Roma, al final de la República, era un estado en franca descomposición. Un juguete en manos de codiciosos senadores y generales salva patrias que tras años de guerras intestinas habían terminado por roer sus raíces sin ningún pudor. Y a eso, de la misma manera, habría que sumar que la República era ya un sistema desfasado, bueno en otros tiempos pero que se quedaba pequeño para una Roma que por entonces daba claros síntomas de ser un futuro imperio. Por tanto las costuras se le rompían por todos los lados y los romanos, que veían estos signos de crisis, se agarraban como a un clavo ardiendo al triunvirato que les gobernaba en ese momento formado por Pompeyo Magno, el ambicioso Craso y el conquistador Cayo Julio Cesar. Aun así las tensiones entre estos tres gigantes eran claras y todo acabó por estallar con la muerte de Craso en Carras, en la lejana Partia, en el 53 a.C. Ya solo quedaban Pompeyo y César frente a frente, como dos enormes carneros a punto de darse de topetazos y en medio los sufridos romanos que iban a ser sacrificados en uno u otro bando.
Al saberse la muerte de Craso ambos, César y Pompeya, se encontraban en lugares distintos. Pompeyo en Roma al mando de la maquinaria gubernamental, controlando el Senado y todos sus resortes, mientras que César se hallaba en la Galia, solo y al mando de sus propias legiones. Es por ello que el Senado, temeroso de ello, le conminó, entre otras cosas, a presentarse en solitario, dejar el cargo de procónsul y licenciar a sus tropas. Claro está César no aceptaba estas condiciones tan draconianas y se sentía además resentido porque no le habían ofrecido un triunfo, que bien se lo merecía. Solo había dos cosas que le impelían a coger sus legiones y marchar sobre Roma: el bloqueo institucional al que estaba sometido el propio Senado gracias a sus colaboradores Antonio y Casio y, curiosamente, un accidente geográfico y simbólico, el rio Rubicón (más bien arroyo) que ejercía de frontera natural entre la Galia Cisalpina e Italia. Quien traspasara este lugar junto con sus tropas sería considerado rebelde, perseguido y ejecutado. Se cree que César dudó unos días en si cruzarlo o no, en si Jugárselo todo a los dados de la diosa Fortuna o acatar las órdenes del Senado controlado por los pompeyanos Esos días de inpass, de bisagra histórica, de decisiones que iban a marcar el rumbo de la Historia, son el núcleo central de la novela histórica que humildemente les presento: A orillas del Rubicón, escrito a cuatro manos por Francisco Uría y José Luis Hernández Garvi (Almuzara, 2022)
(Jacob Abbott, 1803-1879)
El estilo en que está escrita esta novela histórica es epistolar pues para el argumento que trata y las intimidades que muestran los personajes se ajustan perfectamente. Como indicaba en los párrafos anteriores nuestra novela se centra en el preciso momento en que Julio César, junto con sus leales legiones, llega a las inmediaciones que delimitan la provincia de la Galia Cisalpina, es decir el rio Rubicón. Allí, al calor de su tienda –estamos en lo más crudo del Invierno – y de la diligente mano de un copista, al arrullo del cercano rio, decide escribir a su antiguo maestro Manio Attelus, ya retirado, anciano y viejo, para que le asesore acerca del paso que va a realizar, es decir si salvar a la república romana de las garras de los codiciosos senadores que están siendo manipulados por Pompeyo y sus correligionarios, o bien entregarse como un cordero ante la benevolencia de los magistrados que le piden que abandone a sus tropas y que le niegan cualquier triunfo aunque haya expandido los territorios romanos hasta las mismas costas de la brumosa y misteriosa Britania. A partir de aquí comienza una serie de cartas cruzadas no solo entre Cesar y su maestro sino también entre las distintas facciones en liza con la que conoceremos como se encuentra Roma en ese momento, los personajes principales del momento, sus anhelos y sus miedos, y sobre todo los dobles y triples juegos que vemos surgir entre los bandos que reciben y envían cartas en tan critico momento.
Y es que en esta breve novela histórica no es oro todo lo que reluce. Al principio, en mi caso, y sobre todo observando lo correctas y educadas que eran las primeras cartas llegué a pensar que le faltaba calado al tema ya que es muy conocido, pero llegó un momento en que esas cartas tan versallescas comienzan a agriarse llegando a dar un vuelco en cierto punto, una sorpresa, que uno no se espera y que hace que el lector no pueda despegarse del libro para saber quién dice la verdad, quién manipula a quién, quién es sincero y quién realmente quiere salvar a la dichosa Roma. Y es que A orillas del Rubicón, aunque es deudora de la magnífica obra de Thorton Wilder, Los idus de Marzo, tiene –por lo menos para mí – un componente de juego pues muchos personajes se mueven como agentes dobles de uno u otro lado, diciendo la verdad o vendiéndose al mejor postor, siendo fieles a su amo o sopesando otras posibilidades más rentables y que se anuncian en la futura guerra fratricida. Y así hasta llegar al final el cual, ojo avizor, tiene algo inesperado. Por las páginas de esta novela histórica, por las cartas que circulan a la velocidad de uña de caballo, pasan grandes personajes de la historia de Roma: Cesar, Pompeyo, Cicerón… pero también asesinos a sueldo, centuriones traidores, soldados fieles, abnegados libertos, todo un abanico con el que conocer este momento histórico a través de sus labios.
En mi opinión, y concluyendo esta reseña, hay veces que es más gratificante hallar un libro y que te entretenga de principio a fin siendo totalmente desconocido, a pasar un buen rato con otro que a sabiendas ya sabías que te va a gustar. Pues es lo que me ha pasado con A orillas del Rubicón, que a pesar de que al principio tenía una trama epistolar un tanto trillada poco a poco va girando hacia un juego de mascaras del que es difícil sustraerse. El lenguaje y los diálogos están muy bien construidos, agiles, con pullas políticas continuas, y sobre todo recreando un mundo que esta punto de terminar y en el que los personajes se retratan a sí mismo con sus palabras ofreciendo al lector sus pensamientos más íntimos a la vez que corruptos con los que intentan justificar cualquier medio con el que llegar al poder absoluto. Serl el Primer Hombre de Roma. Alea jacta est.
Francisco Uría y José Luis Hernández Garvi, A orillas del Rubicón. Córdoba, Almuzara, 2022, 176 páginas.
