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lunes, 13 de julio de 2026

HISTORIA DE UNA TRAGEDIA - Joseph Pérez

 

«Árboles lloran por las lluvias y montañas por los aires, así lloran mis ojos por ti, querida amante. En tierras ajenas yo me voy a morir, frente a mí hay un anhelo que con sus ojos me mira; llorar quiero y no puedo, mi corazón suspira. Vuelvo y digo: ¿Qué va a ser de mí? En tierras ajenas yo me voy a morir» (Canción Sefardí)

 Se les conoce como Sefardíes, judíos venidos y exiliados de Sefarad (palabra derivada del hebreo con el se conoce España) y guardan como oro en paño un pequeño artilugio más importante que su vida. No son joyas, manuscritos ajados o alguna sagrada mezuzá... se trata solamente de una llave. ¿Qué tiene ésta de especial? Es solamente un adminículo pero para ellos representa más que eso, pues es un recuerdo de aquellas casas que tuvieron que abandonar hace más de quinientos años en una de las deportaciones más tristes que ha vivido la Historia. Esas llaves las conservan como auténticas reliquias pasando de generación en generación como recordatorio de un tiempo en el que vivieron en el hogar de sus ancestros. Los judíos expulsados en 1492 creyeron que algún día regresarían, que antes o después volverían a meter esas llaves por la ranura de la puerta y todo quedaría en un mal sueño. Uno más de todas las pesadillas que habían vivido durante siglos... pero esta vez no fue así, esperando siglo tras siglo que acabara la infausta diáspora. Se les conoce como Sefardíes, y podemos decir que son uno de los nuestros.

martes, 1 de octubre de 2024

PIES DESCALZOS 1: UNA HISTORIA DE HIROSHIMA - Keiji Nakazawa

 

Hay una especie de honradez en el modo en que los japoneses levantan nuevamente sus casas después de cada desastre. Pero esta vez algo había cambiado. La bomba lo había sido todo para ellos. (Hiroshima, de John Hersey)

El 6 de Agosto de 1945 es una de esas fechas claves, principales, de la Historia Contemporánea pues fue ese día donde la humanidad comenzó a temer la luz del sol. Su brillo y destrucción. Ese día, como iba diciendo, el ejército americano, tras años de guerra en el Pacífico y de desolar parte del territorio japonés a base de bombardeos ya fueran explosivos como incendiarios decidió zanjar el asunto lanzando un arma de destrucción masiva y así doblegar al resistente ejército nipón. Temprano, por la mañana, ya salido el sol naciente el bombardero Enola Gay lanzó el artefacto Little Boy sobre la ciudad de Hiroshima dado que el tiempo era excelente por aquella zona. Un hongo de varios kilómetros de altitud, precedido por una luz cegadora y mortal terminó con la vida de cientos de miles de personas en un abrir y cerrar de ojos demostrando que la humanidad había encontrado el arma perfecta para destruirse así mismo. Tres días después viendo el gobierno estadounidense que los japoneses no se rendían decidieron de nuevo arrojar otra de estas bombas atómicas, Fat Man,  sobre Nagasaki teniendo idénticos y mortales resultados. Esta nueva carnicera tuvo como resultado que días después el pueblo japonés oyera por primera vez la voz del emperador a través de la radio anunciando la capitulación del Imperio del Sol Naciente. Las lágrimas de los ciudadanos que escucharon esta noticia y la impotencia de saber que habían sido utilizados por las clases dirigentes fueron el comienzo de una dolorosa paz.

Desde ese momento la influencia de la bomba atómica en la psique de la ciudadanía japonesa se convirtió en un elemento importante de su día a día y de su cultura en general desde el mismo momento en que acabó la Segunda Guerra Mundial. Pocos años transcurrieron para que este terror y miedo reverencial a la ciencia destructiva apareciera reflejado en el cine o en sus representaciones más famosas (sobre todo en la actualidad) como son el manga y el anime. En estos medios comenzaron a aparecer historias sobre la caída de las bombas;  críticas al gobierno militar que los metió en la guerra haciéndoles creer que eran una raza superior encabezada por la figura del dios-emperador Hiro Hito; o como el pueblo japonés se fue alzando de nuevo poco a poco de las ruinas en una dura posguerra. Si uno mira con atención los mangas y animes tanto actuales como antiguos (los aparecidos tras las Segunda Guerra Mundial) uno se da cuenta que en ellos todavía salen referencias a bombas atómicas, ciudades convertidas en eriales debido a la catástrofe y radiación atómica, grandes hongos de luz, o el susodicho miedo a la ciencia desbocada, sin control. Es una constante que a cualquier persona interesada en este mundo gráfico podrá ver en obras, citando más antiguas, como Astro Boy (Osamu Tezuka), Akira (Katsuhiro Otomo), Neon Genesis Evangelion, Ghost in the Shell… solo por citar cientos y cientos de ellas. Éstas serian obras que toman referencia de esos hechos acaecidos, pero los que a mi modo de ver se centran más en lo vivido en Hiroshima y Nagasaki son, por un lado la película La tumba de las luciérnagas (1988), en el que se muestra la resistencia de los personajes infantiles ante la devastación; y por otro la obra monumental que hoy les traigo: Pies descalzos, una historia de Hiroshima, de Keiji Nakazawa (1973) que nos muestra sobre todo el horror y las consecuencias en la población civil tras el estallido de las bombas atómicas.


                                                                Akira (Katsuhiro Otomo)    

Como pueden leer en el párrafo anterior he utilizado la palabra monumental y no solo para decir que esta obra sea (y es) una obra referencial dentro del enorme universo que es el manga y el cine de animación japonés (incluso se hicieron películas posteriores, como la de 1983) sino también por su gran tamaño físico ya que en total este manga está compuesto por más de tres mil páginas que aquí en España han sido normalmente editadas en cuatro tomos bastante gruesos. Yo, en particular he de aclarar que he tardado más de una semana en leerlo. Pero, aun así, su tamaño no es óbice para señalar que nos encontramos ante una de las muestras gráficas e históricas más importantes del siglo XX, que incluso influenció a gran copia de dibujantes y narradores como por ejemplo a Art Spiegelman que no duda en aclarar que su obra Maus bebe directamente de la de Keiji Nakazawa (1939 – 2012). Este autor japonés tenía seis años cuando estalló la bomba atómica en Hiroshima y pudo observar como toda su familia falleció a consecuencia de ello viéndose solo y desvalido con su madre, y por tanto convirtiéndose en testigo directo de todos los horrores y el caos devastador plasmándolo después de manera brillante en su obra. Tras sobrevivir a aquel infierno con los años se convirtió en un mangaka de referencia en el país nipón y en el mundo de la ilustración occidental gracias a su obra Pies descalzos (Hadashi no gen). El manga, en su totalidad, nos habla del mar de fuego y destrucción que provocó el estallido de Little Boy en Hiroshima, las consecuencias psicológicas que produjo en la sociedad nipona y sobre todo los miedos y el dolor de los habitantes de esta ciudad devastada y sus alrededores, y en tomos siguientes en la dura posguerra y el renacimiento de la ciudad tras la pesadilla atómica que habían sufrido.

Como Pies descalzos es enorme, en este caso solo me voy a centrar en el primer tomo de los cuatro que componen esta magna obra. En ella nos lleva, como ya he mencionado varias veces, a la ciudad de Hiroshima unos días antes del desastre centrándose en la figura de un joven llamado Gen Nakaoka, trasunto autobiográfico del autor, y su familia, un clan antimilitarista que continuamente están recibiendo insultos y soportando el vacio de gran parte de sus vecinos debido al pensamiento pacifista del padre y que por eso son llamados antipatriotas. Tan fuerte es la influencia de los vecinos que al final incluso uno de los hermanos del protagonista tiene que alistarse casi a la fuerza, aun sabiendo que la guerra ya está perdida, para que la gente deje de hacer la vida imposible a su familia. Mientras tanto llega la fecha fatídica del 6 de Agosto y cae la bomba atómica sobre la ciudad salvándose Gen de milagro (estaba detrás de una tapia y por eso la radiación no impacta de lleno) aunque sus hermanos y su padre no tienen la misma suerte y acaban ardiendo en las ruinas de su propia casa, delante de él y su madre que casi se vuelve loca observando cómo sus seres queridos se queman vivos. Desde ahí Gen y su querida madre proceden a deambular por la ciudad arrasada buscando comida y agua y observando a la vez cientos de cadáveres desfigurados, llenos de pústulas y pieles caídas, centros de emergencias llenos a rebosar (recuérdese que más del 90% de los médicos y enfermeras murieron durante el bombardeo), y sobre todo la locura y la sinrazón de los supervivientes en aquel pandemónium. Tras ello para poder comer tienen que salir de la ciudad y volver a buscar ayuda en los pueblos de los alrededores en los que muchas veces en vez de ser acogidos por los lugareños son apartados como apestados, como parias, debido al miedo que tienen a que les infecten con la locura de la bomba o que les roben el poco arroz que les queda. Al final del primer tomo, de las primeras 780 hojas, Gen, su madre y su hermanita recién nacida deciden volver a Hiroshima, a aquel erial desierto de cascotes y casas derruidas, y comenzar una nueva vida.



                                                    Pies descalzos (Keiji Nakazawa)

En este punto hay que aclarar que el manga de Keiji Nakazawa no principia en el preciso instante de la caída de la bomba atómica, sino que aporta otros muchos más temas del antes y después del suceso y de la derivada de ella en la sociedad nipona. La bomba en sí es el epicentro de un mundo que se derrumba, de un mundo corrupto hacia un mundo mejor a través de un parto de dolor y horror en demasía. Uno de los temas principales de Pies descalzos nos habla de como los japoneses estaban muy abducidos por las soflamas del gobierno militar imperante en la que continuamente se les decía a sus ciudadanos que debían dar la vida por el suelo divino de Japón y por la figura del dios encarnado en la tierra, el emperador Hiro Hito. Es por eso que cualquier persona que se saliera del guión, que no compartiera el mensaje de sacrificio y muerte honorable debía de ser eliminada. El clavo que sobresale ha de ser machacado para igualarse a los demás. Es lo que le ocurre al padre del protagonista y a su familia que son condenados al ostracismo y golpeados por una maquinaria militarista bien engrasada y que en ese momento en concreto está a punto de colapsar. Observamos los desfiles populares, los gritos de banzai al emperador, las canciones patrióticas que se repiten de continuo y la entrega de hijos para que se sacrifiquen en aras del poder divino. Otro de las tramas es, claro está, todo lo relacionado con el desastre ocurrido tras la ola de fuego y luz que arrasa la ciudad: los protagonistas ven con sus propios ojos y sufren en sus carnes al ver gente derritiéndose y andando como auténticos zombis sin conciencia ni destino; gente comida viva por las cresas (gusanos) instaladas en sus heridas y muñones; o centros sanitarios y fosas comunes llenas a reventar. Y de esta destrucción, como si esta espiral de tragedias no tuviera fin, el mangaka también nos enseña la locura derivada de ellas al señalar la sinrazón de gente que ingiere polvos machacados de cráneos porque creen que según la medicina oriental así pueden revivir a los muertos; suicidios rituales o en grupos para expiar las culpas o para no caer en manos de los soldados americanos; ríos llenos de cadáveres inflamados que van reventando como globos unos tras otros, hasta (y este me ha impresionado mucho) una mujer llena de moscas que cree que es el espíritu de su hijo y por eso deja que se posen en ella como si fuera un burka hecho de insectos. El horror, como diría aquel Konrad.  Aparecen temas como la insolidaridad de las gentes de otros pueblos con respecto a los supervivientes de Hiroshima pues llegan a tratarlos como parias, un nolli me tangere en el que incluso les lanzan piedras o les dan palizas por miedo a que les transmitan las radiaciones de la bomba o les roben el arroz que tenían escondido. E incluso llama la atención que existiera episodios de racismo con respecto a los coreanos que habían sido llevados a rastras a Japón, ya que los pocos médicos que todavía había no les quisieran atender o se les negara un enterramiento digno al considerarlos una raza inferior.

Como se pude ver Pies descalzos es una obra maestra que no tiene piedad con el lector, hecha para estómagos duros, pero que vale la pena leer para comprender hasta dónde puede llegar la locura humana o su esperanza y bondad sin fin. El único pero que se le podría poner es el dibujo en sí pues en algunos momentos los sentimientos de los protagonistas pueden ser un tanto edulcorados, con muchas lágrimas en los ojos a cada momento y muy maniqueista en la actitud de ciertos personajes. Pero este punto hay que tomarlo con cierta precaución pues este melodrama tiene su por qué. En los años siguiente al final de la guerra mundial las ilustraciones de los mangas eran muy kawaii (adorables) tirando al trama shojo (cuasi romántico) con respecto al tema de los supervivientes de las bombas atómicas, pues esto se hacía para que el lector observara lo amable frente a la sinrazón de la guerra y las condiciones duras de las posguerra. Y aunque en un principio el manga Pies descalzos es una obra shonen (para jóvenes) la posteridad la ha colocado como una de los testimonios gráficos más importantes del siglo XX confiando en que la dureza de algunas de sus imágenes mueva a los lectores de ahora a no repetir los desastres de la antigüedad.

Keiji Nakazawa, Pies descalzos 1: Una historia de Hiroshima (Traducción de Víctor Illera y María Serna Aguirre). Barcelona, DeBolsillo, 2015, 781 páginas.

También podéis leer mi reseña en la página de Hislibris: https://www.hislibris.com/pies-descalzos-1-una-historia-de-hiroshima-keiji-nakazawa/


domingo, 13 de noviembre de 2022

EL PASTOR QUE INCENDIÓ UNA DE LAS MARAVILLAS

 

Existen muchos motivos por el que se destruyen los monumentos y las obras de arte. Por cuestiones bélicas, por odios, notoriedad con la que ganar fama y posteridad, locura, amor desmedido… son ingentes las causas de por qué se han destruido o mutilado la creación del hombre a lo largo de la Historia. Un ejemplo de ello fue lo que ocurrió en el año 356 a. C en la localidad de Éfeso en Asia Menor. En aquel entonces esta ciudad era un lugar vivo, boyante, lleno de numerosos templos entre los cuales destacaba el de Artemisa, que con sus 115 metros de largo, 55 de ancho y 18 de altura era sin lugar a dudas uno de las Siete Maravillas de la antigüedad. Tenía alrededor de 127 columnas y estaba decorado con todo lujo de materiales, desde brillantes mármoles a ricos cedros del Líbano. Y enfrente de él un patio presidido por una estatua de la diosa cazadora a la que rendían culto cientos de peregrinos quienes a su vez dejaban grandes divisas a la ciudad.

Pero cuenta la leyenda que una noche un pastor del lugar llamado Erostratro, no se sabe muy bien el motivo de si por conseguir la inmortalidad o bien porque había sido rechazado como sacerdote de la diosa decidió prenderle fuego al templo. Con mucho sigilo se introdujo dentro del recinto y acercó una tea encendida al tejado prendiéndose muy pronto el interior del techo y las columnas hasta que todo el edificio colapsó. Acto seguido Erostratro fue atrapado y ejecutado por incendiario y sacrílego, además de ordenarse, también bajo pena de muerte, que nadie pronunciara nunca el nombre del pirómano (damnatio memoriae) con el fin de que no se supiera quién fue el responsable de tal infamia e incitara a otras personas a imitar sus acciones. Pero aunque se intentó borrar su nombre, ocurrió totalmente lo contrario y tiempo después todo el mundo supo quién había sido y su terrible acción quedó reflejada hasta en los escritos, como por ejemplo los del historiador Teopompo.

Aun así también hubo personas, hasta celebridades del momento, que no creyeron la versión oficial de las autoridades de Éfeso. Aristóteles cree que fue un rayo y otros opinan en cambio que fueron los propios sacerdotes quienes incendiaron el templo para construir otro mejor, un tercero (el que había sucumbido a las llamas era el segundo porque el primero había sido destruido por una inundación) más grande y más lujoso que el anterior. Como se puede ver hubo opiniones de todo tipo.

lunes, 15 de agosto de 2022

SI ME VES, LLORA

 

El cambio climático ya es un hecho y a pesar de lo que puedan decir algunos negacionistas el aumento de la temperatura de la tierra y sus terribles consecuencias en el medioambiente y en la supervivencia de la humanidad es una realidad incuestionable. La preocupante subida de las temperaturas este verano en Europa nos está dejando imágenes desoladoras como por ejemplo de sequías y falta de agua en muchos lugares, con niveles muy bajos de los pantanos nunca antes visto; campos marchitos y jardines totalmente amarillos, sin vida, agostados; o bajadas de nivel del agua de muchos ríos del continente europeo, dándose en muchos casos la paralización del transito naval por ellos ya que los barcos raspan sus quillas contra el fondo arenoso… Y en este festival de imágenes desoladoras que nos ofrecen los telediarios y las páginas de internet aparecieron hace unos días, o más bien emergieron, unas piedras que daban la voz de alarma de la tragedia medioambiental que nos amenaza.

En los ríos centroeuropeos, como en el Rin o el Elba, aparecieron unos hitos pétreos llamados Hungerjahr, que se podría traducir como: Las Piedras del Hambre. Se trata de unas rocas talladas que nos avisan de cuando se produjo la última sequia o sequias que permitieron leer su mensaje de socorro. Una de ellas en el rio Elba dice “si me ves, llora” (Wenn du mich siehst, dann weine, en alemán) El origen del nombre de estas rocas hay que buscarlo en la hambruna que sufrió Alemania en 1947 en la que se sucedieron tres grandes olas de frio que congelaron los ríos provocando que la navegación quedara paralizada y por tanto las rutas que transportaban los alimentos en una Alemania que estaba en plena postguerra fueran impracticables. El hambre, por tanto, fue terrible. Esta piedra, en concreto, situada actualmente  en la ciudad checa de Děčín marca otros años en los que bajó mucho el nivel del rio como fueron los de 1417, 1616, 1707, 1746, 1790, 1800, 1811, 1830, 1842, 1868, 1892 y 1893. Llama la atención que en la misma piedra también hay una inscripción en checo que dice: No te preocupes, chica, y no llores. Sólo tienes que regar tu campo cuando se seca. Ojala llueva pronto y vuelva al fondo del rio esta siniestra advertencia. Será bueno para todos.

Fuente: https://maldita.es/

sábado, 30 de julio de 2022

¿QUÉ FUE EL GRAN HEDOR?

 

Es normal que cuando aprieta el calor durante la época estival, en las grandes ciudades, debido sobre todo a la ausencia de lluvias o a la falta de riego de las calles, afloren los malos olores de los orines o de los residuos que indiscriminadamente arrojan sus ciudadanos. Hay veces que al pasar por algunos lugares hay que taparse las narices porque la pestilencia es inaguantable. Pues bien, este malestar tan grande se multiplicó en demasía a mediados del siglo XIX, precisamente en 1858, en Londres, cuando se produjo lo que coloquialmente se ha conocido como El Gran Hedor (Great Stink, o Big Stink).

La ciudad del Támesis a lo largo del siglo XIX se convirtió en la ciudad más poblada de la tierra. A principios de siglo había alrededor de unos tres millones de personas y debido a la continua emigración que se estaba produciendo desde el campo a la ciudad ésta estaba superpoblándose a ojos vista. Y es evidente que donde hay mucha gente haya muchos desperdicios. En las casas más humildes éstos eran echados en pozos negros y como en algunos casos costaba mucho vaciarlos acababan desbordados filtrándose su hediondez a los desagües de las calles y de ahí directos al rio Támesis. De igual manera pasaba en los hogares de las personas adineradas que comenzaban a tener inodoros propios los cuales arrojaban su carga al mismo sitio.

Además en estas nuevas instalaciones de la clase media y alta ya empezaban a tener agua corriente bombeada directamente desde el Támesis. Así que paradójicamente el agua que bebían contenía una gran cantidad de bacterias provocando que una gran cantidad de la población enfermara y muriera de cólera.  Como muchas de las personas que contraían esta enfermedad eran de la clase acomodada en un principio se pensó que se transmitía por el aire que venía desde los barrios bajos por lo que se ordenó que se vaciaran ipso facto al rio todo el contenido de los pozos negros. Aquella resolución fue peor que la enfermedad pues en breve se iba a confirmar que había sido un error mayúsculo.

Y lo fue debido a que en 1858 el verano llegó a Londres con bastante fuerza alcanzándose elevadas temperaturas lo que produjo que la miseria que se había arrojado al Támesis durante años y años fuera pudriéndose y arrojando sus miasmas al interior de la ciudad. Era tan grande el olor que por ejemplo mucha gente no se atrevía a salir de sus hogares, a cerrar las puertas y ventanas, e incluso a modificar las costumbres existentes. Algunos, los que pudieron, huyeron al campo hasta que pasara esta calamidad. En la Cámara de los Comunes para no morir envenenados por el mal olor tuvieron que rociar sus cortinas con cloruro de calcio. Incluso la corte dejó de recibir a las embajadas o a los políticos. Acercarse a rio era un suicidio pues sus aguas eran casi negras, estaban estancadas y llenas de animales muertos flotando boca arriba. Las barcas quedaban atrapadas entre toneladas de desperdicios y estaba prohibido bañarse. Se dice que hasta aumentaron los suicidios de gente que se tiraba al Támesis.

Pero como reza el dicho donde hay una crisis hay una oportunidad, una solución. Pues gracias al llamado Gran Hedor las autoridades londinenses tomaron cartas en el asunto y decidieron crear un nuevo sistema de alcantarillado de la mano del ingeniero Joseph Bazalgette quien realizó el primer sistema de saneamiento de la ciudad mejorando, por tanto, la vida de sus ciudadanos y haciendo que bajara el nivel de enfermos de cólera. Algo bueno tendría que tener el haber sufrido ese horrible olor.

sábado, 11 de junio de 2022

EL DESASTRE DEL BAZAR DE LA CARIDAD

 

Desde 1885 se celebraba en París uno de los eventos más importantes de la alta sociedad francesa. Se trataba del Bazar de la Caridad que se organizaba todos los años para que las damas y caballeros de rancio abolengo recogieran fondos vendiendo obras de arte, baratijas, libros y otras fruslerías para los más necesitados. Este evento anual nunca había sufrido ningún tipo de eventualidad, al revés, pues se le consideraba uno de los grandes hitos dentro del calendario parisino. Hasta que llegó el año 1897 cuando se produjo una de las mayores tragedias que se recuerdan en la capital francesa.

El 4 de Mayo de aquel año volvió a celebrarse este acto benéfico cerca de los Campos Elíseos, y para ello se construyó un barracón de madera y toldo embreado de unos 80 metros cuadrados por otros 20 de ancho en el que como novedad se había asignado una pequeña zona a un invento que estaba causando furor: el cinematógrafo. Por aquel entonces el naciente cine de los hermanos Lumiére era exhibido como espectáculo en las ferias y barracas ambulantes y atraía a muchas personas. Así que alguien pensó en poner un proyector en el bazar para, entre compra y compra, entretener a los visitantes. Allí acudían sobre todo mujeres y niñas de alta cuna, pero el 4 de Mayo hacia las 16:15, mientras los espectadores veían pequeños cortos como La salida de la fábrica Lumière en Lyon, La llegada de un tren a la estación de La Ciotat y El regador regado, un fulgor salió desde detrás de la pantalla provocado por un fuego no controlado que en breve tiempo arrasó con todo el local. Aquello se convirtió pronto en la antesala del infierno pues el público al quedarse atascadas las puertas giratorias de salida se convirtieron en antorchas humanas o si no eran pisoteadas y aplastadas hasta quedar muertas. Los bomberos, cuando llegaron no pudieron hacer nada. En total murieron 126 personas entre ellas grandes figuras como la duquesa Sofía Carlota de Baviera, hermana de Sissi emperatriz de Austria Hungría o la mujer del cónsul de España en París.

Al día siguiente la prensa reflejaba la magnitud del desastre e incidían, también, en un dato que en un principio había pasado por alto ya que de los 126 fallecidos 120 eran mujeres. Esto suscitó un gran escándalo pues demostraba lo ruin que fueron algunos de aquellos grandes señores que con tal de salvarse no habían dudado en apartar a la gente a bastonazos y golpes. Y de la misma manera se empezó a buscar a los culpables de aquel terrible incendio. Inicialmente el gobierno quiso echarle la culpa a un grupo de anarquistas pero de inmediato se supo que el verdadero culpable había sido una deflagración provocada por el cinematógrafo. Parece ser que el ayudante del proyeccionista, quien ya se había quejado con anterioridad por las malas condiciones y la poca ventilación en que se hallaba la máquina, al observar que la lámpara de éter se había apagado se acercó a ésta con una cerilla provocando una explosión con las consiguientes y terribles consecuencias que hemos leído anteriormente. Se le impuso una cuantiosa multa y una sentencia de ocho meses de prisión por homicidio improcedente, pero esta condena fue conmutada cuando se probó la valentía con la que había actuado al salvar a muchas personas de morir abrasadas. Lo que si provocó en cambio fue que las proyecciones cinematográficas fueran prohibidas durante cierto tiempo por considerarlas peligrosas.

Finalmente otro de los problemas que planteó el incendio del Bazar de la Caridad fue cómo identificar a las víctimas al estar muchas de ellas casi carbonizadas.  A lo que se añadió que algún desaprensivo, por la noche y entre la confusión robó muchas de las joyas que tenían los cadáveres. Algunos familiares, sobre todo los que tenían una gran influencia,  no querían que fueran enterradas en una fosa común y comenzaron a reclamar una solución ante este problema ya que no consideraban justo que enterraran juntas a señoras y criadas. La solución vino de parte del cónsul de Paraguay quien pensó en llamar a los dentistas de las mujeres que se podían haber permitido este servicio médico, es decir las de la aristocracia y de la burguesía, y comprobar sus fichas dentales. Gracias a esto se pudo  identificar a buena parte de las victimas así como de dar a luz a una nueva ciencia: la odontología forense.