miércoles, 14 de mayo de 2014

EL ÁRBOL CAÑÓN



En Madrid, en el Parque del Retiro se encuentra el árbol más viejo de la capital. Según cuentan las leyendas (y sus jardineros) este impresionante árbol llamado ciprés calvo, aunque en verdad es un ahuehuete mexicano, fue traído por Cristóbal Colón en uno de sus viajes, e incluso algunos creen que es el mítico árbol donde Hernán Cortés lloró en la jornada conocida como La Noche Triste (30/06/1520) cuando los aztecas acabaron con la vida de la mitad de sus soldados al ser expulsados de Tenochtitlán. Pero en verdad su nacimiento fue algo más tardío pues fue plantado allí en 1633 cuando el Conde-Duque de Olivares inauguró este parque madrileño, conocido en un futuro como el Retiro, para descanso del Rey Planeta, Felipe IV.

Según parece durante la Guerra de Independencia algunas tropas francesas se alojaron en el Parque del Retiro y arrasaron gran cantidad de árboles menos el gran ciprés calvo. Como era tan alto no dudaron en poner allí un puesto de observación y a su lado, en una horcadura, un cañón para disparar contra la ciudad. Actualmente este viejo árbol todavía es el rey del Retiro, a pesar de que las autoridades han tenido que ponerle una valla de hierro a su alrededor ya que algunos vándalos han intentado acabar con su vida echándole sal en sus raíces, y que grupos pertenecientes a oscuras sectas hayan hecho rituales bajo sus ramas.

martes, 13 de mayo de 2014

EL CAPRICHOSO ORÁCULO DE DELFOS



A veces únicamente queremos escuchar lo que nos interesa, y sea por una u otra razón, no deseamos oír toda la verdad. Pues bien esto es lo que le pasó al Creso, rey de Lidia, cuando fue al Oráculo de Delfos a preguntar a la Pitia si debía o no invadir Persia y atacar con todo su ejercito al de Ciro el Grande. Nada más entrar en trance ésta le predijo el futuro en unos versos muy crípticos que decían:

Si atacas, destruirás un gran reino

Y verdaderamente que se cumplió esta profecía, pues el rey Creso destruyó un reino… el suyo propio. Ciro el Grande tomo Sardes, la capital de los lidios el 546 a. C después de catorce días de asedio. Pero esta historia todavía no había terminado pues a veces el destino, o los dioses, son bastante caprichosos ya que cuando las tropas persas estaban pasando a cuchillo a todos los habitantes de la ciudad uno de aquellos soldados se encontró con el rey Creso y, pensando que era un ciudadano más, levantó su espada para matarle, pero uno de sus hijos, que era sordomudo, le gritó en el ultimo momento:

¡Soldado, no mates a Creso!

En ese momento, el rey se acordó de que el Oráculo de Delfos fue quien también le había vaticinado que llegaría un día que su joven hijo sordomudo hablaría cuando le llegara el día más funesto de su vida. Rápidamente le pusieron unas cadenas y lo llevaron ante Ciro quien dictaminó que lo condujeran a una pira funeraria para ejecutarlo. Pero cuando los leños estaban empezando arder, cuenta la leyenda que Creso se arrepintió de todos sus males e invocó a Apolo quien derramó una lluvia torrencial apagando al momento la pira. El rey persa se conmovió tanto ante este gesto que mandó le quitaran las cadenas perdonándole la vida. Unos dicen que a partir de entonces Creso se convirtió en asesor personal de Ciro y otros en cambio opinan que le mandó exiliado, a una satrapía lejana para que expiara sus culpas.

lunes, 12 de mayo de 2014

¡VIVA VERDI!



Mientras que Garibaldi y el rey Vittorio Emanuelle II conseguían unificar Italia a base de estrategia militar y fervor patriótico, Giussepe Verdi hacia lo mismo pero poniéndole banda sonora a miles de italianos que deseaban ser libres. Y en tanta estima le tenían al compositor de inmortales operas como Nabucco, La Traviata o Rigoletto, que durante la lucha muchos patriotas hacian pintadas en las paredes en las que ponía:

¡¡¡VIVA V.E.R.D.I!!!

Los austriacos, ignorante al creer que se trataba de alabanzas al músico, no se daban cuenta de que delante de sus narices habían escrito lo siguiente:

Vittorio Emanuelle Re DItalia”

domingo, 11 de mayo de 2014

EL SÍNODO DE LA MUERTE



A finales del siglo IX la situación del papado era bastante caótica. Por ejemplo desde el 872 hasta 965 se habían ido sucediendo en el trono de San Pedro un total de ¡24 papas!. Lo que constata que en aquella época heredar el Anillo del Pescador no garantizaba una vida muy duradera pues muchos de ellos eran encarcelados, envenenados, muertos a martillazos o exiliados a la fuerza en cualquier confín de Europa. Y además en aquel siglo, a las típicas luchas de poder entre las grandes familias de Roma se le añadía el interés que tenían éstas por conseguir el poder en Italia y su lucha por evitar las injerencias dentro de ella por parte de los emperadores de Alemania.

Es en este mundo convulso cuando aparece nuestro protagonista, Formoso, que a comienzos de nuestra historia era obispo de la diócesis de Porto (zona cercana al puerto de Ostia). Éste viajó por toda Italia, Bulgaria, Constantinopla y acabó asentándose en la corte carolingia, donde tomó partido por un personaje un tanto oscuro de aquella dinastía: Arnulfo de Carintia. Pero esta amistad en vez de traerle parabienes le llevó, cuando regresó a Roma, a ser excomulgado por el Papa Juan VIII. Temiendo por su vida huyó al norte de Italia, en concreto a Lombardía, hasta que pasara la ira del Vaticano. Y pronto escampó pues en poco tiempo otro papa, Marino I, levantó el castigo al congraciarse con él.

En el 891 Formoso llegó a ocupar el sitial de San Pedro y tuvo que lidiar con un problema heredado del anterior mandato. Parece ser que Guido de Spoleto había sido coronado rey de Italia por el anterior papa, consiguiendo a la vez que cuando éste muriera fuera sucedido por su propio hijo Lamberto. A Formoso todo este tejemaneje le pareció preocupante por lo que no dudó en llamar en su auxilio a Arnulfo de Carintia, quien en poco tiempo consiguió poner sitio a Roma, y en consecuencia derrotar a los Spoleto. Todo parecía volver a la normalidad pero un buen día Formoso murió de forma sospechosa, existiendo bastantes pruebas de que fuera envenenado por los Spoleto quienes le consideraban un traidor.

Al poco fue elegido un nuevo papa, Bonifacio VI, el cual duró muy poco tiempo, siendo sucedido por Esteban VI y, aunque había sido un antiguo seguidor de Formoso, pronto acabó pasándose a las filas de Lamberto de Spoleto en cuando éste volvió de su destierro. En una reunión convenció al nuevo papa de que debían condenar a Formoso por sus actos, aunque estuviera muerto, y que debería hacerse mediante una condena pública en el que estuviera presente toda la curial papal en un sínodo especial. A principios de 897 proceden a desenterrarle y con toda pompa y circunstancia es conducido al sínodo en donde están presentes todos los obispos y cardenales que en esos momentos había en Roma. Para que la ceremonia fuera más grandiosa le visten con sus insignias papales, le sientan en el trono e incluso le ofrecen la posibilidad de tener un abogado defensor. En cuanto estuvo todo preparado proceden a leerle los cargos que le inculpan siendo el más importante aquel que dice que su elección fue hecha de manera ilegal. Rápidamente, el sínodo firma el acta de deposición y revoca todos los títulos conseguidos y acciones hechas durante su papado. Los alguaciles le arrancan la ropa al cadáver y le cortan los tres dedos con los que impartía bendiciones urbi et orbi. Al final le atan unas cuerdas y arrastran el cuerpo del finado Formoso por la calle, proceden a quemarlo y para concluir lo tiran al Tíber para que duerma con los peces.

Para sorpresa de los de los enemigos de Formoso, la respuesta por parte del pueblo fue bastante negativa pues en cuanto terminaron con esta cruel acción toda la ciudad se rebeló contra ellos consiguiendo encarcelar a Esteban VI y estrangularlo en su propia celda. Tiempo después otro nuevo papa, Juan IX, rehabilitó la imagen de Formoso y emitió un decreto por el que se prohibía juzgar a los muertos. Y por cierto, el castigado cuerpo de nuestro protagonista fue rescatado por un pescador, pudiéndose de esta manera ser enterrado de nuevo en el Vaticano.

sábado, 10 de mayo de 2014

LA HISTORIA DE JOHN HENRY



La Revolución Industrial no solo trajo al mundo un futuro mejor, sino también un montón de miedos y recelos por parte de los trabajadores que veían como una sola maquina podía hacer el trabajo de diez hombres a la vez. Hasta los mismos caballos también supieron ver que con el tiempo serían sustituidos por potentes engendros de hierro a vapor. Pues bien, de estos recelos nació uno de los mitos más importantes de los Estados Unidos: la historia de John Henry y su lucha contra las máquinas. Cuenta la tradición que John nació como esclavo en Missouri en 1840 y ya desde su más tierna infancia quiso trabajar en el acero, sobre todo construyendo ferrocarriles por toda América. Y lo consiguió, ya que cuando se acabó la Guerra de Secesión consiguió un puesto de peón en una empresa ferroviaria, siendo el mejor y más rápido clavando al suelo los rieles por donde pasarían las futuras locomotoras.

En este punto la historia se bifurca según quien la cuente. Así que optaré primeramente por la narración más común y finalmente les pondré la historia alternativa. Se dice que una vez que estaba trabajando en la línea férrea entre Chesapeake y Ohio el dueño de la empresa, para agilizar el trabajo, consiguió comprar un martillo a vapor pues pensaba coloraría los clavos en menos tiempo ahorrándose a la vez un montón de salarios. Los trabajadores viendo el problema que se les venía encima decidieron protestar, pero el dueño no les hizo caso, hasta que un día John Henry se presentó ante él y le retó  a una competición: él contra la máquina. Si ganaba no habría suplantar a ningún trabajador, y si en cambio perdía la empresa podía hacer con ellos lo que deseara. La competición consistía en que ganaría aquel que martilleara el mayor número de rieles y los clavara al suelo fijamente. Según parece John Henry consiguió, gracias a sus brazos de hierro, fijar más rieles, pero cuando terminó murió de un ataque cardiaco (algunos dicen que de un derrame cerebral).

En cambio otros opinan que cuando la empresa Talcott (pues así se llamaba) estaba colocando la línea ferroviaria entre Chesapeake y Ohio se toparon con una gran montaña conocida como El Gran Ben (Big Ben Mountain). Al intentar excavarla murieron más de 1000 trabajadores además de que se estaba tardando tres años en intentar llegar al otro extremo. Un día se presentó en la obra un vendedor de martillos a vapor y consiguió convencer al capataz de las maravillas de aquel invento. Al igual que la historia anterior los trabajadores sintieron temor por sus puestos de trabajo y John Henry aceptó también el reto de vencer a la máquina. Ya no solo se trataba de fijar rieles sino también de terminar de perforar la montaña. Aquel titán de ébano ganó e igualmente murió al final, aunque aquí esta versión añade una nota melancólica ya que cuando sus compañeros aupaban el cuerpo sin vida de su compañero el martillo a vapor seguía trabajando hacia delante emitiendo un lúgubre pitido simbolizando de esta manera como las máquinas no tienen corazón.

viernes, 9 de mayo de 2014

LA SEGURIDAD SOCIAL EN TODO BAJO EL CIELO



Los médico de la antigua China, no cobraban nada a los enfermos durante las visitas que hacían a sus casas. Entonces ¿de qué vivían? Parece ser que los chinos pagaban a sus médicos con una especie de seguro vitalicio. Consistía en que éstos recibían cada mes una paga fija por los ciudadanos que estuvieran sanos gracias a él. Es decir que cuantas más personas consiguiera sanar más emolumentos tendrían cada mes. Y cuando enfermaban el médico solo tenía que visitarlos pero no recibir nada ya que estaba pagado de antemano. Pero si alguno pedía dinero al enfermo durante la sanación podía ser denunciado y posteriormente ejecutado. De esta forma los gobernantes del Imperio Chino obligaban a sus profesionales a que fueran expertos profesionales y se dedicaran en cuerpo y alma en tener a sus pacientes en forma… si querían cobrar a fin de mes.

jueves, 8 de mayo de 2014

EL ORIGEN DEL TOPÓNIMO “BRASIL”



En unos meses, durante el verano de 2014, se va a celebrar en Brasil el tradicional Mundial de Fútbol que reúne cada cuatro años a los mejores equipos del mundo de ese deporte. Y aunque muchas personas van a acudir allí a animar a sus compatriotas, una gran mayoría de ellos desconocen el por qué aquel país se llama de esa manera. Les explico: durante la época de los descubrimientos, los portugueses al mando de Pedro Alvares Cabral llegaron, tras una dura travesía por el Océano Atlántico, a una tierra desconocida y de inmediato comenzaron a colonizarla en nombre de su rey. Pero ¿cómo llamar a lo descubierto? Un grupo de exploradores portugueses se adentraron en la inhóspita selva y encontraron un árbol con una madera de color rojizo tan vivo que no dudaron en bautizar aquellas tierras con el nombre de Brasil porque aquel color tan encarnado les recordaba una brasa ardiendo. Existe otra teoría, en mi opinión complementaria a la anterior, según la cual los portugueses pusieron ese nombre debido a que aquel color rojizo les recordaba a un pigmento rojo utilizado en la Edad Media en Europa que en la zona de la Toscana era conocido como verzino, en Venecia, berzi y en Génova brazi.

Sea por el color rojo que semejaba una brasa o por el recuerdo de un antiguo tinte medieval, los exploradores no dudaron en sacar beneficio de aquella madera llamada palo-Brasil exportando un gran número de esos troncos a Europa para hacer tintes. Gracias al comercio entre ambos continentes la “Isla del Brasil” (hasta el siglo XVIII los mismos portugueses afirmaban que esta colonia estaba rodeada de ríos que la separaban de América) prosperó económicamente, y tanta fue la demanda que casi se llegó a la extinción de este árbol.

Por cierto, el gentilicio brasilerio viene del siglo XVI y se llamaba así a las personas que comerciaban con aquella madera. Más tarde ese nombre pasó a los portugueses que iban a Brasil buscando fortuna.