siempre ha sido así, la prensa del siglo XIX y principios del XX, haciendo un alarde de libertad extremada, descubrió los truculentos líos que salpicaban la vida de los gobernantes de la época, relacionando sin tapujos lo profesional con los espectaculares devaneos que muchos protagonizaron muy a su pesar.        
El paso del tiempo hace que hechos que fueron inmorales y verdaderamente escandalosos se vuelvan cándidos e inocentes; pero otros se amplifican con el transcurrir de los años resultan igual de obscenos y escabrosos que cuando sucedieron en su momento.    Fernando Bruquetas, con un lenguaje elegante y preciso, desvela algunas de las facetas que han ocultado los políticos españoles contemporáneos y por las que los historiadores han pasado de puntillas. Este es un libro preñado de anécdotas veraces y situaciones pintorescas que fueron motivo de muchas decisiones personales que provocaron enfados, pleitos, asonadas revolucionarias y grandes cambios en la historia de España.

¿Quiénes fueron los políticos y militares a los que se atribuyen las paternidades de los hijos de Isabel II?
¿Cuál era el motivo por el que a Manuel Azaña se le apodó «la Pluma»?
¿Por qué sus compañeros militares llamaban a Franco «Miss Canarias»?
¿Cómo se relacionaron los jóvenes diputados de la Transición con las periodistas que cubrían la información política aquellos años?

lunes, 29 de septiembre de 2014

FELIPE II COMO SEGUNDA OPCIÓN



En 1559 se firmó la paz de Cateau-Cambresis, acabando de momento con la continua contienda entre franceses y españoles. En una de las cláusulas se estipulaba que la futura reina de España debía ser francesa. Esto no tendría que ser un gran problema, pues era evidente que Felipe II pensaba casar a su hijo Carlos con la hija del rey de Francia, Isabel de Valois. Era lo más normal pues ambos solo se llevaban un año de edad. Pero el padre, viendo que el príncipe de Asturias comenzaba a sufrir cierto tipo de demencia, y como no se podía echar atrás sobre lo firmado, decidió el mismo casarse con la joven, a la que sacaba nada más ni nada menos que ¡dieciocho años!. La boda se celebró en primer lugar por poderes aquel mismo año en París, y posteriormente de facto en Guadalajara al año siguiente. Pero como no hay mal que por bien no venga, ambos se compenetraron muy bien y tiempo después Isabel se convirtió en la madre de las dos hijas preferidas del monarca español: Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. La reina murió de resultas de este último parto en 1568, curiosamente el mismo año en que también moría su primer pretendiente, el príncipe Carlos.

domingo, 28 de septiembre de 2014

EL NOMBRE TUVO LA CULPA



Aunque durante la Edad Media el nombre de Urraca era bastante común, hubo algunas personas que le mostraban cierto rechazo debido a las connotaciones que desprendía aquella ave. Una de ellas fue Leonor de Aquitania, que por tener aversión al susodicho nombre le cambió la esposa a su hijo. Se dice que le ex reina de Francia y reina madre de Inglaterra decidió ella misma cruzar los Pirineos en pleno invierno para buscar a su nieta, Urraca, que a la vez era la hija mayor de Alfonso VIII de Castilla, y así casarla con el delfín Luis. Según parece cuando llegó ante ella no le agradaron las maneras de la joven, pero sí en cambio las de su otra nieta Blanca que en ese momento tenía doce años y a la que veía una mujer más fuerte y decidida. A Leonor de Aquitania, por tanto se le presentó un problema pues debía explicar los motivos de por qué no había elegido a Urraca.  Es por ello por lo que dijo a todo el mundo que no había elegido a la hermana mayor debido a que los franceses no aceptarían nunca a una reina que tuviera el nombre de un ave de tan mal agüero, pero si en cambio a una que tuviera el de Blanca, que es signo de pureza.

sábado, 27 de septiembre de 2014

LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN



Hacia 1506, estando el rey Fernando II de Aragón, más conocido como El Católico, en un pueblecito de la bahía de Génova, mientras comprobaba el estado en el que se encontraban sus nuevos dominios italianos, llegó a sus oídos unos rumores inquietantes que venían a decirle que su lugarteniente Gonzalo Fernández de Córdoba, “El Gran Capitán”, estaba, por un lado, dilapidando el patrimonio real en beneficio propio, y que a la vez también estaba pensando en dar un golpe de mano para convertirse en rey de Nápoles.

Rápidamente el monarca aragonés acordó una reunión con él, y tras darse una breve y cordial bienvenida, Fernando se dirigió sin más dilación al meollo del asunto. Para que le demostrara su lealtad, exigió al Gran Capitán que justificara los gastos que había realizado como virrey de aquel lugar, pero éste, molesto por aquella ridícula petición, le mostró la siguiente lista en la que venían especificados aquellos supuestos fraudes exorbitantes junto con una aclaración a base de conceptos absurdos. Sin prisa, pero sin pausa, le recitó lo siguiente:

Cien millones de ducados en picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo. Ciento cincuenta mil ducados en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por las almas de los soldados del rey caídos en combate. Cien mil ducados en guantes perfumados, para preservar a las tropas del hedor de los cadáveres del enemigo. Ciento sesenta mil ducados para reponer y arreglar las campanas destruidas de tanto repicar a victoria. Finalmente, por la paciencia al haber escuchado estas pequeñeces del rey, que pide cuentas a quien le ha regalado un reino, cien millones de ducados.

Cuando ya iba por la mitad de la lectura, el monarca, con el rostro colorado por la vergüenza, quiso cambiar de tema, pues él mismo se había dado cuenta de que los rumores eran infundados y que verdaderamente había recibido toda una lección de humildad. Esta historia, todavía no probada por los especialistas, pone de manifiesto dos cosas. Una, la actitud generosa y noble del militar; y dos, por el contrario, la imagen mezquina del rey católico, a quién nunca le importó dejar tirados a sus mejores hombres tras haber conseguido lo que deseaba.

jueves, 25 de septiembre de 2014

EL NOMBRE DE DIOS - Javier Martínez-Pinna



En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas (Juan. 1:1-3)

Cuenta la leyenda que poco antes de la caída de la Península en manos de los moros, el rey de los visigodos, Don Rodrigo, estaba falto de dineros con el que sofocar las continuas revueltas y amenazas que azotaban su reino. Un buen día se enteró que en Toledo existía un castillo señorial guardado por siete llaves y siete puertas y que en su interior había un gran tesoro, originario de los tiempos en que el mítico Hércules hacía sus correrías antes de que ni siquiera existiera la palabra Hispania. Pero cuando don Rodrigo ya se precipitaba hacia ese lugar un sabio le dijo que sobre aquel tesoro pesaba una maldición y que aquel que osara violentar su secreto no solo perdería su vida sino todo el reino. El osado rey, encegado por el brillo del oro, no le hizo casi y con la sola ayuda de su espada violentó las siete cerraduras y acto seguido irrumpió cual toro en la maravillosa sala en donde tal vez se hallara la solución a todos sus problemas. Pero allí no encontró nada de valor, alguien se le había adelantado, pues solamente había una mesa de madera con un pergamino mohoso que a primera vista no tenía gran valor. Pero cuando lo desenrolló sus ojos se quedaron asombrados al contemplar las confusas imágenes de unas personas, de figura enjuta, morenos, tocados con unos turbantes blancos y armados hasta los dientes que le miraban fijamente. Y bajo ellos su propio cuerpo, atravesado por mil lanzas. Tiempo después aquella amenaza se cumplió al lado del río Guadalete pues en verdad no solo perdió su vida sino también todo el reino visigodo junto con sus grandes y misteriosos tesoros.

Lo primero duda que nos asalta al leer esta leyenda, es lo siguiente ¿qué es lo que había dentro de aquel lugar? Y lo segundo ¿por qué desapareció y quién tuvo tanta prisa en llevarse el tesoro? Mucha gente ha querido buscar la respuesta, pero solo algunos se inclinan a dar una opinión clara. En lo que casi todos coinciden es en señalar a lo que se ha denominado como el Grial del Oriente: La Mesa de Salomón. ¿Era este el tesoro? Y ¿Qué se sabe de esta fantástica reliquia? El autor Javier Martínez-Pinna, en su libro El Nombre de Dios, editado por Nowtilus recientemente, mediante un estilo claro, directo y apoyado por un gran aparato crítico y documental es el encargado de hablarnos de la importancia, origen y enigmas que existen alrededor de este tesoro buscado por cientos de personas alrededor de la historia.

A través de sus 250 páginas, el autor nos habla del devenir de esta Mesa (algunos la llaman espejo) desde el mismísimo momento en que supuestamente fue creada en los tiempos bíblicos de Moisés y Salomón, pasando por su expolio durante el saqueo de Jerusalén por las fuerzas romanas de Tito en el año 70 d.C; su traslado definitivo a la Península desde la caída de Roma en el 410 a manos de los godos de Alarico; y finalmente su hallazgo por parte de los musulmanes de Tariq y Muza en el 711 siendo llevado a Oriente en donde se pierde su rastro. Aun así, son muchos los que la han seguido buscando ya que opinan que La Mesa de Salomón acabó quedándose en la Península Ibérica pues antes de que los moros la encontraran algunos sabios se encargaron de enterrarla en algún lugar secreto, supuestamente en Toledo, Jaén… vayan ustedes a saber.

Entonces ¿qué es la Mesa de Salomón y por qué todo el mundo la busca con ansia? Esta misteriosa reliquia ha quedado a la sombra de otros famosos tesoros por lo que normalmente el vulgo no tiene mucho conocimiento de su existencia. Tanto es el desconocimiento que se tiene de ella que incluso hasta los expertos en el tema están divididos en hallar su naturaleza y esencia. Para empezar hay que señalar que unos la llaman Mesa, mientras que otro Espejo, y que su poder radica en que o bien muestra en su clara faz todo el mundo conocido; el pasado y el futuro de la humanidad; o que mediante la alineación perfecta de su geometría se puede hallar el Nombre Secreto de Dios o Shem Shemaforash y que gracias a el y su acústica se puede crear vida, modificarla o eliminarla. ¿Cómo era esta Mesa-Espejo de Salomón? Existen grabados e imagines posteriores pero pocas descripciones fehacientes. Por ejemplo el historiador musulmán al-Maqqari nos dice lo siguiente:

La Mesa estaba hecha de oro puro, incrustado de perlas, rubíes y esmeraldas, de tal suerte que no se había visto otra semejante (…) estaba colocada sobre el altar de la iglesia de Toledo, donde la encontraron los musulmanes, volando la fama de su magnificencia. Ya sospechaba Tarik lo que después sucedió de la envidia de Muza, por las ventajas que había conseguido, y que le había de ordenar la entrega de todo lo que tenía, por lo cual discurrió arrancarle uno de los pies y esconderlo en su casa, y éta fue, como es sabido, una de las causas de que Tarik y Muza disputasen ante el califa sobre sus respectivas conquistas, disputa en la que Tarik quedó vencedor.

Esta ausencia de noticias claras y encaje de bolillos es lo que ha producido que desde su misteriosa desaparición han sido legión los que la han buscado desde hace cientos de años. Personajes históricos importantes, ciudades y lugares como la imperial Toledo, el Reino Santo de Jaén, Medinaceli, Alcalá de Henares, u oscuras sectas como la los Doce Apóstoles, han sido subyugados o responsables de haber albergado este grial tan enigmático. Les invito a que conozcan la historia de la Mesa de Salomón, sus enigmas y claves, y que a la vez se dejen subyugar por una de las leyendas más importantes de todos los tiempos a través de las páginas de la obra de Javier Martínez-Pinna, El Nombre de Dios. No les defraudará.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LUCHA DE EGOS



Desde que los electores del Sacro Imperio Germánico habían elegido a Carlos I de España como Emperador en 1520, las hostilidades con su eterno rival, el rey Francisco I de Francia, habían crecido, llegando el clímax de esta disputa a la batalla de Pavía (1525) donde franceses y españoles lucharon bravamente, alzándose estos últimos con una gran victoria. Allí un soldado vasco llamado Juan de Urbieta tomó prisionero al rey galo que inmediatamente fue llevado a España, en concreto a Madrid,  para que firmara un tratado de paz beneficioso al bando imperial. Según cuenta la leyenda, durante todo el cautiverio, el ya emperador Carlos V estuvo obsesionado con una idea: que el monarca francés se arrodillara ante él y le pidiera clemencia por sus actos. Pero Francisco I era una persona muy orgullosa y continuamente se negaba a mostrar cualquier atisbo de sumisión. Es por ello que Carlos V pensó en una estratagema para que su contrario doblara por fin las rodillas. Hizo colocar en el dintel de una sala de palacio un tablón que obligara al rey francés a inclinarse cuando entrara por la puerta. Cuando la obra estuvo concluida mandó poner cerca de la puerta un trono en el que se sentó, y acto seguido, dando grandes voces, comenzó a llamar a su homónimo real. Cuando Francisco se acercó a la puerta rápidamente se percató del truco, por lo que antes de entrar se agachó, dio la vuelta y comenzó a entrar hacia atrás enseñándole el trasero a Carlos V. 
Punto a favor del rey francés.