miércoles, 22 de mayo de 2013

GLADIADORES POR VOLUNTAD PROPIA

Siempre ha existido la leyenda urbana de que en su origen los gladiadores siempre habían sido condenados a trabajos forzados, esclavos vendidos por piratas a un comerciante de gladiadores o lanista, e igualmente esclavos vendidos por sus propios dueños que ya no podían sacarle más provecho. Pero, lo que poca gente sabe, es que además de todas estas personas también existieron hombres o libertos libres que quisieron ser luchadores en la arena buscando un medio rápido de conseguir dinero para aliviar sus maltrechas economías o aventureros que buscaban emociones fuertes.

Pero un hombre libre no podía presentarse en una escuela de gladiadores y coger el primer gladio que se le pusiera delante. Existían una serie de pasos esenciales para pasar a convertirse en gladiador. Primero  tenía que ir a un tribuno de la plebe e informarle de su caso. Éste le examinaba y si cumplía las condiciones necesarias, es decir que no careciese de salud, fuerza o fuera suficientemente mayor, se le expedía un contrato de alquiler y servicios (auctoramentum) para que ejerciera la gladiatura a la vez que concedía al lanita el derecho de vida y muerte sobre su persona. Aun así la concesión del permiso traía aparejado una serie de renuncias que el tribuno de la plebe enunciaba al candidato: en el futuro no podría ingresar en la clase ecuestre; si sobrevivía y decidía ir a los juegos como espectador no podía ocupar asientos importantes; e igualmente renunciaba, si estaba en un juicio, a tener a su servicio un defensor y si moría a una tumba digna.

Si el aspirante estaba de acuerdo con las cláusulas, delante del lanista, tenía que hacer el juramento de los gladiadores que decía lo siguiente:

 "uri, vinciri, verberari, ferroque necari"

O lo que es lo mismo, que luchará hasta el final aunque su muerte sea: ser quemado, atado, golpeado y muerto a hierro.

A diferencia de los condenados a muerte o esclavos que tenían que ser gladiadores hasta que fueran famosos y el lanista les entregara la espada de madera, o rudis, como símbolo de libertad, los que se alistaban por voluntad propia como hombres libres podían interrumpir su carrera cuando lo desearan. Solamente tenían que devolver al lanista el precio de su reclutamiento y las tasas del entrenamiento que hubiera recibido.