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lunes, 16 de abril de 2018

EL VIAJE HACIA LA LOCURA


El 19 de Septiembre de 1506 el rey Felipe el Hermoso, para aliviar los rigores del calor y del esfuerzo sufrido tras jugar un duro partido de pelota, tomó un jarro de agua fría y de un trago se bebió casi la mitad. Este hecho puede parecer banal pero al día siguiente el monarca comenzó a sentirse mal, con fiebres y sudores, y casi una semana, a resultas de ello, entregaba su alma a Dios. El reino quedó desolado pero quien más lo sintió fue, sin duda alguna, su esposa Juana que si ya sufría de continuos problemas psicológicos aquel mazazo acabó con los pocos restos de cordura que en ella hubiera. Llama la atención que al principio no lloró y solo se preocupaba de si los nobles flamencos quisieran llevarse los restos de su marido a Flandes. Pero eso no quería decir que no hubiera perdido la cabeza por completo, pues al principio quiso que el cuerpo de su amado solo fuera velado por hombres y que no apareciera por allí ninguna dama de la corte ni ninguna monja. Los celos eran tan grandes, incluso en la muerte, que decidió que el difunto fuera enterrado en la Cartuja de Miraflores (Burgos) ya que era un edificio regentado por los cartujos (es decir todos hombres). Y tanta era su desconfianza con respecto al mundo que incluso iba de vez en cuando a ver el ataúd de su amado Felipe para ver si había resucitado y lo abría con una llave que ella únicamente llevaba alrededor de su cuello.

Fue enterrado en un principio en dicha Cartuja pero pasado unos días Juana se acordó que Felipe le había comentado alguna vez que quería ser enterrado en la Catedral de Granada. Así que tras desenterrar el cadáver organizó uno de los mayores disparates que se han producido dentro de nuestra Historia: una siniestra comitiva que iría desde Burgos hasta Granada en una serie de jornadas nocturnas. La marcha fúnebre se inició el 20 de Diciembre y ella estaba encabezada por cortesanos seguidos por un nutrido grupo de frailes que debían ir entonando oficios de difuntos continuamente. Después venía otro grupo de damas feas o con alguna tara física (no vaya a ser que al cadáver le diera por correrse una juerga)  y finalmente unas andas escoltadas por soldados bien armados portando antorchas con las que orientarse en las frías noches castellanas.

Hay que imaginarse la imagen que daba esta comitiva. Los lugareños veía como unas antorchas, al igual que la Santa Compaña, se acercaban de noche al pueblo y que un ataúd lo cruzaba envuelto en un canto para muertos. Tal imagen debía poner los pelos de punta incluso al más valiente. Es entonces cuando algunos historiadores creen que la gente comenzó a llamar Loca a la reina Juana. Y es que incluso cuando paraban en alguna localidad de los páramos de Burgos, Palencia o Valladolid, los soldados mandaban encerrar a las jóvenes en las casas para que el rey difunto no se pudiera fijar en ellas. Esas eran los órdenes de una reina que ya no estaba en sus cabales. Finalmente, tras varios meses de periplo, el padre de Juana, Fernando el Católico, decidió tomar cartas en el asunto y, por un lado encerrar a su hija en Tordesillas y por otro llevar el cadáver del desastrado Felipe hasta Granada, en donde reposa tranquilamente hoy en día junto a aquella que perdió la cabeza por una verdadera locura de amor.

viernes, 7 de julio de 2017

EL HARÉN DE MARÍA CRISTINA



En cierta ocasión el embajador de Marruecos decidió hacer una visita a España con la intención de unir lazos entre los dos países y de paso conocer las costumbres del país. En una de sus paradas fue agasajado por la Corte  que en esos momentos estaba presidida por la regente María Cristina de Habsburgo y Lorena, esposa del difunto Alfonso XII. Le enseñaron el Palacio Real, las calles más castizas de Madrid y le presentaron a diferentes personalidades que frecuentaban el entorno de la reina, entre ellas las damas de la corte. Pero lo que no sabía el embajador alauita es que a la viuda le gustaba rodearse de mujeres que fueran poco agraciadas físicamente ya que conociendo la forma de ser de su esposo siempre tuvo miedo de que se liara con alguna de ellas. Es por ello que cuando el embajador vio aquellas damas avejentadas y decrepitas se llevó una mala impresión del entorno de la reina por lo que cuando regresó a su país escribió en el parte de su viaje: “El Palacio de Madrid es magnífico, muy grande. La reina es muy distinguida y agraciada, pero el harén es flojito, flojito…”

miércoles, 14 de junio de 2017

EL ÓPALO MALDITO



En la corte española, en concreto en la Casa Borbón, existe una historia bastante truculenta entorno a un anillo que supuestamente estaba maldito y que algunos creen llevó a la tumba a varios miembros de la familia real. Todo empezó cuando Alfonso XII se enamoró de una aristócrata italiana llamada Virginia Oldoini, condesa de Castiglione, más conocida como la “Perla de Italia”, quien a su vez había sido tiempo atrás amante de Napoleón III. Mucha gente pensaba que con el tiempo se iba a casar con ella pero éste, en vez de ello, matrimonió con su prima María Mercedes de Orleans. Parece ser que este casamiento sentó bastante mal a la aristócrata italiana quien de manera inocente acabó regalando a la feliz pareja un anillo con un gran ópalo cuajadito de oscuras maldiciones. Al rey español le pareció un presente de lo más bonito y decidió que lo portara su joven esposa. Sea o no de resultas de este regalo a los cinco meses María Mercedes fallecía (1878) convirtiéndose de la noche a la mañana en la primera víctima del ópalo maldito. Después Alfonso XII no sabiendo que hacer con el anillo se lo regaló a la otrora reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias la cual murió dos meses después, en Agosto del mismo año. Suma y sigue. Ya van dos.

Aunque aquí no se acaba el rosario de muertes porque a la cuñada del rey, María-Cristina Francisca de Orleáns le gustó tanto el anillo que quiso quedárselo, y como no sabía lo que hacía ese gesto tan caprichoso la llevó a la tumba: muere de tuberculosis en Abril de 1879. El rey no se daba cuenta de lo que tenía entre manos y pasado el tiempo el anillo de oro cae en la inocente  María Pilar, hermana del monarca, quien como es natural murió en Agosto de una enfermedad repentina a la vez que extraña. Pero como todas las maldiciones alguna vez tienen que terminar ésta lo hizo llevándose por delante la vida del propio Alfonso XII (1885). Su segunda esposa María Cristina de Habsburgo rápidamente quiso deshacerse del anillo ofreciéndoselo a Nuestra Señora de la Almudena. Aunque antes de depositarlo junto a la patrona de Madrid pidió que lo exorcizaran rociándolo con una buena cantidad de agua bendita y alguna que otra bendición. Llama la atención que pasados unos días de haberlo donado a la iglesia el ópalo desapareció y nunca más volvió a saberse de él.

jueves, 15 de octubre de 2015

DESEANDO PARIR ESPAÑA



En 1679, el enfermizo rey español Carlos II, se casó con la sobrina del rey Luis XIV de Francia, María Luisa de Orleans, pero debido al gran número de achaques que sufría el monarca no lograba engendrar un varón con el que asegurarse su descendencia. No solo los nobles esperaban que se consumara el matrimonio sino que también el pueblo estaba ansioso por ello ya que aunque no eran expertos en política, sabían muy bien que si el rey no lograba tener varón posiblemente en un futuro habría guerras por alzarse con el trono hispano. Es por ello que entre el pueblo madrileño fue corriendo de boca en boca la siguiente coplilla:

Parid, bella flor de lis,
Que en aflicción tan extraña,
Si parís, parís España,
Si no parís, a París.

Y como estaba cantado, la reina murió diez años después sin engendrar varón.

jueves, 20 de agosto de 2015

EL DEBIDO RESPETO A LA MUERTE



Se dice que la reina Isabel la Católica tenía una curiosa costumbre: cuando pasaba al lado de un cadalso u horca, se paraba a su lado y lo saludaba con respeto. Un día uno de sus consejeros le pregunto por qué lo hacía, pues aquel lugar era de muerte. La reina le contestó: “Caballeros, de muerte no, de justicia, sobre todo, cuando el lugar está cuidado y atendido por hombres buenos y justos”. Llama la atención que tiempo después, su nieto, Carlos V, tuviera la costumbre de persignarse y quitarse el sombre delante de algún reo ahorcado. De nuevo, alguien le preguntó por qué lo hacía, y de la misma manera que su abuela, el emperador le contesto: “Por respeto a la Justicia”.