Más o menos hacia la mitad de la película Amadeus (Milos Forman, 1984), aparece una escena de lo más curiosa a la par que ilustrativa con respecto al asunto que nos traemos entre manos. Mozart es citado ante el emperador austriaco José II para que se defienda de las acusaciones que le acusan de querer llevar a la opera la polémica obra de Pierre-Agustin de Beaumarchais, Las bodas de Fígaro. En un momento de la conversación uno de los asistentes informa al músico que no están allí para evaluar el nivel de sus composiciones musicales sino discutir acerca de los temas apropiados que se han de llevar a la opera. Mozart, fuera de sí le contesta lo siguiente: “Quién de nosotros no prefiere oír antes a su peluquero que a Hércules, que a Horacio o a Morfeo, personajes tan encumbrados que casi cagan mármol”. Pues bien, este ejemplo que parece no tener nada que ver con el tema del que vamos a tratar a continuación, desde mi punto de vista es la mar de pertinente ya que en el deshago verbal de Mozart se encuentra la falsa idea que se tiene de la antigüedad en general y de Roma y su imperio en particular: la de gente seria, aburrida, con cara avinagrada, estoica a más no poder, todo el día desfilando y dando discursos infumables, o bien metidos en bañeras o termas y que al rato se ponen a gritar por las calles diciendo ¡Eureka, Eureka!. Pero en verdad la realidad está bastante más alejada de esas ideas preconcebidas sacadas de sesudos libros de texto y ensayos polvorientos. A los romanos en cambio les encantaba reír, hacer bromas a diestro y siniestro, ser bufones en las fiestas que organizaban y sacarles los colores a los hombres más preclaros del momento. Así pues les invito a algo diferente, adentrarse en una parte de la historia de Roma un poco alejada de la que siempre nos han enseñado, repletas de eternas listas de nombres y conquistas y sumergirse en el último libro de Fernando Lillo Redonet: Un imperio de risas, bromas y chistes en la antigua Roma (Editorial Rhemata, 2026). No se arrepentirán, se lo aseguro.
Como les decía en el párrafo anterior a los romanos les encantaba reírse de todo y contra todos y preferían una buena chanza, una inteligente broma mientras tomaban vino en una oscura taberna de la Subura antes que presenciar un largo y tedioso discurso en el foro pronunciado por el gran Cicerón (aunque éste también tuviera sus salidas jocosas). Como ejemplo de esta actitud hay que recordar que los géneros teatrales que más éxito tuvieron en Roma y su imperio fueran la comedia y el mimo. Fernando Lillo Redonet nos muestra en esta obra el humor del romano de a pie, el que se oía en el día a día o se podía ver escrita o tallada en las paredes. Pero cómo podemos saber de qué se reían y cuáles son los elementos que nos han legado dichos romanos para conocer sus chanzas y bromas. Las fuentes, esencialmente, son: los grafitis escritos en latín y griego en las paredes y los epitafios funerarios que se colocaban a los lados de las vías en la salida de las ciudades; el único libro de chistes de la antigüedad, el conocido como el Philógelos o El amante de la risa; los epigramas burlescos escritos por Marcial o en la Antología Palatina; y en las ocurrencias y chistes acerca de gente elevada que aparecen en los dichos ingeniosos de las Saturnales de Macrobio (siglo IV d.C), en las anécdotas imperiales de la controvertida Historia Augusta o en las citas de autores latinos como Tácito, Suetonio –la autentica portera de la antigua Roma- , Dion Casio o Herodiano.
Volviendo al presente, en el momento en el que escribo esta reseña ha aparecido una noticia en la que se alerta del aumento de pintadas halladas en el Templo de Debod de Madrid. Y esto me ha recordado la misma afición que tenían los romanos de dejar impresos sus nombres para la posteridad en las pirámides y monumentos del antiguo Egipto. Pues bien, los hijos del Lacio tenían, en verdad, la costumbre de dejar pintadas por todo el Imperio, como por ejemplo las halladas en la famosa ciudad de Pompeya. En estos grafitis podemos encontrar verdaderas muestras del humor e ingenio que tenían los romanos. Es la prueba más directa del rastro de estas chanzas las cuales abarcan todo tipo de temas y tipos de la sociedad. Uno de mis preferidos es aquel que dice: <<Me admiro, pared, de que no te hayas derrumbado, tú que soportas tonterías de escritores>>. (CIL. 4. 1904; 2461; 2487) Y a estas pintadas tan frescas, verdaderos ecos de la coyuntura del momento en que se escribió, hemos de añadirle otros rastros directos del humor romano, como los hallados en los epitafios funerarios en donde los grafitis parecen incluso reírse de la muerte. No solo advierten al caminante de quién era o quiénes eran las personas allí enterradas, además les habla directamente prohibiéndoles hacer sus necesidades en el monumento o incluso anunciando la posada más cercana con sus prostitutas incluidas.
Otro hito del humor romano lo encontramos en el primer libro de chistes de la humanidad: el Philogelos o El amante de la risa. Esencialmente es un conjunto de chistes, de incierta cronología, que los autores Hierocles y Philagrios fueron compilando en un mismo volumen. Es evidente por tanto que es una recopilación que abarca bastante tiempo y que los autores han juntado no con la intención de leerse de corrido (aunque también quien quisiera podría hacerlo, para gustos los colores) sino para llevarlo a las juegas o banquetes y ser leídos en público para regocijo de los asistentes. Existían los llamados parásitos de los banquetes a los que les encantaban sacar el volumen en un momento dado de la fiesta y leerlo con tal de conseguir algún favor de los anfitriones a la vez que comida gratis. La literatura latina nos ha dejado buen ejemplo de ellos en obras como El Satiricón de Petronio. Los chistes incluidos en el Philogelos son rápidos y cortos –como debe ser un buen chiste- y también se gozaban más cuando uno de esos parásitos gesticulaba cuando los contaba. En los chistes que aparecen en El amante de la risa hay de todo, retratan a gran parte de la sociedad del momento –sobre todo a los “intelectuales”- no dejan títere con cabeza al hablar de las personas y sus oficios, sobre todo en su mala praxis y se ceban, curiosamente, en los habitantes de distintas ciudades como por ejemplo Abdera, Sidón, Cumas y Eolide, sobre todo en estos últimos a los que se moteja de tontos al estilo, como muy bien dice el autor, de los actuales chistes de léperos.
También son importantes los epigramas burlescos, que esencialmente eran un subgénero del género epigramático, que a diferencia del Philogelos iban dirigido a personas en concreto, aunque se cree que a veces los nombres que aparecen, al ser repetitivos, son como los chistes de Jaimito hoy en día. En estos epigramas destacan por un lado Marcial y por otro los que aparecen en la Antología Palatina. Son algo más elaborados que El amante de la risa, se ríen de vicios físicos y morales, y coinciden en su concisión, brevedad y que tienen sorpresa final. Y finalmente no podemos olvidarnos, por un lado de los dichos ingeniosos que aparecen en las Saturnales de Macrobio, y también en que los chistes no solo se cebaban en las personas humildes, sino también en los ricos y personajes importantes de la historia romana, como por ejemplo Julio César, Cicerón, Marco Antonio, etcétera. Llama la atención que los chistes de este tipo son más libres en la época de la República, más abiertos, pero que en cuanto llega el Imperio, y dependiendo del emperador de turno, los contadores de chanzas debían ser algo más comedidos no fuera a ser que un buen día se encontraran con la visita de algún pretoriano.
Parafraseando a nuestro autor, el humor depende de cada época y lo que entonces nos era jocoso y desternillante, hoy en día puede no serlo. Tal vez, pero aunque hayan pasado un montón de siglos por ellos les aseguro que los ejemplos que aparecen en este libro, Un imperio de risa, nos van a arrancar sin querer alguna que otra sonrisa, más de una exclamación de sorpresa y, por qué no, una risa franca de vez en cuando al comprobar que el humor romano de entonces todavía sigue fresco y muy vivo. Así que si quieren pasar un buen rato y dejarse llevar por la otra Roma que no aparece en los libros de texto les invito a echar unas carcajadas con el último trabajo de Fernando Lillo Redonet. Me lo agradecerán.
Fernando Lillo Redonet, Un imperio de risas. Reus, Editorial Rhemata, 2026, 207 páginas.
