jueves, 24 de octubre de 2013

UNA ESTATUA GENIAL



Hubo un tiempo, en la época de los Austrias, en que tener una estatua ecuestre era signo de grandeza e importancia regia. Es por ello que Felipe IV, al igual que su padre Felipe III, quiso tener una, pero más espectacular, pues mientras la de su progenitor solamente tiene una pata delantera levantada, la suya tenía que estar en corveta, con las dos patas delanteras hacia arriba. Aunque ahora con la tecnología más avanzada la construcción de la estatua es factible, entonces no lo era tanto, por lo que el Rey Planeta tuvo que echar mano de la habilidad de cuatro genios.

Velázquez hizo varios bocetos al óleo, todos ellos con las patas delanteras del caballo levantadas. El escultor e ingeniero Juan Martínez Montañés se encargó de esculpir la cabeza ya que no había nadie que la plasmara de manera correcta. Felipe IV quiso que el resto de la estatua la esculpiera el mismo escultor que hizo la de su padre. Así pues encargó la obra a Pietro Tacca, pero cuando estaba a punto de concluirla las patas traseras se hundió debido al peso. Fue en este momento cuando comenzó el intercambio de correspondencia entre el rey y el escultor diciéndole éste que le era imposible terminar la estatua a tiempo ya que se desmoronaba continuamente. Y es en este punto cuando hace su aparición el cuarto genio: el astrónomo y físico Galileo Galilei, que al enterarse del problema a través de Pietro Tacca y de Cristina de Lorena, duquesa de Toscana, con la que tenía una fecunda relación, les sugirió que equilibraran el interior de la estatua de la siguiente manera: La parte que tenía las patas apoyadas en tierra debería ser sólida y pesada, mientras que la otra mitad del caballo debía estar hueca, y así de esta manera todo el peso estaría equilibrado y no se caería nunca jamás.