Hambre, hambre. Madrid empezó a sufrir
hambre al mes de empezar la guerra. Una vez estuvimos tres días con un huevo
frito, untándolo y guardándolo… Yo no tenía miedo a morir, lo que tenía era el
dolor de estómago que da el hambre (…) Recuerdo que mi hermana (vivía en
Madridejos) me puso huevos fritos para
comer y yo por poco me muero, primero de placer y luego de dolor de estomago.
¡Dos huevos fritos con aceite de oliva y untando el pan! El día más feliz de mi
vida. Y luego me puse mala (Gloria Fuertes)
Madrid, por
culpa de otra guerra ya había pasado hambre. Este penúltimo caso se produjo
durante la Guerra de Independencia, entre 1811 y 1812, en donde el soldado
francés Nicolás Marcel, por citar un testigo de esa tragedia, vio como un niño que acababa de morir de inanición
fue comido por sus pequeños compañeros, que devoraban delante nuestro sus
miembros descarnados. Pues bien, más de un siglo después el martirio de
Tántalo y la guerra volvieron a enseñorearse de la capital del Reino de España.
Esta vez durante la guerra fratricida que asoló nuestro país entre 1936 y 1939.
Durante esos tres años la ciudad fue asediada por las tropas nacionales, y de
la misma forma las tropas republicanas consiguieron pararlas en la fortaleza en
que se convirtió ese gran rompeolas de nuestro país que es Madrid. Por un lado
se puede ver como un acto heroico, pero por otro lado esta defensa numantina
tuvo como consecuencia el desabastecimiento de la urbe y, debido a ello, el
hambre que sufrieron alrededor de un millón de personas durante más de 30 meses.
Para comprender como lo vivieron, cuál fue su desarrollo y los medios de
abastecimiento que emprendieron las autoridades madrileñas les invito a analizarlo
(y comprenderlo) a través del interesante trabajo realizado por Carmen
Gutiérrez Rueda y Laura Gutiérrez Rueda en su libro El hambre en el Madrid de la Guerra Civil (1936 – 1939) (Ediciones
La Librería, 2014)
Para centrarnos
en este triste episodio de nuestra Historia, las autoras, primero, encuadran la
situación hablándonos del avance de las tropas sublevadas hacia Madrid y los
diferentes caminos que éstas emprendieron para llegar a los alrededores de
Madrid entre Octubre y Noviembre de 1936 y las disposiciones que la Junta de
Defensa de Madrid tomó para repeler al enemigo creando una red de trincheras
alrededor de la capital, sobre todo en el flanco Oeste, Noroeste y Sur; distintas
fortificaciones claves en esos puntos y de resultas de ello las distintas
batallas que se produjeron como la sangría ocurrida en Ciudad Universitaria y
el Hospital Clínico, el toma y daca bélico del Retiro, y así hasta el fallido
intento de toma de la ciudad cerrando el asedio por el Este en la Batalla de
Guadalajara (1937) que tenía la intención cortar la carretera de
Madrid-Valencia y así cerrar con condado de hierro el cerco a la capital. Al
fracasar este último movimiento dicho asedio quedó parado en una guerra de
desgaste que duraría tres largos años y que los madrileños sufrirían, nunca
mejor dicho, en sus propias carnes.
Tras ponernos en
situación, Carmen y Laura Gutiérrez Rueda (entiendo por los apellidos que
pueden ser hermanas) nos llevan al grueso del tema que nos tratan: el
abastecimiento de Madrid, que siempre fue difícil y escaso. El causante de ello
fue sobre todo la desorganización y la improvisación que hubo al iniciarse el
asedio. Llama la atención el tema de la despreocupación pues aunque parezca increíble
en los primeros compases del susodicho asedio hubo un gran derroche de
alimentos, como si no hubiera un mañana, tanto que incluso se mató gran parte
de las vacas y toros de los alrededores sin previsión alguna, sin control,
echándolo de menos los años posteriores en que solamente se daba carne en las
cartillas de racionamiento por prescripción médica. Y si hablamos de cartillas,
éstas inevitablemente nos conduce al segundo tema: los conflictos y
competencias derivadas de la multiplicidad de jerarquías que querían manejar la
distribución de los alimentos en Madrid. Partidos políticos y sindicatos daban
comida a sus afiliados, iban a las tiendas que empezaban a estar desabastecidas
y se llevaban lo que quedara dando una especie de vales que no servían para
nada. Y a esto se sumaba la lucha en la Junta de Defensa de Madrid por ver quién
canalizaba la distribución alimenticia, pisándose unos a otros llegando a haber
incluso cartillas de racionamiento duplicadas o triplicadas. Y si todo esto no
fuera suficiente la falta de transporte dificultaba el ingreso de comida en la
capital. No solo era difícil la comunicación entre Valencia y Madrid por la
única vía de acceso por carretera sino que también los milicianos de retaguardia
acaparaban los transportes o bien para acercar tropas al frente o acercarse a
mirar las trincheras y por la tarde volverse a casa a dormir o darse un garbeo por
la ciudad derrochando gasolina que hubiera sido necesaria para otros
menesteres. Y finalmente, a todo este desbarajuste político-logístico que
claramente repercutía en los estómagos de los famélicos madrileños que querían
sobrevivir día a día, se le añadía la picaresca española: el acaparamiento de
productos, el mercado negro, los fraudes (obvio) en las cartillas de
racionamiento o la especulación y el trueque.
Y así durante más
de 30 meses. Es por ello que este trabajo se ha complementado con casi un
centenar de testimonios de personas que sobrevivieron a la gran hambruna. Cada
testimonio le pone a uno los pelos de punta porque son verdaderas historias de
supervivencia. No hay invención alguna. Las hay desde las más duras en las que
se luchaba prácticamente por conseguir un simple alimento, como un huevo por
ejemplo, carne de perro, gato o burro, pasando por las que nos ejemplifican como
era la jornada cotidiana por conseguir los alimentos que aportaran las calorías
necesarias con las que pasar el día (no
llegaba ni de lejos), como se hacía trueque en los pueblos de los alrededores,
los viajes hasta allí por conseguir una simple berza mientras las balas le
silbaban a uno cerca de la cabeza, la valentía de las madrileñas que hacían colas
en las pocas tiendas que daban alimentos mientras las bombas caían a su lado y
ninguna se movía para no perder la vez; y las hay en las que dentro de la tragedia
cotidiana el testigo octogenario todavía las recuerda con humor (un tanto
negro, la verdad) o con asombro surrealista como aquel que rememora cuando se
encontró para comer un pavo real y su carne era muy dura pero que luego se
consolaron jugando con las plumas de esa bella ave. Al final incluso tuvieron hasta problemas
para tener encendido un simple fuego con el que cocinar los reducidos alimentos
que se conseguían quedando muchas casas por dentro totalmente vacías pues además
de los muebles habían tenido que quemar el suelo de madera (si lo había), las
puertas, contraventas, libros, revistas, llegándose a darse de tortas por conseguir
algún trapo con el que prender la cocina. Imagínese uno este panorama en los
duros meses de invierno meseteño.
Por tanto, la
carencia de alimentos y la continua lucha de la vida, pasaron factura a lo
largo del tiempo. Las autoras nos cuentan que tras terminar la guerra y entrada
de las tropas nacionales en Madrid el 29 de Marzo de 1939 una serie de médicos
hicieron un estudio para observar que enfermedades había producido el hambre
durante el asedio. Y estos fueron, en grandes líneas, las enfermedades más
comunes: Pelagra, neuropatías carenciales, neuritis óptica y acústica, glositis
simple y edemas de hambre. A lo que claro está hay que añadirle las cientos de personas
que murieron por ésta durante aquel tiempo. Así pues, tras orientales por el
libro que les traigo, El hambre en el
Madrid de la Guerra Civil (1936-1939) no queda otra que recomendárselo, y aunque
sea algo sintético en el tema tratado es francamente interesante de leer para
que el lector se haga a la idea de uno de los episodios más duros de nuestra última
guerra civil.
Carmen Gutiérrez
Rueda y Laura Gutiérrez Rueda, El hambre
en el Madrid de la Guerra Civil (1936 – 1939). Madrid, Ediciones La
Librería, 2014, 158 páginas.