miércoles, 30 de enero de 2019

¿QUIÉNES ERAN LOS RESUCITADORES?


Los resucitadores eran, esencialmente,  ladrones sin ningún tipo de escrúpulos que se dedicaban a robar cadáveres para llevarlos a las facultades de medicina y anatomía. Durante el siglo XVIII y parte del XIX hubo un gran aumento de estas escuelas que, claro está, dispararon el consumo de muertos con los que poder estudiar el interior del cuerpo humano. En el caso de Inglaterra, por ejemplo, era normal que dichas facultades pudieran tomar legalmente el cuerpo de aquellas personas que habían sido ejecutadas por crímenes mayores, pero como no había suficiente material para todos los alumnos (debían diseccionar dos cuerpos por año) muy pronto los directores de las facultades comenzaron a contratar a personas o bandas para que resucitaran a cualquier persona que hubiera muerto recientemente. Éstos no desenterraban a los fallecidos por amor a la ciencia sino que cobraban por la calidad del cuerpo que entregaban al anfiteatro médico. Cuanto más perfecto era y menos putrefacto se encontraba más monedas recibían los resucitadores. Un buen cuerpo, con músculos bien tensos y órganos de buena calidad, podía alcanzar una fortuna con lo que pronto fueron muchos los que se sumaron al negocio de desenterrar cadáveres. Negocio en el que estaban metidas muchas personas a parte de los ladrones, pues en él había desde personajes célebres, enterradores, cuidadores de cementerios, gentes de la iglesia e importantes anatomistas. Eso sí los resucitadores, normalmente, solo cogían el cuerpo y dejaban a parte las joyas y enseres valiosos del difunto ya que si los atrapaban se consideraba un delito mayor (aunque hubo algunos que se  pasaron de la raya y pensaron que era más rápido conseguir cadáveres si mataban a la gente, como fue el caso de William Burke y William Hare)

La fiebre de los resucitadores llegó a tal punto que la población comenzó a tener pánico y a tomar medidas para preservar el descanso eterno de sus familiares. Los ricos, por ejemplo, construían grandes panteones y los dotaban de medidas de seguridad al estilo de impenetrables fortalezas. Las clases acomodadas enterraban bien profundo el cuerpo e incluso, a veces, ponían pequeñas trampas para que los resucitadores tuvieran problemas para sacarlo. En cambio los pobres lo único que podían hacer era turnarse durante días y días al lado de la tumba para que el cuerpo del familiar fuera pudriéndose poco a poco y de esta manera quedara inservible para la ciencia.