jueves, 18 de mayo de 2017

REY POR UN DÍA



Muchas veces hemos oído decir de la expresión “Sabe más que Lepe” o “Es más listo que Lepe” alegando que una persona tiene muchos conocimientos y sabe responder a cualquier pregunta que le hagan por muy intrincada que sea. Pero ¿sabían de donde proviene este dicho tan famoso? Hay quienes opinan que su origen proviene de un religioso oriundo de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) llamado don Pedro de Lepe y Didantes (1641 – 1700), obispo de Calahorra, el cual atesoraba una gran sapiencia además de haber escrito uno de los grandes betsellers de la época, el Catecismo de la Doctrina Cristiana.

En cambio otros creen que este dicho es mucho más antiguo y se lo adjudican a un tal Juan de Lepe, ciudadano ilustre de esa localidad de Huelva. Parece ser que el tal Juan era muy pobre, pero lo que le faltaba en sus bolsillos lo ganaba en inteligencia. Tan dicharachero y arriesgado era que nada más llegar a Inglaterra en el siglo XV se introdujo en la corte y con los años se hizo amigo, confidente y bufón del propio rey Enrique VII (tal vez por esto se hable de los chistes de Lepe). Un día en que el rey estaba aburrido Juan le propuso jugar a las cartas para pasar el rato. Al principio solo apostaron unas pocas monedas pero el rey comenzó a picarse y las apuestas comenzaron a írseles de las manos. En la jugada decisiva Enrique VII, todo excitado por la partida, quiso jugarse el reino entero prometiendo a Juan que si perdía esa mano le cedería la corona por un día. Y así fue, el rey perdió y Juan, el bufón de la corte, se convirtió en monarca durante 24 horas pasando a conocérsele como  “el pequeño rey de Inglaterra”.  Pasado ese tiempo volvió a cederle la corona a su legítimo dueño y con los años Juan volvió cargado de riquezas a su localidad de Lepe. Allí vivió holgadamente y con el dinero que había traído restauró el convento franciscano de Nuestra Señora de la Bella, en donde a su muerte fue enterrado.

sábado, 6 de mayo de 2017

BREVE HISTORIA DE LAS BATALLAS NAVALES DE LA EDAD MEDIA - Víctor San Juan



La Edad Media. Un largo tiempo de la Historia que en Europa nace con la caída del Imperio Romano de Occidente y que durará hasta la caída de Granada y el descubrimiento de América en 1492 o con la caída de otra de las grandes ciudades de la civilización, Bizancio en 1453. La polémica con la fecha final de esos casi mil años de oscuridad es continua, pero en lo que la gran mayoría de los historiadores están de acuerdo es que con el comienzo de ella se produjo en el continente una calma chicha pareciendo que todo se había congelado. Mientras que el comercio, las ciudades y grandes burgos se paralizaban, lo único que continuaba su movimiento inexorable eran los Cuatro Jinetes que una vez vio San Juan en su Apocalipsis. La guerra campaba a sus anchas, cientos de personas morían bajo el filo de la espada de nuevos reyes e invasores, las enfermedades asolaban sitios donde eran meras pesadillas pretéritas y el hambre desgarraba los estómagos que buscaban inútilmente comida en graneros desabastecidos. Todo ese comienzo y gran parte de la Alta Edad Media fue un caos y solamente una pequeña vela de esperanza titilaba en los fríos scriptorium de los monasterios. Y si fue un tiempo difícil en tierra, igualmente lo fue en el mar. Mucho se ha estudiado de la Edad Media dentro del continente europeo y muchas veces parece que no existiera el mar. Así pues el libro que les traigo en estos momentos nos descubre una nueva Edad media desde un nuevo punto de vista: la Media Aetas desde el punto de vista naval. Con todos ustedes el reciente trabajo de Víctor San Juan, Breve Historia de las Batallas navales de la Edad Media.

Pero aunque el comienzo de la Edad Media fue un caos y un congelamiento en las relaciones urbanas, el estado de la marina y de los movimientos en el Mare Nostrum y en el Atlántico en esos momentos fue el mismo y no porque fuera culpa de la nueva era que se abría sino porque era heredera de una quietud inusitada que se había venido produciendo desde el nacimiento del Imperio romano en el siglo I d. C. En tiempos de los emperadores las aguas del Mediterráneo se habían tranquilizado desde el punto de vista militar y comercial hasta llegar a niveles de estancamiento. Pero con la caída del Imperio Occidental en el 476 d. C aquellas aguas inmovilizadas comenzaron a tomar vida. Los grandes movimientos de los pueblos llamados barbaros, como por ejemplo los hunos, los godos o vándalos…,  aunque en un principio no participasen en el campo marítimo al desconocer en muchos casos los rudimentos marítimos, pronto se hicieron eco de ellos para moverse y poder alcanzar nuevos territorios. Y pasado el tiempo, en cambio, fueron otros pueblos como los vikingos (sobre todo) o los árabes los que supieron sacar todo el jugo a las rutas marítimas para conquistar y comerciar. Destaca por encima de ellos los ya nombrados vikingos y normandos quienes tenían una cultura marítima muy por encima de los demás. Gracias a sus drakkars asolaban cualquier costa del mundo conocido, incluso la neblinosa Albión, y no solo hacían prevalecer sus rapiñas a la luz de saqueos sangrientos sino que también tenían una visión comercial excelente llegando a los confines del mundo conocido en Europa retomando ríos hasta llegar hasta las mismísimas puertas de Bagdad.

La Edad Media fue un tiempo largo y en aquellos siglos las técnicas marítimas evolucionaron de manera exponencial. Lo que en un principio fueron movimientos puntuales pronto hicieron que ciudades de Europa como Venecia o Génova se convirtieran en emporios del comercio y de la guerra. El nacimiento de las Cruzadas (siglo XI – siglo XIII)  y la famosa Guerra de los Cien Años (1337 – 1453) hicieron que en lo tocante al tema militar hubiera un resurgimiento de la marina de combate. Víctor San Juan nos muestra como era el movimiento de tropas tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo, cómo eran aquellos barcos de guerra, cómo estaban compuestos y como muchas veces hasta participaban en asedios ya fuera en las frías aguas atlánticas o en las caldeadas aguas de un Mediterráneo donde se dirimían contiendas religiosas.  Con su peculiar estilo de escritura con la que normalmente atrapa al lector desde el primer momento, nos muestra, a la vez de cómo evolucionó el tema marítimo en la Edad Media, un total de 27 batallas navales desde la Batalla del cabo Bon (468) hasta la fastuosa toma de Constantinopla (1453), que marcaron el devenir de aquel tiempo en el que la espada y la oscuridad pugnaban por conquistar aquel mundo feudal.

miércoles, 3 de mayo de 2017

ORGULLOSO DE SU LENGUA



A finales del siglo XIX el que fuera embajador de España en la Santa Sede en tiempos de León XIII era de origen extremeño. Cuando pasó un tiempo prudencial tras haber presentado sus credenciales fue llamado de nuevo por el Papa para preguntarle qué era de su vida, si se estaba acostumbrando a vivir en Roma, y que si tenía alguna duda con respecto al protocolo que allí imperaba. Este ruego fue hecho en italiano, idioma oficial del Vaticano, pero como el embajador español no respondía y el silencio empezaba a ser algo molesto León XIII volvió a preguntarle si además de hablar castellano acaso también lo hacía en inglés o francés. Aun así el embajador no acertaba a contestar, y por ello el cardenal Mariano Rampolla que estaba allí presente y que había sido Nuncio papal en Madrid le tradujo lo que el Santo Padre le había preguntado. Después de escucharle el embajador se puso muy serio, enderezó su cuerpo y le dijo al cardenal lo siguiente: “Diga Su Eminencia a su Santidad que yo también hablo otra lengua que se llama extremeño que es igual de grande y bonita que el inglés o el francés”.

martes, 2 de mayo de 2017

EL BOMBARDEO DE LA BASÍLICA DEL PILAR



Al comienzo de la Guerra Civil Española, precisamente el 4 de agosto de 1936,  un avión republicano pilotado por el alférez Manuel Gayoso tomó rumbo hacia Zaragoza y cuando pasaba por encima de la Basílica del Pilar arrojó un total de cuatro bombas con la idea de destrozar uno de los símbolos católicos más importantes que existen en España. Dos de las cuatro bombas dieron en el blanco, otra  cayó en la plaza mientras que la cuarta fue a parar a las aguas del Ebro. Pero lo que más llama la atención es que a pesar de la buena puntería del aviador ninguna de ellas estalló. ¿Pudo tratarse de un milagro? Pues no. Según parece las bombas utilizadas por el alférez Gayoso estaban preparadas para estallar cayendo desde algunos cientos de metros, pero en cambió él las arrojó solamente desde 150 metros de altitud, y por eso no se activaron. La milenaria Basílica quedó indemne del bombardeo, e incluso la que impacto contra la plaza solo dejó una fractura en forma de cruz que al poco tiempo fue rellenada con mármol y una fecha indicando el día que sucedió el hecho. El único desperfecto de relevancia fue que una de las bombas que entraron en el templo lo hizo por el marco de una de las pinturas al fresco titulada La Adoración del Nombre de Dios realizado por Goya en 1772. En la actualidad pueden verse las dos bombas expuestas en la base de dos pilares del templo.

lunes, 1 de mayo de 2017

OPERACIÓN FALL BLAU - Juan Pastrana Piñero



Uno de los elementos esenciales de un conflicto armado es sin duda la logística y el buen aprovisionamiento del ejército. Si se tiene en cuenta este factor, sin duda alguna ya se consigue una buena base para la victoria final. Los contingentes armados de la antigüedad muchas veces no tenían este problema ya que la mayoría de los soldados no eran profesionales sino meros campesinos que al terminar la batalla volvían a sus tierras a recoger la cosecha. Eran esencialmente guerras estacionales. Pero con el paso de los siglos y el aumento de los imperios en el planeta esta idea se fue quedando arcaica. Los ejércitos estaban más tiempo en el frente y por eso o bien conseguían aprovisionarse con lo que había en territorio enemigo o bien cuidando la línea de enlace con el centro neurálgico del ejercito. Eso sí, el problema era que cuanto más se avanzaba el cordón umbilical de los suministros era más delgado y estaba más expuesto al enemigo y es por eso que debía tenerse especial vigilancia  para que el ejército no se quedara sin pertrechos ante un posible ataque. Un caballo podía alimentarse de cualquier hierbajo, pero las maquinas de guerra del siglo XX necesitaban para vivir algo más que hierba: petróleo y carbón. Ese aceite de piedra era la savia con la que los tanques, aviones y otros medios de destrucción podían funcionar. Es por eso que el petróleo fue uno de los objetivos más codiciados durante la Segunda Guerra Mundial. El que amasara más aceite negro lograría sin duda la victoria final.

Este es uno (de muchos) de los principios básicos que trata el libro que tengo entre manos: Operación Fall Blau, de Juan Pastrana Piñero. El autor nos lleva al momento clave de la Segunda Guerra Mundial en el Frente Oriental, cuando los alemanes deciden atacar y conquistar la zona sur de Rusia, el Cáucaso y así poder controlar esa rica zona. Remontemos al 22 de Junio de 1941 cuando el ejército teutón emprende uno de los ataques más grandes de la Historia: la Operación Barbarroja. En un principio este ataque, al igual que los realizados en el Oeste, surte efecto y destroza a las fuerzas rusas, pero cuando los alemanes llegan a puertas Moscú se estrellan contra sus puertas. Los rusos, repuestos del shock inicial, y tirando de su enorme masa de soldados, consiguen repeler al enemigo y lo hacen batirse en retirada. La Wehrmacht está acostumbrada a la guerra relámpago (Blitzkrieg) y no a una guerra de desgaste. Es por ello que Hitler, viendo que su ejército está atascado, y no queriendo tener dos frentes abiertos por mucho tiempo fija su vista en el sector Sur de Rusia y más allá: los jugosos pozos petrolíferos del Cáucaso. Con ello quiere, por un lado el colapso económico de Rusia, y por otro los anhelados e inmensos recursos petrolíferos que le proporcionaría su conquista para poder así luchar hasta la victoria final.

Así pues el 9 de Julio de 1942 ordena que se abran dos líneas nuevas de ataque. Por un lado el Grupo B bajo el mando del mariscal Maximilian von Weichs junto al VI Ejercito bajo el mando de otro general, Friedrich Paulus; y por otro el Grupo A bajo el mando del mariscal Wilhem von List. Y es precisamente sobre este último grupo sobre el que centrara nuestro autor su trabajo, aunque tampoco se olvidara de sucesos colaterales a esta operación como es la mastodóntica Batalla de Stalingrado (1942 – 1943). Como ocurrió un año antes las fuerzas alemanas consiguen conquistar buena parte del Cáucaso en poco tiempo, a pesar de que algunas ciudades costeras todavía se resisten. Conquistan mucho territorio, pero a pesar de su dimensión no es de vital importancia ya que se quedan a las puertas de los pozos petrolíferos, como por ejemplo el de Bakú. Como consecuencia muchas unidades se quedan en mitad de tierra de nadie, a merced de las renacidas fuerzas soviéticas y sin combustible. Hitler, como es su costumbre, se impacienta con este revés y el 9 de Septiembre  se cansa  de la Fall Blau y fija su mirada en la ciudad de Stalingrado. Anhela conquistarla y así rebajar la moral de su archi enemigo Stalin.  La ciudad del Volga se convierte en algo más que un enclave estratégico, es ya una cuestión de honor. El 19 de Noviembre los rusos comienzan la cacería de las tropas alemanas que han quedado dispersas por el Cáucaso y las empuja de vuelta hasta Ucrania. La anhelada Operación Fall Blau había fracasado y como consecuencia de ello el ejército alemán sufrirá posteriormente su mayor derrota en Stalingrado. Los vientos de la guerra comenzaban a cambiar y muy pronto Hitler y sus gerifaltes sentirían en su rostro el huracán rojo.

El libro de Juan Pastrana Piñero, Operación Fall Blau, nos muestra todos los pormenores de esa arriesgada jugada con la que el Führer quiso conquistar el Cáucaso. Se apoya en un aparato crítico impresionante y lo narra de manera apasionante para que cualquier lector pueda vibrar con esa parte de la historia bélica que queda un poco arrinconada frente a la Batalla de Stalingrado. Analiza de manera brillante los antecedentes, desarrollo y consecuencias que tuvo esta operación y cuáles fueron sus momentos cruciales. Así pues les animo a acercarse a este ensayo y disfrutar de uno de los momentos claves de la Segunda Guerra Mundial y revivir el momento en que dos superpotencias armadas lucharon a brazo partido por conseguir el dominio de la sangre de la tierra, el petróleo.