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domingo, 27 de septiembre de 2026

LOS PRIMEROS COLONOS EUROPEOS DE AUSTRALIA

 

Australia se llama de esta manera porque en la antigüedad se creía que había un continente en el Sur llamado Terra Australis. Luego los exploradores holandeses pasaron a llamarla Nueva Holanda, pero no fue hasta 1770 que el capitán británico James Cook dictaminó que Australia era una isla enorme. En la actualidad es uno de los países más avanzados del mundo, pero ¿qué me dirían si supieran que esta isla fue fundada por una colonia de presos venidos del Viejo Continente? Pues sí, y para  conocer el por qué hemos de remontarnos a finales del siglo XVIII cuando el Reino Unido tenía un gran problema con la gestión de presos. En aquellos años las cárceles estaban saturadas llegándose incluso a meter en la misma celda a raterillos junto con auténticos psicópatas o niños a los que se les acusaba simplemente de mendigar por las calles. Debido al rigorismo de la ley las cárceles estaban a reventar y ya no se podía enviar su excedente a las colonias americanas porque éstas ya se habían independizado con anterioridad.

¿Qué hacer entonces? Se había probado a crear barracones exteriores o llenar barcos en desudo, e incluso enviar contingentes de presos al África Occidental pero todo eran simples parches que no servían para resolver el problema. La solución la trajo precisamente los recientes viajes de exploración que había realizado hace poco el capitán James Cook. El que había sido el biólogo de la expedición, Joseph Banks,  alegaba que en las costas australianas (futura Nueva Gales del Sur) había un puerto natural llamado Botany Bay (Bahía Botánica) en el que se podía fundar una colonia de nueva planta y de esta manera, a la vez, aligerar las atestadas cárceles inglesas. En 1788 llegó a Botany Bay la primera flota de presos pero enseguida se dieron cuenta que el lugar era bastante insalubre. Arthur Philip, jefe de la expedición decidió entonces navegar más al Norte hasta encontrar un lugar ideal para fijar un asentamiento. Y lo encontró. Se llamó Port Jackson pero pronto fue conocido como Sidney, en honor a Thomas Thownshend, lord Sidney, quien había sido el promotor de este viaje.

Los primeros tiempos fueron bastante desastrosos: enfermedades, hambrunas, luchas entre los presos quienes tenían que construir sus propios barracones, y aunque el gobernador Phillip pedía ayuda a la metrópoli ésta, en verdad, les hacía poco caso ya que optimaban que había motivos más importantes que preocuparse por una colonia-vertedero donde se vaciaba cada cuanto la hez de sus cárceles. Los presos, que seguían llegando a cientos se ocupaban, en condiciones bastante denigrantes, de la construcción de carreteras, puentes o futuros emplazamientos; también de labores domesticas y agrarias como roturar los campos o cuidar del ganado. Incluso muchos de ellos acabaron siendo esclavos de los nuevos colonos libres que iban llegando cuando Nueva Gales del Sur fue prosperando poco a poco.


martes, 6 de enero de 2026

EL GUARDIAMARINA HORNBLOWER - C. S. Forester

 

Si de buenas a primeras, a bocajarro,  comienzo esta humilde reseña lanzándoles  el nombre del novelista Cecil Scott Forester (1899 – 1966) apuesto a que a muchos de ustedes no les sonara de nada. Aunque  los más avezados en el género de la literatura marítima quizás sí lo sepan estoy seguro de que para la gran mayoría del vulgo éste sea un escritor desconocido. Pero si les digo que este buen hombre es el responsable de que algunas de sus obras literarias se hayan convertido en películas de culto, clásicas (es decir, eternas) como La reina de África (1951), Orgullo y Pasión (1957, en España se tituló El gran cañón ¡menuda traducción!) es de suponer que la niebla empieza poco a poco a disiparse. Y si a esto, ya yendo al quiz del libro que les presento,  añadimos otra película, interpretada por Gregory Peck y Virginia Mayo, titulada El Hidalgo de los Mares (1951), que originalmente se llamó Captain Horatio Hornblower (de nuevo ¡viva la traducción hispana!) muchos de ustedes ya habrán caído en cuenta de la gran saga de aventuras que ahora les traigo.

Nuestro autor escribió entre 1937 y 1966 un total de once volúmenes ambientados en el mundo de los navíos que surcaron los mares en tiempos de la guerra que mantuvo Inglaterra contra la todopoderosa Francia de Napoleón Bonaparte entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Y para ello tomó como protagonista de esta saga a un valiente marino llamado Horatio Hornblower. Es de imaginarse que el nombre del susodicho protagonista es un homenaje a otro Horatio, es decir, Nelson, héroe de Trafalgar. C. S. Forester, tomando como antecedentes a otros autores clásicos ingleses como Frederick Marryat, sobre todo su obra De grumete a Almirante (1834), y fusilando gran parte de epistolarios marítimos de la época, compuso una serie de libros en que Horatio Hornblower ira pasando, de volumen en volumen, por los diferentes grados de la marinería desde guardiamarina hasta almirante y de esta forma mostrarnos como era el arriesgado mundo en el que un brillante corso parecía comerse a toda Europa pero al que le era imposible conquistar los mares frente a unos marineros que no dudaban en dejar sus vidas en pos de la libertad de su querida Albión, pues ¿quién no se acuerda de la flamígera arenga que lanza el capitán Aubrey en la película Master and Commander (2003): “¿Queréis ver una guillotina en Picadilly? ¿Queréis llamar rey a ese andrajoso de Napoleón? ¿Qué vuestros hijos canten la Marsellesa? Señor Mowett, señor Pullings, batería de estribor.”

domingo, 2 de mayo de 2021

LA DUQUESA DE ALBA: LA NOBLE MÁS CASTIZA DE TODAS

 

A lo largo del siglo XVIII, sobre todo hacia mediados y finales, se puso de moda entre los nobles hispanos la costumbre, por diversión, de disfrazarse como la gente corriente o de baja cuna, más concretamente como los manolos y manolas de los barrios más humildes. Lo hacían en sus fiestas privadas o incluso para mimetizarse entre los plebeyos cuando emprendían alguna aventura a altas horas de la noche. Y la que era la más manola de todas era sin lugar a dudas María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Silva-Bazán, la famosa duquesa de Alba (1762 – 1802). Cuando era joven había vivido en uno de sus palacios, en concreto el de Lavapiés, y allí, al principio, le gustaba ver a través de los visillos o a escondidas a los majos y majas que pasaban cerca de palacio, pero con el tiempo paso de simple mirona a querer imitarlos y vestirse como ellos escapándose muchas veces de su residencia para ir a barrios más castizos donde poder divertirse. Además también hizo suya la costumbre de ir acompañada de un petimetre que era a fin de cuentas un tipo vestido a la última que solía acompañar a las damas casadas de alta alcurnia mientras el marido estaba ocupado en otros quehaceres; hacer la corte a su dueña (sin llegar a propasarse); chapurrear algo de francés, y saber bailar los últimos bailes de moda. La duquesa, entre fandango y fandango (que era por aquella época un baile muy atrevido) se dejaba ver vestida de maja o manola en cualquier parte como por ejemplo las corridas de toros, los estrenos teatrales, o cualquier espectáculo que ofrecieran las calles de Madrid. No le importaba ya que, a pesar de ser noble, no tenía que pedir permiso a las altas esferas y le gustaba exhibir su libertad allá donde fuere.

miércoles, 29 de abril de 2020

EL DUENDE CRITICÓN



José Patiño (1666 – 1635) fue uno de los grandes ministros de confianza del rey Felipe V. Fue uno de los mejores políticos de su tiempo, intendente general de la Armada, secretario de Marina e Indias, y también de Guerra y de Hacienda. Emprendió numerosas reformas y solucionó muchos de los problemas que tenía el rey dentro de la Corte. Y por eso mismo, por intentar poner orden dentro fue por lo que los cortesanos lo tacharon de usurpador y conspirador. Ocurrió por aquellos años, precisamente en 1735, cuando aparecieron en lugares estratégicos de la Villa de Madrid papeles impresos en los que se criticaba de forma irónica y dura la acción de algunos principales personajes del momento. En una de estas hojas manuscritas se podía leer lo siguiente: “Yo soy en la Corte / un crítico duende. / Tendrán mi visita / segura los jueves / aunque se opusieran / los siete durmientes”.

Y así fue. Todos los jueves aparecían noticias del Duende de Madrid no solo en iglesias, jardines, plazas y zonas concurridas, sino que incluso dejó sus noticias en la propia alcoba de la reina, en el despacho de Patiño e incluso en la mesa del Presidente del Consejo, el cardenal Molina. Y aunque estas proclamas se retiraban de manera inmediata muchos ya creían que era un verdadero duende quien las ponía porque tenía la habilidad de dejar sus hojas manuscritas en lugares en los que casi era imposible de acceder. Tanto era el asombro de villanos y cortesanos que incluso al año siguiente, al morirse José Patiño, se creyó de verdad que era obra del mismísimo Duende de Madrid. Pero todas estas elucubraciones cesaron pronto porque al poco tiempo el famoso duende fue cazado en Talavera. Se trataba de un carmelita descalzo, Fray Manuel de San José, el cual pertenecía a una ilustre familia portuguesa y era, además, un acérrimo simpatizante de la causa austriaca en la Guerra de Sucesión. Por su condición de religioso fue encerrado en el Monasterio de san Hermenegildo pero al poco consiguió escaparse de manera magistral dejando cerrada la puerta de su celda. Huyó a Portugal y a la muerte de Felipe V volvió a España, aunque ya no para criticar.

Como curiosidad señalar que los manuscritos del Duende de Madrid no se perdieron en el tiempo pues se hayan celosamente guardados en la Hemeroteca Municipal de Madrid.

viernes, 21 de julio de 2017

LOS NIÑOS CANTORCITOS



Para cualquier amante de la música clásica la figura de Carlo Broschi, más conocido como Farinelli (1705 – 1782), no solo es reconocida, sino también admirada. Es sabido que en el primer tercio del siglo XVIII, alrededor de1737,  fue llamado por la reina Isabel de Farnesio  para que con su música curara a su esposo Felipe V de su eterna “melancolía”. A partir de entonces Farinelli se convirtió en un personaje importante dentro de la corte española, y tan buenos servicios ofreció que poco después su musicoterapia fue también utilizada por Fernando VI. Este hecho es totalmente constatable en cualquier libro de historia de España, pero lo que es menos conocido es que desde el siglo XVI también existía en Madrid una institución llamada Real Colegio de Niños Cantores, más conocida por el pueblo llano como Los niños Cantorcitos.

Estaba situada en la céntrica calle de Leganitos y se dedicaba a educar a niños “no enteros” es decir castrados en el arte de la música. Y no bastaba con que los niños tuvieran que ser de sangre limpia, es decir que no hubiera mezcla morisca y judía, sino que además de estar castrados debían pasar unos examen muy rigurosos para entrar en el centro. Cada cierto tiempo se publicaban en los pueblos y ciudades algún tipo de bando en el que se anunciaba que se abría la matricula para el Real Colegio y muchos eran los padres que no dudaban en castrar a sus hijos para que entraran en él. Ahora, en nuestro tiempo, esta práctica, la de la castración, la observamos como una abominación, pero en aquellos años era la única salida que tenían muchos padres para conseguir que su hijo tuviera una “voz delgada” y entrara en dicha institución, pues es sabido que con su admisión se conseguía un sueldo para toda la vida.
La práctica continuada de la castración fue habitual hasta 1834 en donde se prohibió tal operación con fines musicales, provocando por tanto que el Real Colegio de Niños Cantores entrara en declive y cerrara sus puertas definitivamente.

domingo, 20 de marzo de 2016

EXPEDIENTE X EN EL ALCÁZAR DE MADRID



Aunque Felipe V había  recibido de pequeño en Versalles una educación muy estricta en lo que respecta a temas religiosos, una de las cosas que su tutor, el padre François Fenelón (autor de la primera novela juvenil: Las Aventuras de Telémaco), no le pudo quitar de la cabeza fue su obsesión por el sexo. Así que cuando años después murió su joven  esposa, la reina María Luisa Gabriela de Saboya, rápidamente sus allegados tuvieron que buscarle una nueva reina para que satisficiera sus apetitos sexuales. Y después de cribar en las cortes europeas, encontraron una dama algo llenita que seguramente iba a sofocar con creces las apetencias del monarca Borbón. La elegida fue Isabel de Farnesio, más conocida por el pueblo como la parmesana. Tras el casamiento el monarca volvió a cumplir en la cama pero tantas eran las ganas que tenía que un día se le ocurrió hacerlo en la misma habitación en la que había fallecido su anterior esposa. Mucha gente le recomendó al rey no hacerlo allí, en la misma cama en la que había yacido con María Luisa Gabriela de Saboya, pues seguramente atraería alguna maldición a la corona. El ardiente Felipe no les hizo caso y prosiguió con esa idea pero a la mañana siguiente los reyes se dieron cuenta que las sabanas donde habían hecho el amor brillaban con una misteriosa luz verdiblanca. Aquello dio mucho que hablar en la corte y rápidamente Isabel de Farnesio mandó quemar cualquier sabana, almohada, cortina o mantel  que hubiera estado en contacto con la anterior reina. Pero aunque esta especie de exorcismo se llevo a cabo en uno de los patios de palacio, la extraña fosforescencia volvió a repetirse en los ropajes nuevos del monarca y de la parmesana. Esto produjo terror en el Alcázar y un duro golpe a la débil salud mental de Felipe V. Hay que señalar que este misterio, el del brillo de las sabanas y las ropas reales, nunca se resolvió, quedando como uno de los enigmas más raros acaecidos en el antiguo Alcázar de Madrid.