<<Quo, quo, scelesti, ruitis? >> (Horacio).
A finales del siglo XVII, el trono de Inglaterra estaba ocupado por el rey Jacobo II (1685 -1688), un monarca católico –el último que han tenido- al que gran parte de sus súbditos acusaban de déspota, mal político y sobre todo de ser un papista que estaba a las ordenes de Roma. Es por ello que durante su reinado se produjera el descontento y algún que otro intento de levantamiento contra el orden establecido, como por ejemplo la conocida Rebelión de Monmouth, también llamada de Pichfork (1685) en el que un aventurero llamado James Scott, duque de Monmouth, se atribuía ser hijo ilegitimo de Carlos II y aspiraba a conseguir el trono. El 6 de Julio de ese mismo año se produjo la Batalla de Sedgemoor en el que las fuerzas del aspirante fueron destrozadas, su líder decapitado, y como consecuencia se puso en marcha una fuerte represión contra los que habían sobrevivido al envite. Unos fueron ahorcados ipso facto por haber luchado contra el rey Jacobo y otros acusados de traidores por haber apoyado la revuelta o haber acogido a rebeldes en el hogar. Tantos fueron los racimos de cuerpos que pendían de los arboles que al final se optó por deportar a las colonias caribeñas a los que se pudrían en prisión debido, sobre todo, a la falta de cuerdas y maderas con las que fabricar más horcas. Y es en este torbellino de guerras y ejecuciones sumarias, traiciones y deshonor, donde nuestro protagonista, Peter Blood, de profesión medicinae baccalaureus (es decir graduado en medicina) hace acto de presencia debido a una carambola fatal del destino.
Rafael Sabatini (1875 – 1950) ya había alcanzado fama imperecedera con su novela Scaramouche –si no la han leído, háganme el favor de hacerlo- pero no fue hasta 1922 cuando le llegó la gloria eterna al sacar a la luz su siguiente obra: El Capitán Blood, de la que a lo largo del tiempo se hicieron varias reediciones e incluso fue llevada al cine en otras tantas ocasiones, como por ejemplo la realizada por Michael Curtiz en 1935 y en la que Peter Blood fue encarnado de forma magistral por otro aventurero de renombre: Errol Flynn. Pero no nos vayamos por las ramas. Como decía en el párrafo anterior, en aquellos turbulentos años del siglo XVII, el médico Peter Blood fue arrastrado sin querer –el por lo menos, ahíto de pasadas aventuras, no quería- a los momentos cruciales de la Rebelión de Monmouth cuando es requerido con urgencia para curar a un conocido suyo que había luchado en las filas del pretendiente. Mientras realizaba sus artes es sorprendido por las fuerzas reales, tomado como traidor a la corona y por otro golpe del destino no es colgado allí mismo sino que tras un juicio bastante parcial es condenado a ser deportado a las plantaciones del Caribe, en concreto a Barbados, donde conoce el cruel castigo de la esclavitud y de donde normalmente no se suele salir vivo. He aquí la verdadera justicia del rey Jacobo II.
Pero a diferencia de otros que sufren su triste suerte, él todavía tiene la esperanza de escapar de aquel infierno. Es lo único que lo mantiene con vida, además de haber conocido a la bella y decidida Arabella Bishop con la que discute a diario pero que adora en lo más profundo de su ser. Y la oportunidad se presenta cuando aparece un barco español, el Cinco Llagas, y tras un golpe de mano se hace con él y se escapa junto a sus hombres y al que rebautiza como Arabella. A partir de entonces comienzan sus verdaderas aventuras como pirata y su fama vuela por las aguas caribeñas. Aun así Blood se distingue de los demás perros del mar en que no es un pirata al uso pues no es sanguinario con sus víctimas, no es avaricioso ni déspota, al revés, mantiene una disciplina férrea con sus iguales además de anteponer el honor y la lealtad por encima de todo. Un caballero que teniendo alma de médico antepone la vida a la muerte. Pero no solo consigue fama entre los piratas sino que también concita la ira de la armada española y por eso en ciertas ocasiones tiene que aliarse con otros piratas o bucaneros, como por ejemplo el famoso Levasseur, más conocido como El Gavilán –y que en el cine fue interpretado por Basil Rathbone- o atacar férreos emplazamientos artillados de la corona hispana como por ejemplo Maracaibo del que saldrá airoso –por los pelos- y que le granjeará más gloria entres los Hermanos de la Costa ubicados en la mítica Isla de la Tortuga. En uno de sus viajes consigue salvar a la bella Arabella Bishop, su gran amor, y tras otra serie de increíbles aventuras y salvar a la ciudad de Port Royal de un terrible peligro jura poner sus habilidades marítimas al servicio del nuevo rey inglés, Guillermo III de Orange (1689 – 1702), convirtiéndose por derecho en el gobernador de Jamaica.
Las aventuras de El Capitán Blood se inspiran en una figura real, en otro mito del mundo de la época dorada de la piratería como fue el inglés Henry Morgan (1635 – 1688) lo que la hace mucho más atractiva aún. A través de sus páginas además de las correrías de nuestro capitán el lector podrá darse un baño de realidad y conocer las injusticias que existían en aquellos tiempos como por ejemplo la lacra de la esclavitud, en todas sus variantes, y como el ser humano se puede convertir en un mero producto mercantil con el que satisfacer las necesidades y caprichos de otras personas. Y todo este tipo de injusticias y veleidades es por lo que lucha Peter Blood, además de por su libertad y por el amor a su querida Arabella. Nuestro protagonista además mantiene un constante esfuerzo en su fuero interno entre el odio y el resentimiento hacia las personas que le han convertido en ese oscuro pirata, es decir una venganza que lo arrase todo, o bien conducirse de forma leal hacia la libertad cumpliendo su juramento médico de no asesinar y conservar puro su honor. Esta lucha que parece querer desgarrarle desde el interior es lo que hace de Blood un personaje redondo, con muchas aristas y muchas capas que el lector habrá de ir separando y conociendo. Por tanto podríamos considerar esta novela de Sabatini, El Capitán Blood, como una novela de aventuras total, una obra inmortal en la que el lector que se atreva a abrir sus páginas gozará de cabo a rabo entre abordajes imposibles, duelos a espada con el mar de fondo, el viento salado en los labios mientras recorre el fulgurante Caribe, un amor que parece escaparse de los dedos cada dos por tres, y sobre todo un sentimiento de vivir lo imposible: la eternidad.
Rafael Sabatini, El Capitán Blood, traducción de Guillermo de Boladeres. Barcelona, Edhasa (Zenda), 2026, 480 páginas.
Portada de la película El Capitán Blood (Michael Curtiz, 1935). Filmaffinity

