domingo, 25 de febrero de 2024

LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO ANTIGUO - Kai Brodersen

 

Todo el mundo habrá oído hablar de alguna de las Siete Maravillas del Mundo, pero solamente unos pocos las habrán visto con sus propios ojos. Para hacerlo hay que viajar lejos… Solamente si uno viaja por el mundo y se queda agotado por el esfuerzo del viaje satisfará su deseo de ver todas las maravillas del mundo, y cuando lo haya realizado estará viejo y a punto de morir. (Filón de Bizancio)

 

Ahora que lo veo con perspectiva pienso que, a ojos de mis amigos, yo debía ser bastante rarito en el colegio. Les pongo un ejemplo: cuando todos se iban al recreo, a mi me gustaba acudir a la biblioteca del centro escolar y decirle a la encargada que abriera para atracarme de buenas historias. Mientras los demás jugaban al fútbol o al escondite a mí, en cambio, me agradaba dejarme llevar por los libros que hablaran de la antigüedad y de sus dioses. Entre todos aquellos fantásticos ejemplares había uno que siempre me gustaba pedir. Se trataba de una especie de atlas a todo color que versaba exclusivamente sobre tiempos remotos. Me acuerdo que había un mapa que hablaba sobre las maravillas del mundo y quienes las construyeron. Con dedo tembloroso y mente febril recorría y soñaba con cada sitio en el que hombre hubiera despuntado con su técnica. Cerraba los ojos y ya me veía sentado a la sombra de las pirámides. Otras veces me relajaba con las gotas de rocío caídas de los Jardines de Babilonia. E incluso podía sentirme deslumbrado con el fulgor de un lejano faro alejandrino. El timbre inoportuno acababa con mis ensoñaciones, pero siempre que podía volvía a ellas… Ha pasado el tiempo y todavía hoy me sigue picando el regusto por lo antiguo, al igual que muchos que no han olvidado cuáles han sido aquellas septem miracula arcanas.

 

Actualmente las siete maravillas se han convertido en tema popular, y al igual que han hecho las arenas del tiempo, pocos son las que saben enumerar esta lista de honor. Como mucho recordaran las pirámides de Egipto o en un rasgo de inteligencia tal vez se les venga a la cabeza la imponente figura de un Coloso rodio. A este desconocimiento tampoco ayuda el que existan pocas ediciones sobre este tema en exclusiva. Así que, aunque no sea un libro de grandes dimensiones, el trabajo de Kai Brodersen Las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, se convierte en pieza fundamental dentro de la historiografía sobre la antigüedad y sus proezas. El autor, primeramente, nos pone en antecedentes sobre el cómo, el dónde y el por qué se efectuaban estas listas. Parece ser que a principios del siglo XX se halló en Berlín unos viejos papiros desencuadernados que había junto a una momia de Abusir- el- Melek. Se trataba de un escrito del siglo II a. C que ya hablaba sobre siete maravillas del mundo. A estos manuscritos se los conoce como los Laterculi Alexandrini y es la enumeración más antigua que existe sobre este tema. En ella podemos observar como ya se aúna el arte y técnica para hablar sobre las Maravillas. Como se podrá observarse la mayoría de estas composiciones aparecidas en aquellos tiempos, como por ejemplo también la de Calímaco (siglo III a. C), están escritas a partir del periodo helenístico. Los ojos de Alejandro Magno habían oteado más allá del horizonte conocido y el mundo había crecido en breve tiempo. Todo ello hace que el ansia de viajar y conocer las grandezas de otro lugar fuera posible. En conclusión, toda esta manía de enumerar y engrandecer monumentos proviene de los griegos, y si uno se da cuenta todas estas maravillas se encuentran en el área greco parlante del Mediterráneo.

 

Aun así esta Laterculi Alexandrini es bastante irregular. La primera lista completa que habla sobre las siete maravillas conocidas fue hallada en la Biblioteca Palatina de Heidelberg. Por ello se le llama Anthología Palatina y se le atribuye al escritor Antípatro. En ella podemos ver el listado completo que conocemos hoy día: Las Pirámides de Egipto; Las murallas de Babilonia; los Jardines Colgantes de Babilonia; La Estatua de Zeus en Olimpia; El Templo de Ártemis en Éfeso; el Mausoleo de Halicarnaso; y el Coloso de Helios en Rodas. Seguramente algún lector avispado habrá observado que en esta lista oficial no aparece mencionado por ningún lado el Faro de Alejandría, la maravilla más práctica de todas, ya que iluminaba a los marineros hacia la isla de Faros tanto por el día como por la noche. Y tiene razón, pues el poeta Antípatro no la menciona. Fue un añadido tardío de algunos escritores. He aquí uno de los grandes temas que aparecen en esta historia, ya que a través de toda la antigüedad no ha existido una lista definitiva sobre cuáles tenían que quedar. A lo largo de los siglos y de los imperios gobernantes unas han salido y otras han quedado, creándose al final una especie de orden consensuado. E incluso hoy en día todavía hay autores que discuten si alguna se tiene que ir y ser sustituida por otra. Llama la atención, sobre todo, los que han quedado fuera, como el Altar de Cuernos en Delos; el Gran Obelisco de Babilonia; Las Cien Puertas de Tebas; el Puente sobre el Éufrates; o El Palacio de Ciro en Ecbatana con sus siete murallas de distinto color con sillares de oro. Verdaderamente debían ser todo un espectáculo ver la luz del atardecer reflejarse en aquellas piedras áureas. Y finalmente están las imposiciones e ideas de los que quieren ver cualquier vestigio de su cultura inscrito en la lista principal. Los romanos creían que el Coliseo de Roma no solo tenía que aparecer sino que ¡debía estar por encima de todas ellas!.

 

Unos entran y otros salen. ¿Por qué no poner todas las maravillas juntas? ¿Por qué siete y no mil? Según parece en la antigüedad el siete era un número con grandes connotaciones simbólicas y mágicas. ¿No se nos habla de  los siete sabios de Grecia; de la famosa lucha de los siete contra Tebas; e incluso en la Biblia los escritos no hacen mención de los siete días de la Creación, o las siete vacas gordas y las siete vacas flacas que afligirían al País del Nilo? Pues bien, si ahora al hablar de las mejores jugadas de baloncesto y fútbol, o al querer enumerar las películas más brillantes nos fijamos en una especie de top ten, en illo tempore pasaba lo mismo pero con el numero siete. Esta cifra que no es factor ni producto de los primeros diez números excepto del uno, indica una singularidad que para griegos, romanos, persas o egipcios, era símbolo de perfección. Y por cierto, otro dato ¿por qué se les llama maravillas? El culpable de ello es el escritor romano Marco Terencio Varrón (116 – 27 a. C) quien al hacer su propia quiniela de las grandezas de entonces las mencionó de la siguiente manera: septem opera in orbe térrea miranda. O lo que es lo mismo: las siete obras (maravillas) que deben ser admiradas en el mundo. Curioso ¿verdad? Ambos datos, el número siete, y el termino maravilla hace que un escritor llamado Filón de Bizancio cree una obra que servirá de Lonely Planet a todos aquellos que desearan ver con sus propios ojos los monumentos o restos que quedara de ellos. Se trata de la famosa Guía de Viaje de las Siete Maravillas del Mundo, que tanto impacto tendrá en los turistas que viajaran no solo en la antigüedad sino también en la Edad Media y en el Renacimiento, momento este último en el que estos monumentos vuelven a ver la luz del sol aunque sea solamente dentro de la imaginación de los escritores que vivieron en la Europa del despertar artístico y cultural.

 

Al igual que el libro de Kai Brodersen, el tema de las Siete Maravillas es apasionante y clarificador. El autor se acerca a cada una de ellas y nos habla de cómo fueron construidas, quiénes fueron sus artífices y cuál fue su destino final. Nos sentiremos embargados con el misticismo de algunas de ellas como Los Jardines de Babilonia; la fuerza y poder del Zeus de Olimpia y la Murallas impenetrables de Babilonia; y también nos sentiremos afligidos con la historia del rey Mausolo. Unas duraron más que otras, algunas tuvieron un final desastroso, pero aunque solamente quede en pie las pirámides como testigo de aquella época, a las personas que todavía amamos la historia, la narración épica de cada uno de aquellos monumentos al genio humano nos hace estremecer de emoción y respecto. El poema glorioso de Antípatro es ejemplo de este sentimiento:

 

El muro de la áspera Babilonia, por donde marchan los carros,

y este Zeus a orillas del Alfeo los contemplé,

como los jardines colgantes y el coloso de Helios,

y el inmenso trabajo de las elevadas pirámides

y la tumba gigantesca de Mausolo; pero cuando divisé

el templo de Artemisa que se alza hasta las nubes,

las otras maravillas fueron eclipsadas,

y dije: aparte de en el Olimpo,

el Sol nunca pareció tan grande.