Se dice que al
general carlista Ramón Cabrera (1806 – 1877), más conocido como “El Tigre del
Maestrazgo”, le gustaba tener siempre al lado durante sus correrías bélicas algún
cura o fraile para charlar de vez en cuando con él además de servirle para
confesarse en el último momento por si alguna bala certera del enemigo le hería
de muerte durante el combate. Pues bien, una vez que pasaban delante de una compañía
de soldados carlistas uno de ellos empezó a reírse del fraile que iba con el
general por la forma remilgada con la que éste andaba. Y no contento con ello
se acercó al religioso y sin parar mientes en lo que hacía le soltó un bofetón
en la mejilla derecha. El fraile, aplicando de manera correcta el dicho cristiano
de poner la otra mejilla, giró la cabeza y le enseñó la otra, es decir la
izquierda, al soldado quien no pudiendo
sustraerse a esta invitación le soltó igualmente otro señor manotazo. Entonces
el fraile se puso todo derecho y viendo que ya había terminado de aplicar
perfectamente su doctrina agarró del cuello al soldado y comenzó a darle tal
somanta de palos que casi lo mata. Con lo que se demuestra que nuestro fraile
era de los de a Dios rogando y con el mazo dando.
Mostrando entradas con la etiqueta Guerras Carlistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerras Carlistas. Mostrar todas las entradas
viernes, 11 de agosto de 2017
jueves, 20 de diciembre de 2012
PESETEROS
Al comienzo de la Primera Guerra Carlista se hizo evidente que existían pocas fuerzas isabelinas cercanas a los territorios carlistas, por lo que inmediatamente se crearon tropas francas sobre todo en las zonas fronterizas del País Vasco y Navarra. Estos soldados eran básicamente ciudadanos, y al ser una tropa irregular, sin un código interno de conducta muy claro, cometían muchos desmanes entre la población a base de saqueos y abusos, por lo que en cuanto eran atrapados por el ejército carlista eran pasados por las armas, no habiendo cuartel para ellos. Esta situación cambió rápidamente cuando el afamado general isabelino, Baldomero Espartero los incorporó a la disciplina del ejército imponiéndoles una férrea disciplina.
Estos soldados tuvieron varias denominaciones como la ya mencionada de compañía franca, compañía de seguridad, tiradores, cazadores, compañías sueltas o chapelgorris debido al chacó rojo que llevaban (txapel gorri en euskera). Pero fueron más conocidos por el apodo despectivo que les pusieron sus enemigos: Peseteros. Esto se debía a que esta tropa tenía como paga diaria una peseta frente al real diario de los soldados de Zumalacárregui. Incluso por extensión, pasado el tiempo, fue el mote que los carlistas dieron a todos los soldados isabelinos. La cantidad de esta paga era variable según las zonas de la geografía española dándose casos en que se llegaron a pagar hasta dos pesetas diarias.
miércoles, 8 de agosto de 2012
LA CRUZ DE OCCIDENTE - Max Gallo
Una enigmática anticuaria de París cita en su local al narrador, un experto historiador, para entregarle un manuscrito encontrado, las memorias del caballero Bernard de Thorenc, que, desde la sabia perspectiva de la senectud, le sumerge en pleno siglo xvi, en un periodo en el que el fanatismo hace estragos en Europa y enfrenta a las dos orillas del Mediterráneo. Bernard de Thorenc ha servido a Carlos V y Felipe II, ha combatido en San Quintín, las Alpujarras y Lepanto junto a Cervantes y Juan de Austria. Ha sufrido las angustiosas mazmorras de Argel y las galeras berberiscas. Hasta que, decepcionado por la hipocresía de una corte española en la que campa la princesa de Éboli junto a los inquisidores, regresa a su hogar en busca de la paz que le ha sido negada. Pero se va a encontrar con más guerras de religión, ya no entre católicos y musulmanes, sino entre cristianos, hasta el punto de desgarrar su propio medio familiar y desembocar en la matanza de San Bartolomé, que sorprende a Thorenc en París. Una nueva sangrienta decepción en la que, tras la fachada religiosa, se esconde la lucha por el poder entre Catalina de Médicis, Carlos IX, Margarita de Valois y Enrique de Navarra, quien llegará al trono francés renunciando a su fe porque «París bien vale una misa».
Con la precisión histórica que le caracteriza, no exenta de lirismo y ciertas dosis de ironía, Max Gallo esboza por medio de este manuscrito encontrado un fresco de un siglo xvi lleno de intrigas y luchas por el poder, a través de las memorias, andanzas y amores del caballero Bernard de Thorenc. Un paseo por un periodo agitado y violento, sacudido por distintas guerras de religión, que Max Gallo utiliza en un juego de espejos como un reflejo pasado de nuestros días con el fin de que el lector pueda esclarecer y reflexionar sobre algunas de las claves actuales.
Texto: Alianza Editorial
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
