Hubo un tiempo en
que la Iglesia prohibía diseccionar cuerpos humanos. Los artistas y futuros
médicos, muchas veces en connivencia con sepultureros o religiosos que no
hacían ascos a aceptar unas monedas a cambio, permitían a los primeros realizar
estas operaciones en el más absoluto secreto, a la débil luz de unas pobres
velas y siempre con miedo a ser sorprendidos y ajusticiados a continuación. Fue
el papa Bonifacio VIII (1235 – 1303) quien en 1300 decretó que estaba prohibido
diseccionar, cortar o hervir trozos de un cuerpo bajo pena de ser excomulgados
y ahorcados si se era reincidente en el delito. Según parece esta era una
costumbre muy seguida por los cruzados quienes para transportar a uno de sus
compañeros caídos en combate procedían a despedazarlo y hervirlo en una gran
tinaja para que al final solo quedaran los huesos y así poder transportarlos de
manera más sencilla para entregárselos a sus familiares y darles una sepultura
digna. A la Iglesia nunca le gustó esta práctica por lo que emitió dicho
decreto el cual, después, se malinterpretó y se extendió a cualquier disección
que se realizara con fines anatómicos.
Mostrando entradas con la etiqueta Ciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciencia. Mostrar todas las entradas
lunes, 9 de diciembre de 2019
miércoles, 14 de febrero de 2018
LAS PRIMERAS PALABRAS DE UN GENIO
Debido a sus
grandes logros científicos, como por ejemplo haber postulado la Ley de la
Gravitación Universal, Sir Isaac Newton (1643 – 1727) fue elegido miembro de la
Cámara de los Lores. A partir de entonces, y desde ese día, todos los miembros
de esa institución, ya fueran tories
o whigs, deseaban oír sus primeras
palabras. Pero pasaba el tiempo y el gran científico no despegaba los labios en
ningún momento. Como si todo aquel mundo de la política no le interesara nada.
En cambio un buen día, en medio de una sesión, pidió la palabra. ¡Aquello era
extraordinario! En un clima de gran excitación, Newton se levantó y cuando los reunidos
ya esperaban oír un discurso que pasara a la posteridad, éste levantó un brazo,
lo giró hacia un lado y dijo: “Querría rogarles que cerraran esa ventana de la
derecha pues entra una corriente de aire espantosa”. Y ante el asombro de todos
se sentó de nuevo en su escaño y no volvió a decir nada.
miércoles, 25 de octubre de 2017
EL PRIMER CENTRO DE TRANSFUSIÓN DE LA HISTORIA
A comienzos de
la Guerra Civil Española (1936 – 1939), el doctor barcelonés Frederic
Durán-Jordá acudió al Hospital 18, en Montjuic, con la intención de trabajar
con los heridos que llegaban desde el frente de batalla. Después de estar unos
días colaborando y curando heridas sin descanso empezó a darse cuenta de que la
necesidad de sangre que debía transfundirse era superior a la que podía ofrecer
un paciente en las transfusiones directas, además de observar que en la mayoría
de las ocasiones dicha sangre llegaba a cuentagotas al frente (y eso si
llegaba). Así que junto con el Servicio
de Sanidad del Ejército Republicano creó el primer centro de transfusión de
sangre del mundo. La misión que tenía este Servicio Oficial era almacenar la
sangre conseguida mediante donaciones y después o bien llevarla a los
militares a través de unidades móviles o bien a los civiles que igualmente
sufrían bajo los bombardeos.
sábado, 24 de junio de 2017
LOS DIENTES DE WATERLOO
A lo largo de la
Historia siempre ha existido un interés por la odontología y el cuidado de los
dientes, ya sea con fines médicos como estéticos. Pero llama la atención como
en el siglo XVIII y parte del XIX este interés se convirtió en toda una moda
entre los más ricos de Inglaterra. Según parece eran muchos los burgueses que
demandaban piezas dentales para arreglarse la boca ya que gran parte de ellos las
tenían en mal estado con los dientes picados y ennegrecidos debido muchas veces
por el abuso del azúcar y por los nuevos tratamientos blanqueadores que al
estar compuestos de un fuerte acido desgastaban el esmalte y provocaban caries
y suciedad en los dientes. Es decir que quien no sufría fuertes dolores de
muelas le faltaba alguna pieza y en un mundo como aquel en el que la apariencia
lo era todo la demanda de dentaduras postizas era un verdadero negocio. ¿De dónde salían
los cientos de dientes que el mercado necesitaba? Pues de varios sitios. O bien
se los quitaban a los condenados a muerte tras ser ejecutados en la horca, o
eran “donados” por los más pobres con el fin de conseguir alguna moneda o un mendrugo
de pan; o incluso eran obtenidos de los mismos cementerios donde eran
arrancados por los resureccionistas (o profanadores de tumbas) en la oscuridad
de la noche.
También se
podían hacer de otros materiales como por ejemplo el marfil, pero aun así el
mercado no llegaba a saciarse del todo por lo que el comienzo de las llamadas
Guerras Napoleónicas (1803 – 1815) fue toda una bendición para los mercaderes
de este producto. ¿Qué mejor sitio para obtener piezas para fabricar una
dentadura postiza que en un campo de batalla en donde habían caído miles de
soldados en lo mejor de su vida? Incluso se ponían anuncios en los periódicos
en los que se compraban a tanto dientes traídos desde el mismísimo continente
europeo. Todo valía con tal de asegurar un buen suministro. Y el gran pelotazo
económico llegó precisamente en el combate final de aquella contienda: La
Batalla de Waterloo (18 de Junio de 1815). Allí murieron alrededor de 50.000 jóvenes.
Tras la batalla los ejércitos en liza se retiraron de aquel lugar de muerte, y después
de que éstos se marcharan llegó de nuevo otro tipo de ejército: los saqueadores
de cadáveres. Hubo quienes cogían los restos personales de los muertos en
combate además de las armas, y en cambio otros, conocidos como bodysnatchers, tenían una única misión, la
de arrancar uno a uno los dientes de los soldados para hacerlos llegar
posteriormente a Albión. Aquello fue un auténtico maná para los comerciantes de
piezas dentales pues no era lo mismo vender un diente de un cadáver que podía
producir enfermedades que uno extraído de un forzudo soldado caído en Waterloo.
Obviamente el precio de este último era más elevado. El problema vino cuando el
mercado se saturó ya que eran muchos los dientes “extraídos” en el continente que
se tenían que quedar en los almacenes a la espera de que fueran utilizados. Aun
así los dientes de Waterloo eran sinónimo de calidad y se tiene constancia de
que siguieron utilizándose hasta 1851. La aparición de las piezas hechas de porcelana
y la fabricación de dentaduras postizas de vulcanita provocaron que la
industria de dientes humanos cayera en picado convirtiéndose hoy en día en una
mera anécdota bastante truculenta de tiempos pasados.
sábado, 18 de marzo de 2017
UN CALENDARIO PARA GREGORIO
Uno de los
grandes fallos del Calendario Juliano (creado por el propio Julio César en el
46 a.C), es que no correspondía totalmente con el año completo. Es decir que
tenía un desfase de 11 minutos, o lo que es lo mismo un retraso de tres días
cada cuatro siglos. Puede parecer poco, pero con el paso del tiempo este
retraso se estaba convirtiendo en un problema sobre todo para el calendario litúrgico.
El Concilio de Nicea (325), entre otras disposiciones, siempre fijaba el
comienzo de la Pascua el siguiente domingo a la primera luna llena del equinoccio
de primavera, o sea el 21 de Marzo (he ahí porque Semana Santa siempre cae en
fechas distintas y tiene luna llena) Pues bien, en el siglo XVI el desfase de
días del Calendario Juliano era tan grande que la Semana Santa estaba a punto
de caer en Febrero. Algo impensable dentro de la Iglesia.
Es por ello que
el Papa Gregorio XIII (1502 – 1585) reunió
a un consejo de sabios presidido por el jesuita alemán Clavius los cuales
llegaron a la conclusión de que para evitar el desfase se tendría que eliminar
de raíz diez días del año. Así pues cuando se instauró el nuevo Calendario
Gregoriano, el jueves 4 de Octubre de 1582, el día siguiente no fue el viernes 5,
como sería lo más lógico, sino que se
transformó en el viernes 15 de Octubre. Como consecuencia de ello 1582 solo
tuvo 355 días, dando como resultado que al año siguiente, 1583, la Semana Santa
cayera en la fecha prevista. Los países católicos
como España, Portugal y Francia lo adoptaron rápidamente, pero los
protestantes, Inglaterra o Alemania, tardaron un poco más y lo hicieron en el
siglo XVIII, mientras que los ortodoxos lo acogieron en el XX.
Como curiosidad,
el paso del Calendario Juliano al Gregoriano afectó a mucha gente, pero sobre
todo a Santa Teresa de Jesús ya que murió el 4 de Octubre de 1582, el mismo día
de la aplicación del nuevo calendario. Es por ello que la santa, con las nuevas
directrices, estuvo diez días sin enterrar hasta el viernes 15 de Octubre (aunque
se hizo al día siguiente del fallecimiento).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




