jueves, 9 de abril de 2015

LOS FANTASMAS DE LA GUERRA



Siempre se ha sabido que los nazis estaban obsesionados con la arqueología. No por su valor artístico o didáctico sino para confirmar mediante sus hallazgos una supuesta ascendencia perfecta que justificara su superioridad racial o, y esto era lo más peligroso de todo, para usar estos restos arqueológicos como armas de poder con las que arrasar a sus adversarios. Pero no solo Hitler estaba obsesionado con encontrar reliquias del pasado, sino que también su gran enemigo, Iosif  Stalin, padecía esta  fiebre arqueológica. Aunque no son muy conocidas el dictador ruso organizó distintas misiones en el Este con el único fin, igualmente, de buscar un arma definitiva con la que acabar con los nazis. Stalin estaba obsesionado con la figura de los dos grandes conquistadores asiáticos, Gengis Kan y Tamerlán, así que envió una serie de expediciones para encontrar sus restos. Una de ellas llegó hasta el mausoleo donde descansaban los huesos (o más bien el polvo) de Tamerlán, que yacían tranquilamente en el mausoleo de Gur-Emir en Samarcanda (Uzbekistan) Cuando iban a desenterrar el cuerpo los responsables uzbekos les advirtieron que quien perturba el sueño eterno del último gran líder mongol sufriría una maldición que les perseguiría por toda la eternidad. Pero los arqueólogos rusos, creyendo que estas amenazas eran solamente cuentos de viejas, y a pesar de hallar una inscripción en la que ponía “Quién abra mi tumba desatará a un invasor más terrible que yo”, no dudaron en ningún momento en levantar la tapa del sarcófago. Llama la atención que el día que eligieron los arqueólogos rusos para exhumar el cuerpo de Tamerlán fuera el 22 de Junio de 1941, precisamente el mismo día en que los alemanes invadieron Rusia en la llamada Operación Barbarroja. E igualmente también es curioso constatar que la victoria soviética en Stalingrado se produjera el mismo día que los restos del conquistador mongol fueron enterrados de nuevo en una ceremonia religiosa musulmana.