No hace mucho
hablando con una persona sobre la gente egoísta que realiza negocios a costa
del dinero de los demás, me soltó de improviso una frase que no había oído en
mi vida y que me llamó mucho la atención: “Disparar con pólvora del rey”. En
verdad quedé bastante intrigado y cuando lo busqué en un diccionario de
expresiones descubrí que provenía de las numerosas frases populares que nos hablan
de los tercios españoles. En aquellos años la paga de los soldados se realizaba
según el puesto y las necesidades que tuvieran a la hora de batallar. Es decir
no cobraba lo mismo un jinete que tuviera que comprar y mantener los arreos de
su montura que un piquero o un arcabucero. Además estos últimos debían tener
cuidado con la pólvora que utilizaban pues se la tenían que costear ellos
mismos. Por lo tanto cualquier arcabucero sabía que debía ser certero al
efectuar un disparo ya que cuanta más pólvora
gastara menos dinero tendría para otras cosas. Pero había ocasiones en que
estos tiradores de élite no debían preocuparse por despilfarrar la pólvora. Se
daba la circunstancia de que el rey tenía necesidad tomar tal o cual posición estratégica, o
sitiar una ciudad importante, y entonces a los arcabuceros se les permitía coger toda la pólvora
que quisieran del propio polvorín del monarca, con lo que éstos se tomaban la
licencia de disparar todo lo que quisieran sin preocuparse por su dinero. De
ahí la expresión: “Disparar con pólvora del rey”.
viernes, 18 de noviembre de 2016
domingo, 13 de noviembre de 2016
CUIDADO CON LOS AUTOGRAFOS QUE SE DAN
Sobre el pintor
español Pablo Ruiz Picasso se cuenta un sin fin de anécdotas, unas de carácter apócrifo
y otras no tanto. Esta que ahora les ofrezco es una de las últimas, de las
verídicas. Según parece el malagueño estaba descansando en una playa del sur de
Francia cuando vio que se le acercaba un niño con una hoja de papel y un lápiz.
Cuando estuvo delante de él le pidió que
por favor le hiciera un dibujillo ya que le había reconocido. Pero Picasso, oliéndose
la trampa, supo de inmediato que era muy raro que un niño le reconociera y que además,
lo más seguro, habría sido enviado por sus padres, los cuales estarían ocultos
en algún sitio, para después vender el boceto a precio desorbitado en cualquier
sitio. Así que para evitar ser timado cogió el papel, y para asombro del joven,
el pintor lo arrugó, lo tiró a un lado y
acto seguido con el lápiz en la mano le pinto un dibujo en la espalda. Días después
Picasso estaba hablando con un amigo y le dijo una duda que en ese momento le había
venido a la cabeza: “¿Habrán lavado a su hijo?”.
sábado, 12 de noviembre de 2016
LOS CABALLOS CONQUISTADORES
Uno puede
preguntarse cómo fue posible que un grupo de soldados y aventureros españoles
fueran capaces de conquistar imperios y explorar grandes extensiones de terreno
en América, allende los mares. Según el libro o historiador con quien se hable
le puede a uno dar diferentes motivos, como la audacia y valentía frente al
enemigo; la ayuda recibida por parte de los indígenas; o simplemente la expansión
de enfermedades traídas de Europa y que era desconocidas totalmente en aquellos
lugares y para las que, por tanto, no había cura posible. Todas estas
respuestas son validas, complementarias unas a otras, pero yo, desde mi modesta
opinión añadiría otra: el miedo y la superstición.
Desde que los
conquistadores llegaron a las costas americanas, sin quererlo fomentaron en
torno a ellos el halo de ser seres divinos y sobrenaturales que venían desde el
más allá. Los indios de la zona, al principio, los veían como aquellos
viracochas, o divinidades blancas, que regresaban del cielo a recuperar sus
antiguas posesiones. El brillo de las corazas, el uso de las armas que escupían
fuego, y sobre todo el empleo de unos seres que traían bajo sus piernas, es
decir los caballos, los hacía parecer seres invencibles, como centauros de la
antigüedad.
Centrémonos en
estos últimos. Fue el propio Cristóbal Colón en su Segundo Viaje (1493) quien
trajo los primeros caballos a América. Y muy pronto, frente a las acometidas de
los indios, como por ejemplo en la Batalla de la Vega Real, o de Jaquimo
(1495), en donde destacó un joven capitán llamado Alonso de Ojeda, los
españoles se dieron cuenta de la importancia de aquellos animales. Así que se
determinó desde es el principio que en cada viaje se trajeran caballos desde
España pues parecía que los indígenas les tenían miedo al creer que eran caníbales,
y que además con un número reducido de buenos jinetes podían acabar con una
cantidad enorme de enemigos en pocos minutos. Se cuenta que algunos poblados
huían monte arriba en cuanto oían relinchar a un caballo. Tan importante fue su
utilización que cuando se producía una batalla una de las primeras cosas que se
hacía era un inventario de los caballos que habían muerto, estaban heridos o
enfermos. Es por ello, que para mantener la idea de que eran inmortales se los
enterraba en secreto. Aunque muy pronto aquel efecto sorpresa acabó disipándose
al darse cuenta de la docilidad de aquellas bestias y al ver que solamente
comían hierba y forraje que les traían los peones encargados de su cuidado.
De igual manera
el transporte el caballos entre ambos continente disminuyó al comenzar el nuevo
siglo pues pronto, a partir de 1520, comenzaron a criarse en Cuba y Jamaica,
por lo que no fue tan necesario y perentorio traerlos desde España. Aunque
llama la atención que uno de los problemas que encontraron los españoles desde
que llegaron a América fue encontrar hierro para hacer o bien los arreos de los
caballos o bien calzarlos con unas herraduras de buena calidad. Así que los
conquistadores tuvieron que utilizar el mineral que más a mano tenían, es decir
oro, cobre y plata. Ahora nos costaría trabajo encontrar un caballo que llevara
herraduras de brillante oro, pero en aquellos años fue de lo más normal ver a
los equinos portándolas. Y lo que es más importante, el herrarlas con
materiales preciosos no era ninguna frivolidad, sino toda una necesidad y un
negocio pues en cuando un caballo se moría su dueño solamente tenía que coger
los herrajes, guardárselos y con ellos ir al mercado más próximo a comprar otro
caballo.
lunes, 7 de noviembre de 2016
EL VINO DE LA DISCORDIA
Cuentan las crónicas
antiguas que el verano del año 1654 fue especialmente caluroso. En las calles
de Madrid, desde que el sol iluminaba los tejados hasta que desaparecía más
allá de las montañas de Guadarrama, se respiraba un ambiente pesado y asfixiante,
siendo pocos los que se atrevían a salir en las horas centrales del día. A eso
hay que añadir que debido al calor tan extremo que había en el ambiente el río Manzanares comenzó a secarse provocando que la poca agua que corría quedara estancada y
podrida en sus orillas. Y como consecuencia de ello grandes nubes de mosquitos invadieron
la ciudad ocasionando que muchos madrileños enfermaran al beber agua en tan malas
condiciones.
Ante este hecho
la familia real y los nobles mandaron que les trajeran agua, a lomos de
borriquitos, dese Alcalá de Henares. Pero, claro está, los más pobres no se
podían permitir este lujo por lo que empezaron a beber otra clase de líquido
que no estuviera corrupto por las miasmas que había en el ambiente. Es decir
vino. De la noche a la mañana cientos de litros de esta bebida corrieron por
todos los rincones de Madrid, provocando que aquel verano fuera el más etílico
que se recuerda en la ciudad. Pasados
unos días, esta fiebre por el vino se fue apagando poco a poco, y no porque la
gente se aburriera de tener resaca todas las mañanas, sino porque al igual que
le pasa a otros líquidos, el vino también se pica al estar abierto. Pero los
mesoneros no se amilanaron ante este hecho, y empezaron a aguar el vino con la
misma agua que estaba podrida. O sea que los madrileños se pusieron de nuevo
enfermos. Tantas fueron las denuncias que recibieron las autoridades que muy
pronto salió a la luz una ordenanza municipal amenazando con duras sanciones a aquellos
mesoneros desaprensivos que se atrevieran
a aguar los toneles de vino.
domingo, 30 de octubre de 2016
EL LAGARTO DE SEVILLA
La ciudad de
Sevilla es una de las más antiguas de Europa, y como tal acumula gran copia de
historias de lo más curiosas. Si uno camina distraído por el Patio de los
Naranjos de la Catedral se topará de repente con un gran cocodrilo colgado en
la techumbre del lugar. Según cuentan las crónicas allá por 1260 llegó a
Sevilla una embajada del Sultán de Egipto para, por un lado, pactar una alianza
con Alfonso X, y gracias a ella, sellar dicho acuerdo concertando un matrimonio
entre él y la hija del monarca español, la princesa Berenguela.
El día que la
embajada llegó a Sevilla sus habitantes quedaron estupefactos ante el boato que
desprendía: oro, joyas, exóticas mujeres, y sobre todo animales nunca vistos
por aquellos pagos. Parece ser que el embajador principal traía consigo una
jirafa, un cocodrilo de Nilo enjaulado, una cebra y un enorme colmillo de
elefante. Pero a pesar de que se les
entregaron estos presentes al rey, ambas partes no llegaron a un acuerdo con lo
que la embajada partió, aunque como acto de buena voluntad dejaron los animales
allí como para que los sevillanos
disfrutaron de ellos cuando visitaran el Alcázar.
Con el tiempo, y
como es natural, los animales se fueron muriendo por lo que el Consistorio decidió
disecar el cocodrilo y colgarlo en el Patio de los Naranjos junto con el freno
o bocado de la jirafa y el colmillo del elefante. Parece ser que aquel
cocodrilo relleno de paja acabó rompiéndose y fue sustituido por otro hecho de
madera, que es el que se puede contemplar a día de hoy.
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