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domingo, 16 de febrero de 2025

TEMPLARIOS: RELIGIÓN, GUERRA Y POLÍTICA EN TIERRA SANTA - Eduardo R. Callaey

 

Non nobis Domine, non nobis Domine, sed nomine tuo da gloriam

Acerca de la Orden del Temple y en concreto de sus miembros los templarios, se han escrito no ríos sino auténticos océanos de tinta. De ellos disponemos gran copia de ensayos y novelas históricas o pseudohistóricas que nos hablan de su alzamiento y caída en el universo de ese choque de civilizaciones que hubo entre Oriente y Occidente llamado las cruzadas, de la importancia de sus freires en las provincias cristianas de Outremer, de su desastrado final a cargo de la codicia de reyes y papas y, derivado de ello, su influencia en las subsiguientes logias masónicas, restos milagrosos y míticos legados por la orden y todo una mezcolanza de pseudohistorias fantásticas que ha llegado hasta nosotros y que han dejado su huella en el imaginario colectivo del que nos nutrimos hoy en día (incluso en el videojuego Assassins Creed son los malos que quieren conquistar el mundo con saberes arcanos). Su figura, por desgracia, nos ha llegado distorsionada, acorazada de elementos que no le son originales, y, debido a esta situación, es por lo que les animo, para conocer la influencia de estos monjes guerreros,  a que lean este ensayo que nos lleva al mismísimo corazón del temple: Templarios: religión, guerra y política en Tierra Santa, de Eduardo R. Callaey (Nowtilus, 2025).

lunes, 9 de diciembre de 2019

PROHIBIDO TROCEAR CUERPOS HUMANOS


Hubo un tiempo en que la Iglesia prohibía diseccionar cuerpos humanos. Los artistas y futuros médicos, muchas veces en connivencia con sepultureros o religiosos que no hacían ascos a aceptar unas monedas a cambio, permitían a los primeros realizar estas operaciones en el más absoluto secreto, a la débil luz de unas pobres velas y siempre con miedo a ser sorprendidos y ajusticiados a continuación. Fue el papa Bonifacio VIII (1235 – 1303) quien en 1300 decretó que estaba prohibido diseccionar, cortar o hervir trozos de un cuerpo bajo pena de ser excomulgados y ahorcados si se era reincidente en el delito. Según parece esta era una costumbre muy seguida por los cruzados quienes para transportar a uno de sus compañeros caídos en combate procedían a despedazarlo y hervirlo en una gran tinaja para que al final solo quedaran los huesos y así poder transportarlos de manera más sencilla para entregárselos a sus familiares y darles una sepultura digna. A la Iglesia nunca le gustó esta práctica por lo que emitió dicho decreto el cual, después, se malinterpretó y se extendió a cualquier disección que se realizara con fines anatómicos.