Australia se llama de esta manera porque en la antigüedad se creía que había un continente en el Sur llamado Terra Australis. Luego los exploradores holandeses pasaron a llamarla Nueva Holanda, pero no fue hasta 1770 que el capitán británico James Cook dictaminó que Australia era una isla enorme. En la actualidad es uno de los países más avanzados del mundo, pero ¿qué me dirían si supieran que esta isla fue fundada por una colonia de presos venidos del Viejo Continente? Pues sí, y para conocer el por qué hemos de remontarnos a finales del siglo XVIII cuando el Reino Unido tenía un gran problema con la gestión de presos. En aquellos años las cárceles estaban saturadas llegándose incluso a meter en la misma celda a raterillos junto con auténticos psicópatas o niños a los que se les acusaba simplemente de mendigar por las calles. Debido al rigorismo de la ley las cárceles estaban a reventar y ya no se podía enviar su excedente a las colonias americanas porque éstas ya se habían independizado con anterioridad.
¿Qué hacer entonces? Se había probado a crear barracones exteriores o llenar barcos en desudo, e incluso enviar contingentes de presos al África Occidental pero todo eran simples parches que no servían para resolver el problema. La solución la trajo precisamente los recientes viajes de exploración que había realizado hace poco el capitán James Cook. El que había sido el biólogo de la expedición, Joseph Banks, alegaba que en las costas australianas (futura Nueva Gales del Sur) había un puerto natural llamado Botany Bay (Bahía Botánica) en el que se podía fundar una colonia de nueva planta y de esta manera, a la vez, aligerar las atestadas cárceles inglesas. En 1788 llegó a Botany Bay la primera flota de presos pero enseguida se dieron cuenta que el lugar era bastante insalubre. Arthur Philip, jefe de la expedición decidió entonces navegar más al Norte hasta encontrar un lugar ideal para fijar un asentamiento. Y lo encontró. Se llamó Port Jackson pero pronto fue conocido como Sidney, en honor a Thomas Thownshend, lord Sidney, quien había sido el promotor de este viaje.
Los primeros tiempos fueron bastante desastrosos: enfermedades, hambrunas, luchas entre los presos quienes tenían que construir sus propios barracones, y aunque el gobernador Phillip pedía ayuda a la metrópoli ésta, en verdad, les hacía poco caso ya que optimaban que había motivos más importantes que preocuparse por una colonia-vertedero donde se vaciaba cada cuanto la hez de sus cárceles. Los presos, que seguían llegando a cientos se ocupaban, en condiciones bastante denigrantes, de la construcción de carreteras, puentes o futuros emplazamientos; también de labores domesticas y agrarias como roturar los campos o cuidar del ganado. Incluso muchos de ellos acabaron siendo esclavos de los nuevos colonos libres que iban llegando cuando Nueva Gales del Sur fue prosperando poco a poco.
